Las universidades frente al impacto de la IA generativa
Rodrigo Sosa – Edición 516

Entre la fascinación, el temor y los usos eminentemente prácticos que van incorporándose a la práctica cotidiana en aulas y tareas, las instituciones educativas están en un momento de redefinición. La primera encíclica de León XIV ha entrado de lleno en el debate, brindando un marco que bien puede ayudar a la preservación de la esencia humana en la educación superior
Decir que la emergencia de las inteligencias artificiales generativas es el gran tema coyuntural de nuestro tiempo sería quedarse corto. Aunque en campos como el de las matemáticas, la informática o las neurociencias, la IA lleva décadas en estudio, el lanzamiento público de ChatGPT por la compañía OpenAI en 2022 la sacó de golpe de esos nichos académicos, disparando su uso y despertando fascinación, pánico y debates públicos ante las implicaciones y los efectos que estas herramientas tendrían —y ya están teniendo— en todas las esferas de la vida humana. A partir de ese momento se han publicado montañas de opiniones, advertencias, profecías, alertas, presagios y vaticinios, aunque el aceleradísimo avance de estas tecnologías hace difícil dimensionar los riesgos y las promesas que le deparan a nuestras sociedades. En ese contexto, el pasado 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV presentó Magnifica Humanitas, la primera encíclica de su pontificado, con una propuesta tan clara como contundente: desarmar las inteligencias artificiales y custodiar la esencia humana frente a dichas tecnologías.
Magnifica Humanitas, como subrayó en un artículo de la revista Nature Paolo Benanti, teólogo y asesor del Vaticano en materia de IA, no debe leerse (únicamente) como un documento religioso que atañe a los católicos, sino como un texto intelectual de primer orden para replantear el rol del Estado, las empresas, los trabajadores y, por supuesto, las instituciones educativas frente a estas herramientas.1 Desde finales del siglo XIX, como recuerda Benanti, las encíclicas papales han buscado atajar, aunque sea de manera parcial e imperfecta, las grandes crisis de la civilización, desde los cambios sociales provocados por la Revolución Industrial hasta el auge de totalitarismos como el nazismo o el estalinismo, pasando por el cuidado del medio ambiente y otras especies naturales. Este reportaje analiza cómo resuenan las palabras de León XIV con las experiencias, reflexiones y ansiedades que se viven en distintas universidades del Área Metropolitana de Guadalajara en torno a los usos, riesgos e implicaciones de la ia en la educación superior.

La IA en las aulas y la transparencia como clave del uso ético
Ian recuerda bien la primera vez que utilizó una herramienta de inteligencia artificial: “Fue en segundo semestre de prepa. Nos habían dejado de tarea hacer un ensayo y la verdad es que me daba mucha flojera hacerlo. Esa vez, una compañera me contó que una aplicación se había vuelto muy popular, era ChatGPT. Y bueno, la probé y me hizo el ensayo súper fácil”. Hoy Ian es estudiante de segundo semestre de Ingeniería en Sistemas en una universidad privada de Zapopan, Jalisco, y su uso de estas herramientas se ha vuelto más sofisticado: “Cuando uno escribe código hay muchas tareas que son muy repetitivas y con la IA puedes tener ese asistente personal que te resuelve toda la talacha y te ahorra tiempo para hacer las tareas creativas y que de verdad importan”. Aunque su postura también es más cautelosa: “Intento no delegarle cosas importantes porque sé que, si empiezo a depender mucho de la IA, después no voy a tener idea de lo que hago en mis clases y luego en mi trabajo”.
Hay una actividad en la que, no obstante, Ian reconoce que sigue usando la IA de forma un poco más laxa, y es en la redacción de ensayos para sus “materias de adorno”. Con ese término se refiere a asignaturas relacionadas con la historia, la filosofía o la economía que, aunque admite que son importantes, no forman parte de su núcleo de interés personal o profesional. “Entré a estudiar Sistemas porque me gusta todo lo relacionado con la tecnología, hacer y programar robots, por ejemplo”, cuenta. “Y aunque me gustan muchísimo los videojuegos y me fascina cómo se pueden crear mundos tan increíbles usando tan sólo líneas de código, nunca he sido mucho de leer literatura o escribir historias”. Por eso, cuando en esas asignaturas le dejan algún ensayo, Ian dice sentirse “más aliviado quizá al delegar un poco más a la IA”, pues confiesa que “a veces las ‘materias de adorno’ terminan siendo las más exigentes en carga de lectura y redacción, aunque no sean el centro de mi plan de estudios”. Además, argumenta que la actitud restrictiva en las aulas no ayuda, pues mientras en sus materias de programación han sido “muy receptivos y explícitos en cómo utilizar herramientas de IA”, en materias de historia o filosofía “los profesores pueden ser más cerrados y hacen mucho hincapié en que no podemos utilizarlas para nada”.
El caso de Ian no difiere del de millones de otros estudiantes, pues de acuerdo con la Encuesta Nacional de Usos y Percepciones sobre la Inteligencia Artificial Generativa en la Educación Mexicana 2025 (ENIAG), la producción de textos escritos, como resúmenes, ensayos o síntesis, es, por mucho, el principal uso que se da a estas herramientas tecnológicas en las universidades en México. Ocho de cada diez estudiantes las utilizan con ese fin. Aunque para algunos esa descentralización del texto escrito puede significar una oportunidad para explorar otras formas de aprendizaje, Danilo Rubiano, diseñador gráfico y profesor de asignaturas de diseño de aplicaciones y multimedia en la Universidad Lamar y en la Universidad del Valle de México, intuye que esto tendrá consecuencias que aún es complicado evaluar con claridad. “La IA vino a meterse con algo que es casi sagrado para el humano, que es el lenguaje”, explica Danilo. “Para poder escribir un texto hay que hacer muchas cosas, buscar información, procesarla, analizarla y luego ordenar nuestras ideas de tal manera que podamos expresar lo que queremos”. Así, según este docente, la capacidad de escritura es algo que puede verse muy afectada debido a los chatbots, no sólo en los estudiantes, sino también en los docentes. Los propios resultados de la ENIAG 2025 mostraron que 76 por ciento de los profesores universitarios encuestados también utiliza la IA para generar texto escrito.
Danilo, sin embargo, no piensa que los profesores deban tomar una actitud restrictiva o prohibitiva, ya que está consciente de que estas herramientas tecnológicas pueden potenciar los procesos de aprendizaje al estimular la curiosidad, la experimentación y nuevas formas de producir conocimiento tanto de los estudiantes como de los docentes. “Para muchos diseñadores como yo, trabajar con lenguajes de programación como Java Script era algo que estaba totalmente cerrado hasta hace muy poco tiempo; hoy ya no es así gracias a herramientas IA”, argumenta. “Así como con la programación, a muchos profesionistas la IA puede abrirnos áreas de conocimiento que quizá pensamos que estaban completamente bloqueadas para nosotros”. De igual forma, este profesor destaca que las IA pueden mejorar la propia práctica docente; de hecho, la evaluación es un área donde él mismo la ha instrumentado: “Yo evalúo y retroalimento a mis alumnos con inteligencia artificial y, aunque en un inicio les pareció sorprendente, han agradecido la transparencia, pues se dan cuenta de que nosotros también podemos utilizar estas herramientas”. Danilo aclara que esta tecnología le ha permitido dar una retroalimentación más personalizada, más precisa y en mucho menos tiempo del que antes le tomaba. Asimismo, ha echado mano de ella para preparar material didáctico que utiliza en sus clases, como ilustraciones, presentaciones o ejercicios de experimentación para sus alumnos.
Tanto Ian como Danilo coinciden en que estas herramientas están cambiando profundamente sus áreas profesionales y académicas —la informática y el diseño, respectivamente—, y que su vertiginoso avance hace muy complicado seguirles el ritmo o atajar los retos que plantean. Sin embargo, ambos destacan que los esfuerzos de sus universidades por ofrecer cursos, talleres o conferencias en torno a la IA les han ayudado a tener una visión panorámica, no sólo de las herramientas existentes, sino sobre todo de las implicaciones éticas y técnicas que cada una de ellas tiene. Ian, por ejemplo, resalta lo que ha aprendido acerca de cómo estas tecnologías pueden comprometer la seguridad de los datos privados de una empresa; Danilo, por su parte, actualmente desarrolla un curso para profesores de la Universidad Lamar sobre cómo instrumentar la IA en sus prácticas docentes. Ambos sostienen que, mientras más diálogos honestos se den en las universidades acerca de cómo se están usando estas tecnologías, más podrán aprender todos—estudiantes, docentes, coordinadores y directivos—cómo instrumentarlas y hasta qué punto, algo que es imposible hacer, en cambio, desde un paradigma prohibitivo y punitivo. “En las universidades se tienen que entender estas tecnologías como herramientas que ayudan a hacer muchísimas tareas, y no sólo como algo que les facilita a los alumnos el hacer trampa”, concluye Ian.

Retos institucionales para la formación en IA
Para Gabriela Belén, doctora en Educación y actual directora del Centro de Innovación Docente del Centro Universitario de Ciencias Económico-Administrativas de la Universidad de Guadalajara (CUCEA), algunos de los retos que presentan las herramientas de IA en las aulas no son tan distintos a los que han traído consigo otras tecnologías digitales. “Es notorio que los alumnos cada vez tienen periodos de atención más cortos”, dice Belén, “ya no es que no puedan leer un libro, sino que no pueden terminar de ver un video de quince o veinte minutos, y eso ya pasaba antes de la IA”. Los motores de búsqueda, las pantallas de laptops o teléfonos inteligentes, las plataformas de redes sociales y los algoritmos de recomendación son algunos ejemplos de tecnologías que, de acuerdo con Belén, han transformado los ecosistemas de aprendizaje durante los últimos 20 años. Así, aunque la académica destaca la importancia de los talleres y cursos que las instituciones ofrecen para alfabetizar en el uso de la IA, advierte que esos recursos tienen que estar pensados y adaptados para entornos donde esta tecnología no es un elemento aislado, sino una más de las tecnologías que tienen un rol en los procesos de aprendizaje.
Dicha visión sistémica, a juicio de Belén, puede ayudar a detectar y paliar las enormes brechas que existen en México respecto al acceso a tecnologías digitales. Por ejemplo, la académica explica que algunos de los recursos de alfabetización para la IA están diseñados para ser accesados y completados en una computadora, un planteamiento que choca con la realidad del estudiantado. “En una universidad pública como la UdeG no podemos partir del supuesto de que todos nuestros alumnos viven en hogares donde cada uno de los miembros de la familia tiene su propio equipo”, aclara Belén. “En muchos casos una misma familia usa el mismo ordenador o, en nuestra propia experiencia, vemos que el teléfono celular es el único instrumento que tienen los alumnos para acceder a herramientas de IA”. Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2025 (ENDUTIH), sólo 43.9 por ciento de los hogares en México cuenta con alguna computadora —sea de escritorio, laptop o tableta—, mientras que 81.4 por ciento de la población tiene acceso a un teléfono inteligente. “En México, las universidades públicas atienden a los sectores socioeconómicamente más vulnerables, por lo que la educación para la IA no es sólo una cuestión técnica, sino también de cómo acortar y atender esas brechas económicas, lingüísticas y de género que existen para su acceso”, sentencia Belén.
Los resultados de la ENIAG 2025 muestran que en la formación, la capacitación y la alfabetización docentes para el uso de herramientas de IA están algunas de las disparidades más notables dentro de las universidades mexicanas. Mientras 51 por ciento de los profesores de instituciones privadas ha tomado algún curso relacionado con la IA, únicamente 45 por ciento de los académicos en universidades públicas estatales lo ha hecho. Esta brecha se profundiza en otros subsistemas, como en las escuelas normales públicas, donde apenas 33 por ciento de los docentes ha recibido capacitación en la materia, mientras que en las universidades interculturales la cifra cae a 22 por ciento.
En este escenario de brechas y disparidades, Francisco Cervantes, doctor en Ciencias de la Computación y coordinador de la Ingeniería en Inteligencia Artificial en el ITESO, identifica que otro de los grandes retos para la formación es que las principales herramientas están controladas por un puñado de corporaciones como OpenAI, Google o Anthropic, por lo que cualquier acercamiento, alianza o colaboración con estas empresas puede resultar problemático. “Las universidades no deben cerrarse a colaborar con estas empresas”, precisa Cervantes, “pero hay que tener bien presente que estas tienen intereses, y esos intereses son vender sus productos”. Cervantes ilustra que un esquema clásico consiste en que dichas compañías ofrecen sus servicios a las instituciones educativas a muy bajo costo o incluso de forma gratuita, para luego incrementar los precios drásticamente cuando estudiantes, docentes y personal administrativo ya dependen de ellas. “Hay que usar de manera estratégica los recursos de IA, sin depender exclusivamente de ninguna compañía y también teniendo en cuenta que alternativas de código abierto ya existen y pueden seguir mejorándose”, aclara el académico.
Para Cervantes, no obstante, la formación frente a la IA debe estar fundamentada en una educación humanista, esto es, en una sólida enseñanza de la filosofía, la literatura o las artes en las universidades. Algo que se dice fácil, pero que es sumamente complicado. “Mucho de lo que sucede dentro de las universidades gira en torno a preparar a los estudiantes para el mercado laboral”, explica Cervantes, “y claro que eso es importante, pero el rol de una universidad no es sólo formar trabajadores y obreros, sino formar seres humanos críticos, reflexivos y éticamente responsables”. Lo anterior, de acuerdo con el académico, exige incrustar un currículum de educación humanista de manera transversal, lo que por lo demás “exige la reformulación y la reestructuración total de los modelos educativos, no sólo a nivel superior, sino también, y quizá sobre todo, de la educación básica”. Gabriela Belén, por otro lado, también resalta que la educación humanística debe cobrar más centralidad en los programas universitarios. “Hay aspectos en los que la IA puede potenciar de manera impresionante el aprendizaje”, aclara Belén, “muchos jóvenes con algún tipo de discapacidad física o intelectual están encontrando en herramientas de IA una forma de aprender y de ser incluidos en los sistemas educativos, pero también hay grandes riesgos, como lo relacionado con la veracidad de la información que los chatbots ofrecen y los muchos sesgos que dicha información puede tener”. Tanto Francisco Cervantes como Gabriela Belén coinciden en que, para discernir cuándo, cómo y para qué utilizar la IA, no bastan los cursos y talleres de alfabetización en estas herramientas, sino que es necesario acompañar dichas discusiones desde disciplinas como la filosofía, la historia y la literatura.

Dos imágenes bíblicas
Al comienzo de Magnifica Humanitas, León XIV recupera dos historias del Antiguo Testamento para interpelar dos caminos que pueden tomar los humanos frente a la revolución digital y la IA. De un lado está el relato de la construcción de la Torre de Babel, que ilustra “el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia”, sacrificando la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y de los intereses individuales; del otro, el Papa ofrece la reconstrucción de Jerusalén por Nehemías, una historia que “muestra cómo la ciudad renace, no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes”.
César Lozano, doctor en Tecnologías de la Información y coordinador de ReflexIA —un proyecto institucional del ITESO que busca abordar la inteligencia artificial basándose en los principios ignacianos—, argumenta que la metáfora de la Nueva Jerusalén marca precisamente el horizonte que deben tener las universidades frente a la IA, esto es, buscar la cooperación y el diálogo interdisciplinario entre los muchos actores que las componen. “No se trata de un debate entre ingenieros y filósofos, en la psicología y las ciencias cognitivas hay aportaciones fundamentales en torno a la IA, las hay también en las artes y, evidentemente, en las ciencias sociales”, recalca el académico, aunque admite que “dialogar así no es fácil por cómo se produce conocimiento en la academia, por cómo se dividen las universidades en departamentos y porque en muchos espacios se cree que hay disciplinas que valen más que otras”.
Lozano comparte que desde ReflexIA se busca atender algunos de los retos y necesidades más urgentes que estas tecnologías presentan en una universidad, desde la capacitación y la alfabetización hasta la protección de datos personales e institucionales. Sin embargo, hay una dimensión que al académico le parece fundamental, y que constituye la gran aportación que las instituciones de educación superior pueden hacer a la discusión pública: la investigación situada en torno a la IA. Esto implica, en la visión de Lozano, analizar el fenómeno, no sólo desde una perspectiva técnica, sino también social, que busque comprender cómo y para qué se están utilizando estas herramientas en las aulas de nuestra ciudad y de nuestro país, y qué repercusiones están teniendo en los procesos de aprendizaje, la salud mental y la empleabilidad de sus estudiantes. “La mayoría de las investigaciones sobre usos de la IA aborda casos de estudio en Estados Unidos, Europa Occidental y China”, señala el académico, “y aunque es conocimiento valioso, tomar decisiones con base en él en países como México puede ser arriesgado, acá tenemos un contexto completamente diferente”. Lozano argumenta que el desafío trasciende el trabajo interdisciplinario y exige un esfuerzo interinstitucional, en el que las universidades cooperen para producir conocimiento público que sirva a la toma de decisiones de distintos actores locales y nacionales.
Pedro Reyes, SJ, profesor-investigador del ITESO, recuerda que Magnifica Humanitas —la primera aportación de León XIV a la Doctrina Social de la Iglesia— no debe leerse como un manual estricto o inamovible para actuar frente a las tecnologías digitales, sino como una invitación al diálogo y al debate público de los retos que presentan. En particular, Reyes resalta que las palabras del Papa en esta encíclica buscan hacer frente a los discursos tecnocráticos. “Detrás de la inteligencia artificial hay un discurso de lo inevitable, del ‘no te preocupes’, ‘déjate llevar’, ‘ya está todo decidido’, ‘ya las tecnologías nos van a decir hacia dónde ir’”, observa; “Magnifica Humanitas invita a decir: ‘¿Y si no? ¿Y si yo no quiero? ¿Y si podemos llevar las cosas hacia otro lado?’”. Y aunque los discursos tecnocráticos pueden ser muy seductores, Reyes advierte que las universidades son precisamente el espacio idóneo para ponerlos en duda: “Puede ser muy fácil subirse al tren de la actualización y la velocidad, de querer siempre adoptar los últimos sistemas y las últimas herramientas, pero ahí es donde nos tenemos que preguntar: ¿de verdad es ese el mensaje que como universidad querrías dar a la sociedad que te está mirando? ¿No sería mejor decir: ‘No, vamos a tomarnos un tiempo para meditar y pensar qué sistemas y qué herramientas vamos a utilizar y cuáles otras no’, y ser explícitos y abiertos en esa reflexión?”. O, en palabras de León xiv: “Educar en el uso de la ia implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla”.
1 comentario
!Hola Rodrigo!
Me ha gustado tu artículo (su fondo, desarrollo…).
Soy egresada de Comunición (`99) y me parece que para personas de generaciones atrás (tanto en lo profesional, oficios, lo social, familiar, etc), vimos la IA primero como ciencia ficción, luego su aparición fue sútil y a la vez radical, y ahora que nos alcanzó a muchos nos está rebasando y poniendo, como a todos, retos que hemos de aprender a resolver.
Me parece, como ya lo expones, que se vienen muchos desafíos y este texto me ha dado varios puntos de inflexión, reflexión e implementación.
!Gracias!