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Ese valioso ruido de fondo

La edición de sonido contribuye a la narración, a la jerarquización, huye del silencio —el vacío intimida— y del ruido. Con algunos cineastas, como David Lynch, el sonido cuenta. No es el único.

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Imagen de la película «The Birds», de Alfred Hitchcock.
Imagen de la película «The Birds», de Alfred Hitchcock.
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En 1928, tres pilares de la cinematografía soviética —S.M. Eisenstein, V.I. Pudovkin y G.V. Alexandrov— anotaban que el sonido, entonces incipiente, sería utilizado de forma “automática”. Su recelo sigue siendo vigente. Porque el sonido, por lo general, es un complemento. Es artificial, porque las cosas suenan diferentes en pantalla, y es artificioso porque todo está “trabajadísimo”. Porque los componentes de la banda sonora son manipulados para que sean discretos acompañantes de la imagen: si bien las voces y las músicas regularmente cobran protagonismo (a veces demasiado: las primeras llevan al Séptimo Arte al terreno del teatro; las segundas son utilizadas para empujar la emoción que no consigue provocar la imagen), lo demás es una mera contribución al “realismo” (un motor, una mosca tienen que sonar a eso… aunque no suenen a eso), “ruido de fondo”. La edición de sonido contribuye a la narración, a la jerarquización, huye del silencio —el vacío intimida— y del ruido (en su primera acepción: “sonido inarticulado, por lo general desagradable”).

No obstante, como señala David Lynch, el sonido es el “50 por ciento de la película”. Y si “solía decir que la imagen dicta el sonido, a veces es al revés: los sonidos conjuran una imagen y, entonces, el sonido es lo que viene primero”. En sus películas, el sonido posee un peso determinante. Todo el sonido: el estadounidense amplía el abanico e incluye ruidos que son insidiosos, bajas frecuencias —que van directamente al estómago— y que resultan desagradables. Con Lynch, el sonido cuenta y cuenta. No es el único. Felizmente.

 

Mi tío (Mon oncle, 1958), de Jacques Tati

Monsieur Hulot (Tati) vive en un viejo barrio. Un día visita la casa de su hermana, que es pretensiosa, geométrica, gris. Luego tiene una aventura con su sobrino. Y la magia aparece. Tati trabajaba con rigor la banda sonora. Cada sonido era fabricado, por eso nada suena “natural”. Sin embargo, la artificialidad es una ruta para lo extraordinario, para subrayar los ambientes de la vida citadina. Al final contrapone de manera brillante la homogeneidad de la modernidad y el caos calmo de la vida de barrio. Mi tío es una obra maestra que suena bastante bien.

 

Sin aliento (À bout de souffle, 1960), de Jean-Luc Godard

Un ladronzuelo mata a un policía en la campiña francesa. Corre entonces hacia París, a los brazos de una joven estadounidense. En ésta, su opera prima, Godard hace uso del sonido sin maquillaje (una especie de Dogma 95 sonoro), recurso que a menudo utilizará en sus siguientes películas. Y si la gente que transita por la calle irrumpe en sus encuadres y mira a cámara, los sonidos de los ambientes se hacen presentes y no es raro que cobren protagonismo. Así se consigue cierta crudeza. A veces se pone en juego la verosimilitud, pero nunca está en duda la verdad de lo abordado.

 

El proceso (Le procès, 1962), de Orson Welles

Orson Welles lleva a cabo un acto de apropiación con la célebre novela de Franz Kafka y construye un universo visual fenomenal. Los espacios son desmesurados y K (Anthony Perkins), pequeño, deambula por ellos con azoro. El sonido es más que un acompañante: genera atmósferas con singular reverberancia, irrumpe para provocar extrañeza, desazón, miedo. Welles, tan kafkiano como Kafka, da imagen y voz a la vulnerabilidad del hombre moderno, rebasado por el sistema que creó. El resultado es maravilloso, por eso en su momento hizo mucho ruido.

 

Los pájaros (The Birds, 1963),de Alfred Hitchcock

Por alguna extraña razón —que no llega a conocerse—, los pájaros atacan a los habitantes de Bodega Bay. Particularmente a la recién llegada Melanie (Tippi Hedren). Las aves generan extrañeza y son la manifestación de la irracionalidad. Hitchcock usa sintetizadores y propone en esta cinta un dispositivo sonoro original, que lo mismo contribuye a la narración, que provoca sobresaltos. Y mucha inquietud. Asimismo, abre espacios al silencio y elude lugares comunes del terror. La experiencia resulta inolvidable: nunca más el canto de los pájaros será igual.

 

Cabeza de borrador (Eraserhead, 1977), de David Lynch

La rutina de un hombre que trabaja en una imprenta se ve interrumpida cuando su expareja trae al mundo a un ser deforme, un quisquilloso monstruo. Pronto él tiene que hacerse cargo de él… y las rarezas se multiplican. Lynch propone en blanco y negro un universo asfixiante, sórdido, habitado permanentemente por ruidos de origen industrial, por músicas altisonantes que exacerban los nervios del más ecuánime. De esta forma, el estadounidense da forma a las pesadillas del hombre moderno, atrapado entre la agresividad ambiental y el hogar, hostil hogar.

 

Para saber más

:: Algunos apuntes del uso del sonido en el cine de Godard.

:: Lynch habla sobre el sonido.

:: Eisenstein y otros. Declaración sobre el sonido.

:: El sonido en Los pájaros.

:: David Lynch habla de Mi tío.

:: Fragmento de Mi tío.

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