Arquitectos que construyen con la naturaleza

Arquitectos que construyen con la naturaleza

– Edición 517

Centro Ecoturístico Tatei Kie, en San Andrés Cohamiata, Jalisco, proyecto a cargo de Felipe Pulido González Franco. Fotos: Cortesía de las y los arquitectos.

Estos egresados diseñan entornos habitables con la tierra, las piedras y hasta las plantas. Siguen una tendencia que comenzó en el ITESO hace más de tres décadas

En esencia, todo lo que usamos viene de la tierra, pero en arquitectura construir con materiales naturales se refiere al uso de aquellos elementos que no pasaron por un proceso de industrial severo antes de convertirse en una casa o edificio. La piedra, la tierra, la paja y el bambú son algunos ejemplos de alternativas al uso del cemento, el acero y el aluminio, pues la producción de estos últimos implica una significativa huella de carbono que convierte a la industria de la construcción en responsable de 37 por ciento de las emisiones contaminantes globales, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

El cuidado de los ecosistemas es central para quienes impulsan el paradigma de la bioconstrucción, pero la apuesta va más allá. En la búsqueda constante por fusionar el paisaje edificado con el entorno natural, recurrir a la tierra se convierte en una invitación ideal para que la materia determine la forma de los espacios.

Esto, sin embargo, no es nuevo. Antes de que los criterios técnicos de construcción se estandarizaran, muchos pueblos ya habían desarrollado métodos —a menudo basados en el conocimiento empírico— adecuados a sus contextos. Quienes hoy regresan a esos procesos desde la arquitectura reconocen la importancia de colaborar con las comunidades y aseguran que la combinación de técnicas vernáculas con la experimentación contemporánea revitaliza la tradición. Su reto es demostrar que las bondades y la resistencia de la naturaleza no tienen nada que envidiar a los materiales industrializados. Su uso constituye un sistema constructivo que implica rigor.

Esta es una muestra de algunos de los arquitectos egresados del ITESO que trabajan bajo el paradigma de la bioconstrucción. Todos ellos participaron en el II Encuentro Internacional de Construcción con Tierra y Materiales Naturales organizado en la Universidad. Algunos, además, son sucesores del Taller de Arquitectura Alternativa de Occidente (TAAO), un grupo de estudios fundado en 1994 por profesores del ITESO para impulsar una práctica profesional más sustentable.

Replicar la historia de la tierra
Ignacio Colín García de Alba

Ignacio Colín García de Alba.

Para este arquitecto, entrar a una exhibición de mármol, granito o cantera es como ver una radiografía del centro de la Tierra. Esos materiales lo hacen pensar en la edafogénesis, es decir, el proceso de formación de los suelos, cuando las primeras piedras surgieron del enfriamiento el magma, luego se fragmentaron y fueron colonizadas por algas, bacterias y hongos que al morir dieron paso vidas más complejas como las de las plantas. Por eso Ignacio Colín García de Alba asegura que los proyectos arquitectónicos que ha construido replican la historia de nuestro planeta: su cimentación es de piedra, sus muros de tierra y sus techos están hechos con la vegetación de los árboles.

“Entrar a un jardín zen japones me enseñó mucho del espíritu de los materiales. Esa cultura dice que es fácil tener respeto con un semejante, pero cuando uno llega a sentir el reino mineral, sentir las piedras, está en otro nivel”, dice. Puede ser que, por esa conciencia espiritual, el proyecto que mejor representa su trabajo es el hotel Misión del Sol en Cuernavaca. Este complejo fue construido como un spa holístico pensado para retiros espirituales. Está hecho de adobe y madera y cuenta con un sistema de tratamiento de agua, además de climatización pasiva por aislamiento térmico (técnica para evitar la entrada del calor o frío del exterior mediante materiales de alta resistencia). “Es una obra para el crecimiento integral del hombre y la mujer, en la parte física, emocional y espiritual”, explica el arquitecto.

Cuando Ignacio comenzó a trabajar con materiales naturales, se acercó a quienes habían convertido la construcción con tierra en una tendencia. Tomó un taller con el arquitecto estadounidense David Easton, quien desarrolló el método de Tierra Estabilizada Proyectada Neumáticamente (PISE, por sus siglas en inglés) para eficientar este sistema de construcción. Así, el egresado aprendió las bases que necesitaba, pero cuando regresó a México comprendió que también debía mirar la historia de su propio entorno para desarrollar los proyectos que tenía en mente. “Me di cuenta de que los verdaderos maestros estaban acá”, dice. Y con esa certeza otorga el mismo rango de mentores a algunas personas con las que ha colaborado durante años.

Mencionar a todos ellos es imposible, porque en algunas ocasiones hay comunidades enteras involucradas, como en el Hotelito Desconocido, en la costa de Jalisco. Este proyecto se hizo realidad gracias a que los habitantes del lugar tenían experiencia en la construcción de un muelle con más de 70 años de antigüedad. Así fue como guiaron al arquitecto para elegir la mejor madera y el mejor método para hincarla dentro del agua. “Aprender de la gente local ha sido muy valioso en mi experiencia”, concluye Ignacio.

Aprender con las manos y de cada territorio
Eric Gómez Ibarra

Éric Gómez Ibarra.

¿Cuál es la manera más sencilla y lógica de construir? La respuesta de Eric es: “Con los materiales que tenemos en cada lugar”. Ese es el vector que dirige sus esfuerzos profesionales desde hace dos décadas. Formado en el Taller de Arquitectura Alternativa de Occidente (TAAO), ha desarrollado todos sus proyectos bajo el enfoque del diseño bioclimático, aquel que busca “generar el mínimo de impacto paisajístico adecuando las construcciones a su entorno”, dice el sitio web de su despacho Tierra Cruda.

En los últimos años Eric se ha especializado en las estructuras de madera ensamblada. En muros, vallas y, sobre todo, techos, la repetición geométrica de su trabajo evoca una pieza de origami doblada a la perfección o bloques de juguete cortados y unidos con la precisión de un rompecabezas. Una de sus obras destacadas es el techo del comedor de El Borbollón, en Valle de Bravo. Las vigas y la duela de madera están acompañadas por aislante de piedra pómez y una cubierta vegetal y de teja. “Los techos de madera son muestra de cómo construir sin usar materiales con un alto costo energético, como el acero y concreto”, señala el egresado.

Además, el proyecto en El Borbollón es representativo porque junta dos tendencias del trabajo de Eric. La primera es la colaboración con otros arquitectos de trayectorias reconocidas, por ejemplo Alejandra Caballero, arquitecta mexicana pionera en la bioconstrucción, la permacultura y fundadora del Proyecto San Isidro para la formación en el tema.

En segundo lugar, el trabajo de Eric está marcado por el servicio y el aprendizaje de comunidades rurales. El arquitecto ha desarrollado proyectos de vivienda social ecológica en Nicaragua y en México y asegura que cada acercamiento con los habitantes de un lugar es una oportunidad para ampliar lo que sabe hacer. “En cada obra aprendemos de las personas que ya conocen cómo se hacen las cosas en su territorio. No querer aprender de los demás es una manera de negar un conocimiento que nos enriquece”, asegura.

A la par de su propio aprendizaje, se ha dedicado a capacitar equipos de construcción. En el fondo, su compromiso con la transmisión del diseño bioclimático da cuenta de su espíritu docente. Si hay algo que recomienda a los estudiantes de arquitectura e ingeniería es trabajar con sus manos para conocer la naturaleza de los materiales. Esa es la manera en la que él ha llevado su propuesta hasta Francia, España y varios lugares de México.

La flexibilidad de la naturaleza también es resistencia
Paola Rojas León

Paola Rojas León.

La mayor parte de los sistemas constructivos urbanos nos hacen pensar que entre más densos y rígidos los materiales, más resistentes serán las estructuras. Quienes tienen experiencia en el tema saben que también se puede edificar con materiales flexibles, como las plantas. La trayectoria de Paola Rojas lo demuestra. Por 12 años la arquitecta ha trabajado con bambú que, a pesar de su maleabilidad, es conocido como “el acero vegetal”.

En 2017 Paola cofundó Bambufolia, una empresa en la que apuestan por la planta herbácea debido a su capacidad para almacenar grandes cantidades de dióxido de carbono, restaurar el suelo y los mantos acuíferos. Además, de acuerdo con las investigaciones de la arquitecta, crece más rápido que cualquier otra planta, por lo que una hectárea de bambú genera una cantidad de biomasa cinco veces mayor a la de un bosque de pinos del mismo tamaño. En la construcción destaca como sismorresistente por su flexión y su compresión; tiene alta resistencia al fuego y, con el mantenimiento adecuado, su vida puede extenderse hasta 50 años.

Para aprender a usar la planta en muros, techos, muebles, terrazas, vallas y otras estructuras, Rojas tuvo una formación intercultural durante sus viajes a Indonesia, Corea y otros países de la región de Asia-Pacífico. Entre sus mentores estuvo el equipo de Cave Urban, un estudio australiano de diseño dedicado a investigar estructuras ligeras y vernáculas.

“Soy fiel creyente de que los materiales tienen una esencia y su propio espíritu. Querer hacer las cosas diferentes me llevó a viajar y a conectar con el bambú, que tiene una energía muy femenina. Su flexibilidad, su fuerza y su maleabilidad lo hacen muy estético y resistente a la vez. Esa resiliencia me hizo enamorarme”, cuenta Paola.

A través de su diálogo con el bambú, la arquitecta ha logrado proyectos como las Villas Momoto (2023), un complejo de cabañas turísticas en la ribera de Chapala que integran materiales naturales en los diferentes componentes de su arquitectura: algunos de sus muros están construidos con la técnica quincha (estructuras de madera entrelazadas y rellenas de tierra y fibras naturales); en su diseño interior predominan el mobiliario y las aplicaciones de bambú; y los techos están hechos del mismo material, con una forma curva que imita el aspecto de los cerros que rodean el lago.

Observar los materiales, el territorio y a la gente
Felipe Pulido González Franco

Felipe Pulido González Franco.

Es una excepción entre sus colegas. Al igual que los demás, egresó del ITESO y se ha especializado en la bioconstrucción, pero no como arquitecto, sino como ingeniero civil. De todas formas, siempre ha trabajado en equipos multidisciplinarios y eso le ha permitido guiar sus proyectos bajo el principio de la observación, una herramienta que lo acerca a la creación de espacios habitables. “La escucha del lugar es lo que nos va a dar esas respuestas de lo que queremos encontrar”, dice él.

Si algo le ha dado la observación es la capacidad para entender las interacciones entre el entorno y los materiales con los que trabaja. Cuando éstos son naturales, según explica, se vuelven más evidentes sus virtudes, sus propiedades fisicomecánicas, su comportamiento ante la humedad, la temperatura y el movimiento. Esa expresividad es uno de los motivos por los que Felipe ha elegido la tierra, el vidrio, la madera, el bambú y las fibras naturales.

El egresado también es partidario de realizar pruebas empíricas, de laboratorio y de campo para cada sistema constructivo, pues “uno puede generar un plan o un proyecto, pero hasta que nos enfrentamos a las condiciones específicas (del entorno) es que podemos integrar el trabajo”, afirma. Su espíritu receptivo y su capacidad de adaptación le han permitido establecer criterios de utilización para cada material y, en última instancia, aportar el valor clave de la ingeniería en la que se formó: la solidez.

El detalle con Felipe es que su atención a las estructuras no lo aleja de colaborar con las personas para las que construye. Asegura que los proyectos que más han enriquecido su trayectoria son aquellos que le permiten aproximarse a contextos sociales particulares y, a partir de eso, proponer las soluciones adecuadas.

Uno de ellos es la Casa del Agua, ubicada en el Parque Natural Encuentro, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. En ese espacio, la organización civil Cántaro Azul creó un espacio formativo en torno a la gestión del agua y, en congruencia con sus valores de conservación, recurrieron a la experiencia en bioconstrucción de Felipe. Él desarrolló varios sistemas de captación de agua que se adaptan a las distintas techumbres de las comunidades chiapanecas, con el fin de evaluar cómo influye cada material en la calidad del agua cosechada. No fue un proyecto individual, sino que se hizo realidad mediante un proceso de codiseño y con la participación de muchos voluntarios.

“Este proyecto representa mucho mi intención y mi pasión […] que es que se difunda [la bioconstrucción] y que a partir de ella surjan soluciones de infraestructura autogestiva para las comunidades y las personas que lo necesitan”, dice el ingeniero.

La naturaleza y la tradición dictan las formas
Caterina Moretti

Caterina Moretti.

Curiosidad, apertura y sensibilidad. Esas son tres actitudes fundamentales que Caterina necesita para la experimentación que hace en Peca, el estudio que ella misma fundó en 2007 y donde se dedica a diseñar mobiliario inspirado en la naturaleza: sillas de piedra volcánica, gabinetes cubiertos con lámina de oro, mesas de comedor de terracota, atriles de madera y lámparas de roca travertino. Estos y otros objetos surgen de un estado casi meditativo en el que Caterina entra en búsqueda de una conexión intuitiva con la materia. “Entendemos cada material como una expresión única, con su propia lógica, textura y lenguaje. […] Nos interesa identificar la técnica más auténtica y precisa para relevar su carácter”, dice la egresada.

Aunque el resultado final es un mueble o una pieza decorativa, en el fondo su intención es crear procesos que dicten el mejor camino para diseño. La experimentación la desvía de la técnica habitual y la ha llevado a fundir el oro en vidrio y a cubrir la piedra con esmalte cerámico. Si el producto no es lo que espera se convierte en una fuente de información sobre el lenguaje y los límites del material; y si sí, da pie a creaciones como la lámpara colgante barro. Esta pieza está creada con barro y el vidrio soplado, dos materiales ligados al territorio oaxaqueño, específicamente al pueblo de San Bartolo Coyotepec.

“Lo que me interesaba era explorar el encuentro entre materiales con naturalezas muy distintas: la solidez y opacidad del barro frente a la ligereza y transparencia del vidrio. […] La esencia de la lámpara barro está en su naturaleza colaborativa. La pieza surge del diálogo entre distintos oficios, talleres y formas de hacer”, explica Caterina.

La mirada contemporánea que ella aporta no podría entenderse sin la sabiduría histórica de los artesanos. Ellos han sido sus principales maestros, pues detrás de sus trabajos hay una inteligencia acumulada por generaciones y un conocimiento profundamente conectado con el territorio y la naturaleza.

Caterina considera que, cuando hace una propuesta experimental a partir de estos aprendizajes, participa en una tradición viva: una que honra las técnicas ancestrales, pero también evoluciona para mantenerse vigente. La historia se cuenta por medio de un objeto utilitario y, al mismo tiempo, regresa a la contemplación inicial —con la que comienza el trabajo de Caterina— para provocar una experiencia sensorial de la textura, el color y el olor de la naturaleza.

Edificar la tierra
Luis Alberto Parra Unzón

Luis Alberto Parra Unzón.

Desde su despacho, MLTFNCNL Arquitectura, ha llevado la expresión de “edificar el paisaje” a su sentido más literal. En sus proyectos, alrededor de 95 por ciento de la tierra extraída durante la cimentación se utiliza para crear muros compactados. La materia con la que trabaja no se crea ni se destruye, sólo se transforma en espacios habitables.

Luis Alberto Parra Unzón explica que la tierra se volvió su mejor aliada porque encontró en ella coherencia con el entorno, “algo que muchos materiales han perdido”, menciona. El contexto en el que trabaja es Baja California Sur, un territorio árido con mucha arena, buen limo (otro tipo de sedimento mineral granulado) y un poco menos —aunque suficiente— arcilla. Los estudios de granulometría, de laboratorio y la experiencia le han demostrado que lo que hay en el suelo allí es ideal para convertirse en la base de un sistema constructivo. Uno que, además, sólo necesita 10 por ciento de agua para funcionar y, en algunos casos, se estabiliza con cal y cemento para un mejor resultado.

Con el transcurso del tiempo ha concluido que el material no es su objetivo, sino la consecuencia de una búsqueda por la que pasan él y la mayoría de sus colegas: la de lograr que la arquitectura pertenezca al territorio en lugar de que dominarlo. “Lo que me llevó a la tierra primero fue la sorpresa; fue descubrir que un material tan básico podía tener un nivel de orden, precisión y calidad arquitectónica tan alto. Y también entender que la arquitectura no debería imponerse, sino pertenecer”, cuenta el egresado.

Una tercera cualidad que le atribuye a la tierra es la de la innovación. Pero no en el sentido de la novedad, sino de la reinterpretación, esa que le ha permitido tomar un material ancestral y darles vida a casas, oficinas, complejos turísticos, señalética urbana y hasta a un prototipo de vivienda colectiva modular que ofrece una solución de desarrollo sostenible.

De alguna manera, el trabajo de Luis Alberto representa el relevo generacional de Antonio Penagos Arenas, uno de los fundadores del TAAO. Antonio fue el mentor que le enseñó a cuestionarse cómo y porqué construir desde el compromiso con el hábitat, con una perspectiva científica y arquitectónica.

Hoy, es el egresado quien invita a los jóvenes arquitectos a explorar lo que se puede lograr con la tierra. Las obras de referencia se multiplican gracias a su trabajo y de sus colegas, y son la mejor muestra para aprender. “Si pueden ir a una casa que tenga algún muro de tierra o un horno, visítenla, tóquenla y vivan la experiencia lo más que puedan”, aconseja.

Reivindicar una identidad constructiva
Mauricio Rodríguez Mejía, Maíz

Mauricio Rodríguez Mejía, Maíz.

Todos podemos recordar una casa de adobe o de piedra, con techo de tejas de barro, en un pueblo de México. Ya sea porque era la casa de los abuelos o el hospedaje durante una escapada de la ciudad, experimentar esos espacios evoca familiaridad y nos ayuda a entender que la arquitectura hecha con materiales naturales es parte de una identidad histórica. Perder esta tradición constructiva es como perder un lenguaje, dice Mauricio Rodríguez Mejía. De ahí que su labor busca integrar estos métodos patrimoniales en la arquitectura moderna.

La propuesta de Maíz, como le dicen a este profesor del ITESO, no surge solamente de la nostalgia, sino de haber experimentado en primera persona las bondades de confort térmico, acústico y hasta de iluminación de una construcción hecha con tierra. Su mejor referencia es la pequeña vivienda o habitáculo que propuso para su uso personal en el campo de Michoacán. Sus vigas de madera tratadas con aceite de linaza y muros de pajarcilla (mezcla de paja con tierra arcillosa) contienen una recámara individual, una terraza y un baño seco. “Habitar proyectos que diseñaste y construiste te da una vivencia corporal propia; te expone y ayuda a sentir los espacios”, asegura.

Como director de MORO Taller de Arquitectura también ha participado en otros desarrollos residenciales basados en el uso de tierra, madera, fibras, piedras, acero y cal. Entre ellos está Portal 62, una vivienda compacta en Mérida que estuvo nominada en los premios Building of the Year 2026 de ArchDaily. Además, está construida con muros de tapial, una técnica para compactar tierra por medio de un molde o encofrado. Durante el II Encuentro Internacional de Construcción con Tierra y Materiales Naturales, Mauricio compartió ese proyecto en un taller.

Habla de tres maestros que marcaron su trayectoria para convertirse en un especialista en el tema. La primera fue la arquitecta Alejandra Caballero, pionera en bioconstrucción en México, con quien Maíz tomó sus primeras lecciones. Luego está su papá, quien desde la ingeniería civil le enseñó a comprender las estructuras para alcanzar construcciones de mayor altura mediante técnicas vernáculas. Finalmente, reconoce a los maestros de obra con quienes ha colaborado durante 15 años. Ellos “nos ayudan a recordar que la gravedad existe”, dice el arquitecto.

Sus reflexiones sobre el valor cultural de la bioconstrucción no le impiden ver que también es un sistema constructivo con normas que hay que seguir para que los materiales respondan según lo esperado. Si cada vez más arquitectos ponen en práctica esta técnica con rigor, habrá más herramientas para competir contra la aspiración por el cemento, que poco a poco han modificado el paisaje de los pueblos de México. “La gran tarea es seguir dando ejemplos de que el material natural sigue vigente y que puede dar muy buenos resultados en la arquitectura actual”, dice Mauricio Rodríguez.

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MAGIS, año LXII, No. 518, octubre de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de octubre de 2026.

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