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Permiso para desear

Deseamos lo posible. Este mecanismo, que podría amansar la frustración, es particularmente pernicioso en la precariedad: no sólo constriñe el orden material de las expectativas, sino también el simbólico, la imaginación

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La voluntad se debate entre dos dimensiones: la necesidad y el deseo. Para algunos son conceptos contrapuestos; para otros, dos nociones de un mismo continuo. David Wiggins, filósofo británico, define lo necesario como lo que resulta imprescindible más allá de la propia voluntad y depende de la forma concreta en que se presenta el mundo. Su sentido ha sido predeterminado y su carencia puede provocar daño severo. No se limita a la subsistencia física, sino que se extiende a otros espacios que nos vuelven seres sociales y nos permiten ser reconocidos como personas.

En este tenor, lo que distingue a la necesidad del deseo es que la insatisfacción del segundo no menoscaba la integridad, mientras que la carencia de lo necesario daña al privar de elementos básicos para existir y ser autónomos. Mucho de lo que consideramos necesario tiene el propósito elemental de evitar el dolor, la vergüenza, la muerte física y social.

La definición de lo necesario admite interpretaciones que varían en la amplitud o la rigidez con que se conciba el potencial de la vida humana. ¿Qué condiciones de existencia son necesarias para considerar que una vida vale la pena ser vivida? ¿Cuáles son los límites de la satisfacción? ¿Quién puede transgredirlos? ¿Con qué motivaciones? Estas preguntas se debaten en el campo de lo moral, donde la idea de lo necesario se topa con las de justicia e igualdad. De la holgura o el minimalismo con que se establezcan umbrales de suficiencia surge, por oposición, la idea del deseo, lo que excede el esencialismo de la necesidad.

En sociedades desiguales y polarizadas, el derecho al deseo se reparte con un doble rasero. Para unos, el umbral de lo necesario está al ras y prácticamente cualquier aspiración que lo trascienda parece un capricho voluptuoso. Pensemos en la pobreza, en los límites que impone al deseo. Sus restricciones no son sólo materiales; sobre sus anhelos desciende un tutelaje que evalúa su legitimidad, como si se tratara de adolescentes. Se exige juicio, mesura, consistencia con la carencia; se condenan las fiestas, los antojos, los cuerpos excedidos.

En la abundancia, en cambio, la ambición perpetua es un valor del éxito. El deseo aparece como un apetito cuya saciedad es interpretada como un signo de arrojo y tenacidad. El dispendio, la capacidad ostensible de cumplir la propia voluntad, así sea arbitraria y abusiva, es un modelo de sociedad en sí mismo.

En La distinción (1984), Pierre Bourdieu identifica el núcleo duro de la síntesis entre la necesidad y el deseo. Concluye que el “gusto por necesidad” es la forma en que aprendemos a querer lo que nos resulta familiar. Deseamos lo posible. Este mecanismo, que podría amansar la frustración, es particularmente pernicioso en la precariedad: no sólo constriñe el orden material de las expectativas, sino también el simbólico, la imaginación. Ajustarse a una vida basada en mínimos y justificar la invalidez de ciertas aspiraciones fortalece la tolerancia a la desigualdad: unos tienen permiso para desear; otros no pueden querer nada, al menos nada que sea relevante.

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