El acompañamiento espiritual
Alexander Zatyrka, SJ – Edición 519

Quien acompaña es alguien que primero se dejó guiar por el Espíritu, llegando a ser transmisor efectivo de las Palabras de Vida que vienen de Él. Recordemos que quien debe acompañar es Dios
El acompañamiento espiritual parte de la convicción, constatada, de que Dios quiere comunicarse con el ser humano. Entiende que hay características propias de esta comunicación con base en la naturaleza revelada de Dios y los rasgos distintivos de la condición humana. Implica, por parte de quien acompaña, un conocimiento de estos rasgos, así como habilidades para eliminar las dificultades y fortalecer lo que favorezca al camino espiritual de la persona a quien acompaña.
Todas las personas necesitan un acompañante en el camino de la vida espiritual. Dios nos creó para la comunión. Constitutivamente necesitamos “complementarnos”. También en la vida espiritual. Los grandes santos y santas tuvieron acompañantes espirituales hasta el final de su vida, incluido san Ignacio.
Evagrio Póntico, aquel gran maestro de la espiritualidad en la tradición de los Padres y Madres del Desierto, decía: “Quien crea que se está dirigiendo a sí mismo, en realidad está siendo dirigido por un demonio”. En otras palabras, creer que podemos guiarnos a nosotros mismos en el camino espiritual es un engaño que puede tener consecuencias muy graves. Es muy fácil engañarnos y perder el rumbo. El ego es muy hábil para mantenernos sujetos a su control.
Hay que subrayar que el acompañamiento espiritual se enfoca, sobre todo, en lo que sucede cuando una persona escucha y responde a la comunicación con Dios. Es decir, se centra en lo que sucede en la oración o en la conexión consciente con lo divino (que se hace presente también en otros momentos del día). Por lo tanto, toma distancia de lo que sería un acompañamiento psicoterapéutico centrado en las vicisitudes de la vida y sus repercusiones emocionales. El acompañamiento espiritual se aboca a la calidad de la relación del creyente con Dios.
También es importante destacar que el diálogo acompañado-acompañante debe basarse en experiencias reales que la persona acompañada haya experimentado en su vida (las formas concretas como Dios se nos comunica y que ya describimos como luces, mociones, estados de ánimo, reacciones, etcétera). No debe perderse en propósitos o ilusiones, sino concentrarse en lo que la persona ha vivido en sus encuentros con el Misterio.
Quien acompaña es consciente de que su principal responsabilidad es favorecer la relación de la persona acompañada con Dios, para ayudarle a responder, en libertad, al Señor que se comunica; para crecer en intimidad con Dios y para vivir los frutos de esta comunicación.
Ya decíamos que el foco del acompañamiento son las experiencias. Estas permiten la constatación de que Dios está enamorado de mí, así como la captación en mi interior de un movimiento de amor recíproco: yo también me voy enamorando de Dios. Cuando no desembocan en este itinerario de enamoramiento, habría que cuestionar si, en efecto, son experiencias de Dios. Acompañar este discernimiento es una de las principales responsabilidades de quien acompaña espiritualmente.
La relación acompañante-acompañado es muy importante. De entrada, hay que subrayar que no es tanto el acompañante el que hace al acompañado, sino el acompañado quien hace al acompañante. Lo que se requiere para que esta relación funcione es el espíritu de “filiación” (de sentirse y vivirse como hijo, hija, abierto a acoger la perspectiva y la guía de quien acompaña). Esta es una condición esencial para el acompañamiento espiritual.
Quien acompaña es alguien que primero se dejó guiar por el Espíritu, llegando a ser transmisor efectivo de las Palabras de Vida que vienen de Él. Recordemos que quien debe acompañar es Dios. El acompañante espiritual no es un amo ni un juez ni un capataz. Más bien sigue al acompañado humildemente, como siervo, para serle de ayuda, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús. Su labor es, como indica san Ignacio en los Ejercicios, facilitar que el “alma se encuentre con su Creador”.
El servicio que presta el acompañante espiritual implica que escuche, con igual atención que al acompañado, lo que el Espíritu de Dios quiera para este último, dejando de lado todo lo que pudiera parecerle más aconsejable siguiendo los criterios mundanos.
Vacío de toda “sabiduría humana”, el acompañante sabe escuchar en el silencio de su corazón lo que el Espíritu le pide que transmita a la persona a quien acompaña. El acompañado necesita recibir una “Palabra de Vida”, que viene de Dios, y no consejos de erudición puramente humana.
En realidad, un buen acompañante espiritual nos ayuda a “morirnos a nosotros mismos”, a debilitar al ego que está en el fondo de todo lo que nos deshumaniza. Quien acompaña tiene el don de darnos pistas para privar al ego de lo que lo mantiene vivo.
Para que el buen acompañante espiritual pueda prestar su servicio, el acompañado tiene que comprometerse en lo que esa relación implica: confianza, transparencia (manifestación de los pensamientos) y obediencia.
Quien acompaña debe ser alguien con una profunda experiencia de Dios, en todos los sentidos, por haberla vivido personalmente y también por haber pasado por sus diversas etapas y dificultades. Debe ser una persona que ha sido acompañada espiritualmente y sabe la importancia de este ministerio porque la ha vivido. Habiendo tenido un buen acompañante, ha sido modelado en el acompañamiento para poderlo realizar de forma correcta.
Es fundamental que quien acompaña tenga una vida de oración constante y sólida. Es de esa vida de oración de la que sacará las “Palabras de Vida” que compartirá con aquellos a quienes acompaña. El acompañante debe “orar” a las personas que acompaña, es decir, tenerlas muy presentes en su oración, presentándoselas a Dios y pidiéndole luz para acompañarlas. Un buen acompañante debe tener el talento natural de la escucha y los dones de consuelo y consejo. También son muy útiles los dones de sabiduría, de conocimiento y de enseñanza.
Es importante que quien acompaña tenga conocimientos fundamentales de las ciencias de la conducta, sobre todo en lo que respecta a patologías comunes y los mecanismos operantes en relaciones terapéuticas. Es crucial que sepa distinguir los elementos físicos, psíquicos y espirituales de las situaciones que comparten con él los acompañados.
Por su servicio totalmente olvidado de sí mismo, humilde y solícito, se puede distinguir a un verdadero acompañante espiritual, en el sentido cristiano del término, y no solamente a un guía seductor.
En la tradición cristiana oriental, desde hace siglos, no es necesario que quien acompañe sea un sacerdote (aunque normalmente sea un monje, una monja o un “renunciante”, un laico que ha optado por una vida de sencillez y oración, al servicio de la comunidad cristiana). En nuestra tradición cristiana occidental este ministerio se le terminó asignando al sacerdote ordenado “por oficio”. Con todo, la práctica nos muestra que el acompañamiento espiritual es un carisma del Espíritu que puede presentarse en ordenados y laicos, en mujeres y hombres. Sabemos cuándo alguien lo tiene y lo ejerce por los frutos que observamos en la vida de las personas a quienes acompaña.
En nuestra próxima entrega hablaremos más sobre la metodología que ayuda a iniciar y fortalecer el camino del acompañamiento espiritual y las diversas formas que toma este ministerio.
Para saber más
:: Visita el sitio web de Alexander Zatyrka, SJ, “El camino de la mistagogía”.