Hambre

Hambre

– Edición 515

Que la inteligencia artificial me sustituya porque ¿qué otra cosa se merece alguien que pudo correr a la fonda de la esquina pero decidió terminar con la parrilla de publicaciones de una mueblería que no vende nada?

He cometido el peor de los pecados que cualquier ser humano puede cometer: no he comido cuando tuve hambre. Que los glaciares del algoritmo me arrastren y me pierdan, despiadados.

Que la inteligencia artificial me sustituya porque ¿qué otra cosa se merece alguien que pudo correr a la fonda de la esquina y pedir unas enchiladas suizas, con su espagueti con crema y su agua de limón con piña para satisfacer el apetito, pero en su lugar decidió terminar con la parrilla de publicaciones de una mueblería que de todas maneras no vende nada?

Mis padres me engendraron (sin planearlo) para el juego arriesgado y hermoso de la comida: para las corundas y los uchepos, las enchiladas tapatías, el chamorro, la pizza de sartén y los ostiones Rockefeller; para el pozole de pollo con pepita de calabaza, las tostadas de pierna con salsa de torta ahogada y los tacos dorados de camarones con ensalada de col y chile habanero; para la lasaña con bechamel, el pan dorado con mantequilla y ajo, parmesano en trozo y a mordidas; para un sándwich de tres quesos —gruyère, manchego y cheddar— acompañado de una sopa de jitomate rostizado.

Los defraudé. No comí. Cumplida no fue su eterna voluntad. Mi mente aplicó las técnicas de los CEO más eficientes del planeta y redujo el tiempo destinado a los alimentos a un triste café de oficina y unas galletas de paquetito que saben igual que todas las galletas de paquetito. No fui valiente. ¿Qué tal si en ese momento había que atender los comentarios de un cliente que pide todo urgente, pero envía retroalimentación cuatro días después? Me dio miedo que la project manager me enviara un mensaje avisándome de una tarea que no había contemplado en la semana y ahora se convertía en la prioridad. Mi mente se aplicó a las simétricas presentaciones de Power Point con hallazgos de una audiencia sin rostro que vive detrás de un teléfono o una pantalla que poco a poco le come la capacidad visual, que entreteje naderías. Todos somos una interacción miope, en silencio, automatizada y alejada de la burbujeante vida que a veces huele a tacos de suadero, hotdogs con panela y tocino, pollo rostizado, pesto recién hecho.

Me legaron valor. No fui valiente. Dejé para después una cena con mi familia o el sagrado proceso de la preparación de la comida con hambre, cuando picas los ingredientes para dividirlos entre lo que va a la sartén y lo que te puedes comer en crudo o te pones a hacerle al alquimista que no encontrará oro sino la versión mejorada, ¡definitiva!, de ese platillo que tu abuela o tu tía te heredaron en confianza, y terminas descubriendo que es imposible optimizar el sabor de una fórmula perfecta. Eso es para los estrategas de las redes sociales, que dicen que conocen a la perfección lo que la gente quiere ver en su Instagram, que es posible adelantarnos a sus gustos para ganarles la carrera incluso antes de que les dé hambre y se pongan a decidir si esta vez sí abandonan el escritorio frente a un caldo tlalpeño con hartas tortillas, o si de nuevo distraen a la tripa con un cigarro en el baño y un paquete individual de cacahuates japoneses. No me abandona. Siempre está a mi lado. La sombra de ser una hambreada que mata todas las oportunidades de ser feliz una hora al día con tal de no tener que extender la misma mediocre y repetitiva tarea la jornada siguiente. De lunes a viernes me quedo con hambre de un plato bien servido de pescado zarandeado porque el hambre de otra cosa se me pone enfrente: uno que también ruge bien recio, que me pone escenarios suculentos de una vida diferente en la que no estoy pensando en métricas, engagement o likes que en dos horas pierden vigencia.

Dicen que la IA sustituirá mi puesto. “¿¡Cuándo, pues?!”, pregunto a los dueños del Olimpo tecnológico, porque me urge preparar una gran olla de morisqueta con salsa de chile con queso y sacudirme un poco esta maldita sombra de haber sido una desdichada tanto tiempo.

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MAGIS, año LXII, No. 515, julio de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de julio de 2026.

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