Chile, el momento de los jóvenes

Chile, el momento de los jóvenes

– Edición 487

Celebración el 19 de diciembre de 2021, cuando Gabriel Boric gana las elecciones presidenciales de Chile. Foto: Rodrigo Garrido

El ciclo de movilizaciones sociales que inició de la mano de estudiantes de bachillerato continuó en las universidades, escaló a un estallido social y obligó a la redacción de una nueva Constitución, impulsó también la carrera de Gabriel Boric, el presidente más joven que ha tenido Chile, un país que sigue tratando de sepultar el modelo neoliberal impuesto en la dictadura y que busca a hacia los horizontes imaginados por su juventud rebelde

Chile, el país que fue obligado a volverse el “primer laboratorio neoliberal” durante la dictadura militar en los años setenta del siglo pasado, está siendo sacudido de su larga obsolescencia conservadora. Las movilizaciones que convergieron al calor del estallido social de octubre de 2019 han derivado en la creación de una Convención que redacta una nueva Constitución política y en el triunfo de Gabriel Boric, quien asumió el gobierno prometiendo que se abrirían nuevamente “las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, el hombre y la mujer libres, para construir una sociedad mejor”: una referencia a las últimas palabras del presidente Salvador Allende al pueblo, antes de morir en el golpe de Estado de 1973. Las expectativas de este proceso son altas, y la esperanza de muchos para superar por fin el modelo de opresión y desigualdad descansa en la frescura y el vigor de los jóvenes que impulsan los cambios.

“Fueron los jóvenes, que se dieron cuenta de que no tenían nada que perder porque ya les quitaron todo, los que iniciaron todo este proceso, y gracias a ellos se logró que concluyera con el proceso constituyente y con la elección de Gabriel Boric. Yo diría que ése fue el principal motor”, comenta Franco Puig Espina, quien, como estudiante, participó en las grandes protestas de 2019.

Isaac Gajardo, historiador, activista e investigador de los movimientos estudiantiles, coincide respecto a la importancia de las movilizaciones sociales, y recuerda que el propio Boric también la reconoció en su primer discurso como presidente, en el Palacio de la Moneda, el 11 de marzo de 2022. “Ahí él dice: ‘En el difícil camino de los cambios que la ciudadanía decidió hacer en unidad, vienen a mi mente y a mi corazón los días que marchábamos juntos por un futuro digno. No va a ser este gobierno el fin de esa marcha, vamos a seguir andando”.

Gajardo describió el ambiente que vive en el país como “de fervor; es una palabra que puede ser compleja, porque las cosas se devuelven; hay excesiva esperanza en la población y mucha expectativa se ha generado en torno al gobierno de Boric. Ahora hay que trabajar y convertir todos los gestos simbólicos de Boric en realidades”.

No sólo hay altas expectativas en Chile, sino también en buena parte del mundo adonde llegaron las políticas de libre mercado ensayadas en la dictadura de Augusto Pinochet entre 1973 y 1990.

Foto: Marcelo Hernández

Nuevo ciclo de movilizaciones

Tras la salida de Pinochet del poder, algunos movimientos siguieron activos, entre ellos la larga lucha del pueblo mapuche en defensa de la autonomía territorial como forma de libre determinación indígena. Isaac Gajardo, quien fue presidente del Centro de Alumnos del Liceo de Aplicación de Chile, comenta que después de las movilizaciones sociales de los años ochenta contra la dictadura militar, “en los años noventa se produce una desmovilización masiva. Ahora, desde 2011 en adelante, en Chile no se han detenido las movilizaciones, y en 2019 tiene lugar la gran movilización denominada como el estallido social”.

Aquellas protestas de 2011 surgieron desde las universidades, pero tenían como antecedente las que protagonizaron en 2006 miles de estudiantes de bachillerato, también en contra del sistema privatizado de la educación: la “Revolución Pingüina”, en referencia al uniforme de los alumnos. Carmen Díaz, profesora de Estudios Regionales: América Latina en la carrera de Relaciones Internacionales en el ITESO, destaca que aquellos “chicas y chicos de la secundaria estaban en contra de esta educación tan desigual, en términos de acceso y, más tarde, en 2011, vuelven a manifestarse las y los estudiantes con estas tomas masivas, exigiendo que en las universidades públicas hubiera la posibilidad de no endeudarse; incluso yendo a la universidades públicas, los estudiantes tenían que adquirir deudas enormes para financiar su educación”.

Para Franco Puig, el antecedente del estallido social de 2019 “fue la falta de soluciones que se dieron a las movilizaciones estudiantiles de 2011. Finalmente, lo que aplicaron fueron soluciones parche, como creación de leyes para acceder a la educación superior a través de becas, por ejemplo, pero que eran de cierta forma engañosas, porque no todos podían optar a ello, había que cumplir con un cúmulo de requisitos”.

Las movilizaciones de 2011 ocurrieron “en un marco internacional de hartazgo de la política partidaria que no está resolviendo las expectativas de la democracia participativa; de una democracia real que ya estaba en el discurso de los Indignados (España), y al que antecedían las protestas de la Primavera  Árabe y las movilizaciones del Ocuppy Wall Street”, explica Carmen Díaz. “Me parece que estas movilizaciones estudiantiles permitieron desnudar la problemática que implicaba la mercantilización de derechos sociales, que estaba blindada por esta Constitución heredada de la dictadura de Pinochet”, vigente desde 1980.

Estudiantes en la estación del metro protestan por el alza del costo del servicio. Diciembre de 2019. Foto: Pablo Sanhueza

“El estallido se veía venir”

Ese clamor volvió a resonar en octubre de 2019, cuando millones de chilenos salieron a las calles y tomaron plazas públicas. Fue la mayor movilización social en la historia del país, con demandas específicas contra el alto costo de la vida, las bajas pensiones, los altos precios de las medicinas y de la salud y un hartazgo general respecto a la clase política y las instituciones ancladas al neoliberalismo y la represión. El detonante de la insurrección masiva fue el aumento en la tarifa del transporte público, a partir del 6 de octubre.

Franco Puig era un joven de casi 25 años que vivía en Santiago. “Un par de días antes había tocado Iron Maiden en el estadio Nacional. Afuera había ya represión por parte de los policías; poca, pero ya había. Era cuestión de tiempo para que dos días después los estudiantes salieran a saltarse las barreras del metro y finalmente ocurriera todo lo que pasó y se vio en los noticieros del mundo”.

El estallido, “se veía que podía suceder, por las constantes burlas que sufrió tantos años el pueblo chileno por políticos corruptos; hipotecaron al país en pos de los intereses privados; eso finalmente hizo que un pueblo dormido se transformara en un pueblo insurrecto”, explica Puig.

Además de los estudiantes, había y sigue habiendo amplios sectores que no han dejado de movilizarse, como “el pueblo mapuche, quienes creo que están en un punto clave de la lucha del pueblo”, desataca Carmen Díaz, “y, por supuesto, las feministas, la lucha de las mujeres y las disidencias sexuales, que recientemente también estuvieron en el ojo mediático con el performance maravilloso que hizo el colectivo  LasTesis, ‘Un violador en tu camino’. Era un hartazgo generalizado de la población ante las políticas neoliberales, que estaba comprobado que a lo mejor sí generaban crecimiento económico, pero muy lejos de la redistribución social”.

Algo que desconcertaba a la clase política profesional era la espontaneidad de la rebelión. Franco Puig recuerda: “No teníamos ningún cabecilla, se dio todo súper natural, era un cúmulo de mucha gente protestando por distintas cosas, y creo que eso le dio la fortaleza al movimiento”. Además de las marchas, “las plazas se volvieron a ocupar para hacer asambleas generales y populares, para informar a la gente sobre los problemas que les aquejaban, por qué era necesario realizar ciertos cambios, por qué era necesario seguir en esta movilización, por qué algunas cosas se iban logrando y otras no. Y, finalmente, la gente se dio cuenta de que los problemas venían desde más arriba, desde la ley superior, o sea, la Constitución”.

Carmen Díaz resalta: “La repuesta brutal del gobierno con una represión muy marcada, que lejos de apagar la protesta lo que hizo fue radicalizarla, sumar a muchos más sectores de la población. La salida que encontró [el presidente Sebastián] Piñera para no tener que salir de la presidencia, como pasaba con otros políticos en la región, fue acordar o pautar la posibilidad de la asamblea constituyente”.

Acorralado por la presión popular, pero negándose a renunciar, el 22 de octubre de 2019 Piñera ofreció perdón por no escuchar los reclamos y anunció una serie de medidas que no aplacaron la protesta. Después, con ambigüedad, se abrió a la posibilidad de redactar una nueva Constitución, un proyecto en el que ya trabajaba un grupo de parlamentarios oficialistas y de oposición, y que derivó en la publicación del “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, el 15 de noviembre de 2019. A partir de ese momento, las protestas comenzaron a menguar hasta cesar en marzo de 2020, cuando comenzó la pandemia por covid-19.

Foto: Fernando Lavoz

Una nueva Constitución

Un año después del estallido social se llevó a cabo un plebiscito en el que ganó la opción a favor de redactar una nueva Constitución, y en mayo de 2021 los chilenos eligieron a los integrantes de la Convención Constituyente. Fue “una histórica elección” por ser “el primer órgano constituyente en el mundo que incorpora un mecanismo de paridad de género, por lo que, de sus 155 integrantes, 78 son hombres y 77 mujeres. Será uno de los órganos de mayor representación en la historia del país. […] También se reservaron 17 escaños para candidaturas pertenecientes a pueblos indígenas. El promedio de edad de quienes resultaron electos es de 45 años; al menos seis pertenecen a la comunidad LGBTI+; parte importante no pertenece a las elites política o económica tradicionales, no pertenecen a partidos políticos y ostentan posiciones de liderazgo territorial, incluyendo ambientalistas y feministas”, según destaca Marcela Ríos Tobar, representante residente asistente del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en Chile, en el artículo “Convención Constituyente de Chile: Un triunfo de la inclusión”.

Con respecto a la Convención Constituyente, Claudia Heiss, académica en la Universidad de Chile, destaca que “tiene una composición social, etaria, étnica y de género sin precedentes, lo que resalta aún más cuán elitista y excluyente ha sido el sistema político chileno de las últimas décadas. […] Además, la llegada de líderes sociales que aprovecharon el sistema proporcional para unir fuerzas entre varias candidaturas con fuerte arraigo local, sin presencia en los medios de comunicación ni las redes sociales, generó un nuevo tipo de representante político”.

En un artículo titulado “Revuelta social y proceso constituyente en Chile”, Heiss recuerda que el estallido de 2019 “no fue orquestado por ningún grupo o sector identificable, ni tenía la pretensión de hacerse con el poder, como ocurre con las revoluciones. Sin embargo, sí apuntaba a dos adversarios más o menos determinados: el modelo socioeconómico y el sistema político que han imperado en Chile desde el fin de la dictadura militar”.1

“Entre el retorno de la democracia en 1990 y la revuelta social de 2019, cinco gobiernos de centro-izquierda gobernaron el país durante 24 años. A ellos se suman dos gobiernos de derecha, con un total de ocho años, hasta 2022. El reclamo del movimiento social, resumido en la frase “No son 30 pesos, son 30 años”, parece apuntar a la falta de reformas estructurales en las arenas política, social y económica durante esas administraciones. Bajo los gobiernos de coaliciones de centro-izquierda y de derecha se mantuvieron estables los niveles de desigualdad”.

De la calle a La Moneda

El proceso constituyente corría riesgos con las elecciones presidenciales de 2021, ya que el candidato de extrema derecha, José Antonio Kast, había amenazado a la Convención Constituyente, y varios analistas preveían que podría entorpecer su trabajo en caso de llegar a la presidencia. Al final ganó Boric, aspirante del Frente Amplio (coalición de partidos y movimientos de izquierda), y en su primer discurso como presidente se comprometió a “acompañar de manera entusiasta nuestro proceso constituyente por el que tanto hemos luchado. Vamos a apoyar decididamente el trabajo de la Convención. Necesitamos una Constitución que nos una, que sintamos como propia, una Constitución que, a diferencia de la que fue impuesta a sangre, fuego y fraudes por la dictadura, nazca en democracia, de manera paritaria, con participación de los pueblos indígenas; una Constitución que sea para el presente y para el futuro, una Constitución que sea para todos y no para unos pocos”.

Boric, quien cumplió 36 años de edad el 11 de febrero de 2022, se convirtió el 11 de marzo pasado no sólo en el presidente más joven en la historia de Chile, sino también en el mandatario en funciones de menor edad en el mundo. Pero ya tenía amplia experiencia política. Entre 2011 y 2012 fue presidente de la Federación de Estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y uno de los principales dirigentes de las movilizaciones de 2011. Luego, entre 2013 y 2021, fue diputado, cargo con el cual tuvo una participación crucial para el proceso constituyente al ser uno de los firmantes e impulsor del “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”.

Agosto de 2012. Gabriel Boric, entonces líder estudiantil, pronuncia un discurso durante una protesta para exigir la mejora de la calidad de la educación pública en Santiago. Foto: Claudio Santana

Esa firma le valió algunas críticas, principalmente desde la izquierda. El escritor, periodista y activista uruguayo Raúl Zibechi recuerda que Boric lo firmó “a título individual”, lo cual “fue celebrado por los políticos de todos los colores, pero duramente cuestionado por el Partido Comunista y casi la totalidad de las fuerzas de izquierda […] la principal crítica era que no había consultado a sus compañeros, pero otras voces destacaron que, a menos de un mes de lanzada la revuelta, que comenzó el 18 de octubre como protesta contra el alza del boleto (con decenas de muertos, cientos de ojos estallados2 y miles de hospitalizados), no era conveniente sentarse a negociar con la derecha” (“Chile: Entre la nueva constitución y el ascenso de la ultraderecha”, publicado el 21 de noviembre de 2021 en Sin Permiso).

Pese a los cuestionamientos, Boric fue registrado en mayo de 2021 en las primarias presidenciales como candidato del Frente Amplio, y en julio venció al militante comunista Daniel Jadue, convirtiéndose en el aspirante presidencial de la coalición Apruebo Dignidad. Boric fue vencido por Kast en la primera vuelta de la elección, pero a partir de ese momento se dedicó a ganarse a buena parte del electorado del centro político, temeroso ante Kast, un abierto admirador de Pinochet. Más de 8.3 millones de chilenos votaron en la segunda vuelta, el 19 de diciembre, lo que significó la mayor participación electoral desde la instrumentación del voto voluntario. Boric obtuvo la victoria con 55.8 por ciento de los votos, la mayor cantidad obtenida por un aspirante presidencial en la historia del país.

Carmen Díaz opina que “el discurso y la forma de hacer política de Boric están muy en sintonía con las demandas actuales de las juventudes, de quienes tomaron las calles en 2019. Él se reconoce como aliado feminista, tiene una agenda ecologista, reconoce el papel de las juventudes, se reconoce en el legado de Salvador Allende y logró articular en su candidatura todas esas distintas demandas. Es un presidente muy joven, pero que tiene mucha experiencia política; no necesariamente experiencia política partidaria formal, pero sí en términos de hacer acuerdos, sentarse a tomar decisiones, articular alianzas. Está acompañado de colegas, muchas mujeres muy activas en movimientos estudiantiles y que están ya en su gabinete o fueron electas en alcaldías o en la Convención Constituyente”.

Isaac Gajardo presenció el primer discurso del presidente Boric aquel 11 de marzo desde un balcón del Palacio de La Moneda. “Lo primero que hace, antes de ingresar al palacio de gobierno, es ir a la estatua de Salvador Allende que está al frente de La Moneda —Boric ha caracterizado sus primeros días de gobierno por salidas de protocolo, saludando a la gente—. Va y mira la figura del expresidente muerto en ese mismo espacio en 1973, en medio del golpe de Estado en el palacio”. Ese mismo balcón donde habló Boric “fue completamente bombardeado en el golpe”.

Boric, agrega, “fue un dirigente estudiantil que llegó desde los Magallanes, en el extremo sur de Chile, muy lejos del centro administrativo del país. Vivió las consecuencias de no estar en el centro en un país extremadamente centralista. Chile es un país unitario, no es un país federal, entonces las periferias sufren exclusión en la toma de decisiones y de los espacios de poder. Él llegó a Santiago a estudiar Derecho y ahí fue dirigente estudiantil durante muchos años. Boric, junto con Camila Vallejo (hoy ministra secretaria general de Gobierno) y Giorgio Jackson (actual ministro secretario general de la presidencia), tres dirigentes clave del movimiento estudiantil de la época, hoy llegan a La Moneda. Vienen un poco a renovar a toda la clase política que gobernó a Chile desde el fin de la dictadura hasta hace apenas unos días”.

Foto: Vanessa Rubilar

“Una izquierda diferente”

En cuanto a su perfil ideológico, Gajardo considera que “Boric viene desde una izquierda que nace al alero de los movimientos sociales, una teoría más vinculada con Antonio Gramsci, con un marxismo cultural; una izquierda muy centrada en los focos identitarios, en el feminismo, en los pueblos originarios. Una izquierda que comprende las cosas de forma diferente y ya no bajo el esquema clásico de la izquierda tradicional, desde el comunismo o desde el socialismo, sino una izquierda más abierta. Se parece mucho a la experiencia, por ejemplo, de Podemos, en España: son partidos políticos muy pequeñitos que suman un movimiento, que en este caso se llama Frente Amplio y es la organización que levanta la candidatura de Boric”.

Franco Puig opina que “Boric quiere parecerse mucho a Pepe Mujica; creo que allá va enfocado su norte. Un presidente cercano a la población, o que se pretende cercano a la población; un tipo que en su momento dijo que quería irse a La Moneda en bici”.

Por su parte, Carmen Díaz destaca que Boric “se reconoce profundamente latinoamericano” y su gobierno “se inscribe en el legado de izquierda democrática de Salvador Allende, una izquierda que va por la vía democrática, que permite el diálogo con la oposición y no necesariamente es centralista o presidencialista, en términos del gran líder que va a hacer los cambios. En este sentido, creo que sí es distinto de otras apuestas de izquierda en las que sí hay un líder carismático. En el caso de Boric, además, con la composición que tiene en su gabinete, la apuesta es a otra forma de hacer política, mucho más colectiva y que brinde certeza y fortaleza en la institución, y no necesariamente a la persona en el poder”.

“Otra cosa que me parece que lo distingue y también estaba en su discurso, es su cercanía, su sensibilidad con las demandas de los pueblos originarios, específicamente con el pueblo mapuche. Ha sido uno de los grandes errores de algunas izquierdas latinoamericanas, que por un lado buscan mayor redistribución y justicia social, pero no cuestionan el modelo extractivista que ha puesto en jaque a los pueblos originarios”.

Viejos retos para los jóvenes

El nuevo gobierno de los jóvenes tendrá que enfrentar varios retos, y algunos problemas ya surgieron. Por ejemplo, en su segundo día de gobierno, Boric decidió atender el “conflicto entre el Estado chileno y un pueblo —el mapuche— que tiene derecho a existir”, según dijo al asumir el cargo, enviando a una caravana con la ministra del Interior, Izkia Siches, y otros ministros a la comunidad indígena de Temocuicui, en la región de La Araucanía, 600 kilómetros al sur de Santiago. Pero el encuentro se frustró cuando varios individuos le impidieron a la caravana llegar e hicieron disparos al aire. Antes, en diciembre de 2021, la Coordinadora Arauco Malleco emitió un comunicado advirtiendo que “el pueblo mapuche tiene su propio ordenamiento político-militar desde antes de la formación del Estado chileno. […] Le respondemos a esa nueva izquierda ‘hippie, progre y buena onda’ y que hoy celebra un gobierno socialdemócrata o, para ser más precisos, de centro-izquierda, que el pueblo mapuche tiene su propio ordenamiento”.

Carmen Díaz destaca dos retos que enfrentará el gobierno. El primero es la “polarización en la población chilena; recordemos que los dos candidatos más votados fueron Boric y el de la extrema derecha, eso nos está hablando de que hay una parte de la población, que no es menor, dispuesta a tener un gobernante de estilo pinochetista. Entonces no la tiene fácil, aunque llega con mucha legitimidad y es el presidente más votado”. El segundo es que “va a empezar su gobierno tras dos años de pandemia y sus implicaciones. […]Creo que ahí el reto será cómo sostener un proyecto político en una situación económica sumamente adversa”.

Franco Puig opina que Boric tendrá retos ante un Legislativo adverso, pues su coalición, Apruebo Dignidad, es minoría en el Congreso (tiene 37 de los 155 diputados y cinco de 50 senadores). En el espectro político, considera que el presidente “es más central, porque el tipo sabe negociar con ambos sectores. Va a estar obligado a dialogar”.

Foto: Pablo Sanhueza

Cambios, ¿qué tan profundos?

Sergio Grez Toso, historiador y docente de la Universidad de Chile, sostiene que hay “un momento de recambio de las elites políticas de signo reformista; cambio imprescindible e inevitable, tanto por razones biológicas (generacionales) como estrictamente políticas (reproducción del capitalismo dependiente y gobernabilidad). Este relevo se concreta en el desplazamiento de la hegemonía en las elites reformistas, desde la generación ‘vieja’, básicamente la antigua Concertación de Partidos por la Democracia, hacia la joven generación, representada principalmente por el Frente Amplio”, lo cual culminará “en una nueva alianza en torno al núcleo emergente (el FA), pero incorporando a fuerzas muy significativas de la vieja Concertación (sobre todo del Partido Socialista). Esto permite afirmar que el programa de reformas presentado por la candidatura de Boric, ya edulcorado entre la primera y la segunda vueltas de las elecciones presidenciales, se recortará aún más en aras de la convivencia. […] Sólo cabe esperar reformas tenues acompañadas de anuncios formulados con un lenguaje innovador e ‘inclusivo’, de acuerdo con las tendencias en boga, pero que no significarán grandes cambios estructurales” (La Izquierda Diario, 13 de marzo de 2022).

Carmen Díaz opina que será muy difícil que Boric “pueda hacer un viraje económico radical en el corto plazo. Tendrá que ser un cambio económico gradual que le permita ir generando acuerdos, sin romper con otros actores político-económicos que puedan poner en riesgo la gobernanza del país”. Por eso, su apuesta es que “ponga los fundamentos para que el cambio sea posible, para que haya condiciones que permitan ir transitando hacia un modelo justo, un modelo ambientalmente sustentable, un modelo con participación de las mujeres —tiene muchísimas mujeres en su gabinete y son muy preparadas—, hacia nuevas relaciones del Estado chileno con el pueblo mapuche”.

Isaac Gajardo coincide en que el gobierno de Boric “va a comenzar una serie de cambios que pretenden ser estructurales, pero no los va a finalizar”. Incluso, explicó, algunas personas que integran la coalición Apruebo Dignidad “no ven a Gabriel Boric como el primero y el último gobierno, sino que lo ven como el inicio de una serie de sucesivos gobiernos que aspiren a un cambio radical y a la superación del modelo neoliberal que ha mantenido a Chile en una lógica de privatización de derechos”.

Para lograr los cambios, Boric tendrá que “avanzar de la mano de la Convención Constituyente”, que “en julio de 2022 tiene que entregar su propuesta de nueva Constitución al país, y ahí hay también muchas situaciones relacionadas con la superación de la economía” neoliberal. “El gobierno va a emprender ciertas acciones, pero también la Convención Constituyente está dando relevancia a ciertos temas, por ejemplo, la renacionalización de los recursos naturales y de los bienes naturales, la estatización del sistema educacional, la igualdad en temas de salud. Es un proceso que va en paralelo al gobierno, y lo más probable es que remen para el mismo lado”.

Franco Puig sostiene que, para lograr cambios, “lo más importante en este momento es la Constituyente. Boric, como está empatado en el Parlamento, no puede hacer mucho, va a ser un presidente de transición. Pero los mayores esfuerzos hay que enfocarlos a crear una Constitución que se adecue a las necesidades que tiene la sociedad hoy en día”.

Puig encara con esperanza el futuro del país, sobre todo por el potencial de los jóvenes para lograr los cambios esperados: “Han sido el principal motor, no sólo en Chile, sino en el mundo. Los movimientos estudiantiles son los que han gestado las mayores revoluciones y que se logren los cambios. Aquí en Chile, los jóvenes han sido el principal motor porque fueron los que vieron hipotecados sus sueños; también creo que se dio porque la población más vieja no se atrevía, porque venía con secuelas de la dictadura; nuestros padres, muchos, vivieron la dictadura, y quedaron con ese miedo. Los jóvenes ya no lo tenían”. Por eso, aunque de momento las movilizaciones están “apaciguadas, todo va a depender de la gestión, de Boric y de todos los políticos, de aquí a cuatro años, si la población considera necesario seguir movilizándose o no, porque la Constitución, sí o sí, va a tener problemas, no todo puede ser perfecto. Frente a eso, si surgen nuevas demandas, el movimiento va a ser necesario”. .

Etapas del proceso constituyente

:: 15 de noviembre de 2019: Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución.
:: 29 de marzo de 2020: Presidente convoca, vía decreto, al plebiscito de entrada del 25 de octubre de 2020.
:: 15 y 16 de mayo de 2021: Elección de convencionales constituyentes.
:: 4 de julio de 2021: Instalación de la Convención Constituyente.
:: Hasta nueve o 12 meses después: La Convención aprueba un nuevo texto constitucional.
:: Aproximadamente 60 días después: Plebiscito para aprobar o rechazar la nueva Constitución.

Fuente: Gobierno de Chile.

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