Canícula

Canícula

– Edición 487

¿Qué se puede hacer con el calor si incluso los animalejos subterráneos huyen de sus escondites? Cucarachas, grillos y arañas emigran a la tierra prometida de la sombra

A cierta hora del día, cuando el Sol parece una lámpara violenta, una lupa gigante nos chamusca como si fuésemos hormigas diminutas. En esas horas de bochorno, bañados en nuestro propio sudor, revestidos de una pátina de pringue —esa capa pegajosa que vuelve incómoda la ropa, que al tallar con las manos deja una masilla extrañamente grisácea y repulsiva—. Cuando las plazas de las ciudades son sartenes gigantes dispuestos a rostizar al transeúnte. En esos momentos parece que nada puede hacerse para combatir al enemigo ardiente instalado en la calle. Se ha colado incluso en la totalidad de nuestro cuerpo y lo ha vuelto una insólita olla exprés. El calor veraniego, el sol picoso: súbitamente nuestros hogares se convierten en un cráter, el centro de ese sofoco que no puede apagarse con nada.

Poco ayudan el agua fresca y los hielos. El ventilador y el aire acondicionado hacen subir las cuentas de la electricidad. Bañarse con agua fría resulta efectivo durante algunos instantes, pero tan pronto se cruza la puerta de la ducha, la bola de fuego vuelve a pegarse a la piel y a meterse en los pulmones. No basta con descalzarse si los mosaicos de nuestro piso han decidido mutar en baldosas de lava y nos queman al menor contacto. ¿Qué se puede hacer con el calor si incluso los animalejos subterráneos huyen de sus escondites? Cucarachas, grillos y arañas emigran a la tierra prometida de la sombra.

A mí también me dan ganas de salir de mí misma y abandonar mi cuerpo. Por eso admiro a quienes no dejan que los climas extremos se alojen en lo más profundo de su vida intelectual. Me pasman los filósofos que pensaron aun con el frío de Siberia y escribieron con los nudillos hechos roca. Me deslumbran los escritores de playa que tuvieron la voluntad para tomar la pluma en lugar de rendirse a la incandescente vida de las lagartijas. Yo no puedo seguir su ejemplo: cada canícula me rindo ante el letargo hostil.

El clima marca nuestra personalidad. Un conocido solía decirme que la gente de su pueblo (situado en la frontera norte del país) era más violenta por el calor seco que apenas les permite vivir a los ásperos cactus. Otro amigo asegura que piensa mejor en la planicie templada y no en Acapulco, su ciudad de origen. Quizás ellos tengan razón y eso explique por qué con el calor yo me siento otra, como si tuviese que ponerme a mí misma en pausa hasta que caiga la noche. Hasta que la oscuridad dé tregua durante unas horas y comience a recordar quién era yo, qué deseaba y en qué meditaba antes de que mi cerebro no fuera más que una masa boba derretida por el sol de la tarde volcánica.

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