Mundo de papel

Mundo de papel

– Edición 513

Un trozo de papel puede dar miedo porque te recuerda que reprobaste una materia (otra vez), o que le debes dinero a una institución sin rostro que dice que es buena idea pedirle prestado porque es tu amiga (no lo es)

Tienes tres años y, mientras juegas en el piso de la sala, al lado del sillón, notas que hay una servilleta de papel junto a la taza de café que bebía tu madre. Tambaleante, te acercas a la mesita de centro y tomas el pedazo de papel con el ravioli que tienes como mano y la aprietas con la misma intensidad de quien se sujeta del borde del abismo para no caer en él. De inmediato quieres probar su resistencia y la estiras con el otro ravioli: la rompes, la haces añicos y la ves desintegrarse ante tu pequeña fuerza.

Acabas de cumplir cinco años. Aprendes que las hojas de tus libros para colorear también son de papel, pero de uno distinto al de la servilleta: ese no debería usarse para limpiarte la comida, sino para transferir los colores de tus crayolas. El ansia de llenarlo todo de verde aguamarina se apodera de ti: tallas la barra de cera como si fueras a provocar un incendio hasta que rasgas la hoja. El dibujo de Tom y Jerry se rompió. El papel sigue siendo frágil.

Tienes ocho años. Tu abuelo te acaba de regalar un billete de cinco mil pesos para que lo gastes en lo que tú quieras. Vas a la tienda de la esquina y pides una bolsa de papas, un Frutsi de naranja, un Almon-Ris y dos Brinquitos. Entregas el papel arrugado al tendero, que lo recibe con un poco de asco porque está húmedo; el miedo de perder el dinero en el trayecto te hizo convertirlo en una bola para esconderlo en tu puño y ahora está mojado por el sudor de la palma nerviosa. Te entrega una moneda de cambio con una sonrisa fingida. Descubres que te gusta más el dinero cuando está en papel que en metálico.

Tienes nueve años. Estás de pie frente a la biblioteca personal de tu madre. Todos los libros que están ahí los ha leído en algún momento de su vida, pero pronto empezarán a acumularse nuevos ejemplares y nunca más logrará ponerse al corriente. El papel puede ser un acto de fe, piensas, porque traemos papel a la casa con la promesa de que le daremos el uso para el que fue creado. Empiezas a leer por gusto y entiendes que en el papel caben muchas cosas, como el recuento de las vidas de personas que existieron y otras que son inventadas, que jamás tendrán cuerpo en este mundo. Que apenas un trozo de papel puede dar miedo porque te recuerda que reprobaste una materia (otra vez), o que le debes dinero a una institución sin rostro que dice que es buena idea pedirle prestado porque es tu amiga (no lo es).

Que un cuadrito de papel es tu seguro mientras viajas en el camión —y si sus números suman 21 alguien te debe un beso, que nunca cobraste— y con otro puedes ingresar a una sala de cine. Que, durante algunos años, su formato más grande y colegial, la cartulina, podía causar una pelea campal entre tu olvido infantil, los horarios establecidos del comercio en el país y las peticiones cada vez más intransigentes de las profesoras de tu escuela. O eso le escuchaste balbucear a tu padre un domingo en la noche que lo acompañaste en auto a comprar una cartulina. Tenías 10 años.

Cuando empezaste a acumular cumpleaños tampoco pudiste separarte del papel y su poder de contención, de lo fácil que le es darle espacio a todo. Por eso no te deshaces de los libros que en cada mudanza se convierten en el artículo con mayor planeación estratégica y número de cajas para transportarlos. Esas cajas, hechas de otra forma de papel, te obligan a replantear la dirección de tu vida y cuestionarte desde “¿En verdad necesito tanta ropa?”, hasta “¿En verdad necesito cosas materiales?”. En el papel cabe el amor que te tuvo una persona hace muchos años, la imaginación de tus sobrinos cuando les tocó descubrir el papel por su cuenta y lo llenaron de dibujos y garabatos, la caligrafía perfecta y legible de tu madre en las recetas que anotaba detrás de panfletos de una lavandería, los jeroglíficos de tu padre en su agenda telefónica. Porque los contactos de la gente que nos importa antes los anotábamos en una libreta dedicada a los números telefónicos.

Tienes 85 años. Ya casi es imposible encontrar una hoja donde anotar esta idea que está por escaparse de tu cabeza. Sigues guardando los libros, los billetes que ya dejaron de circular, las notas viejas que dejó tu pareja en post-it de colores, los recibos de los viajes que alcanzaste a hacer. Sentado en el sillón de tu sala, tomas la servilleta que está junto a la taza de té que bebías, la aprietas en tu mano —que de ravioli ya ni rastro tiene, se ha convertido en un puñado de frágiles ramas torcidas por la artritis— y luego la estiras con la otra hasta que la rompes. El mundo todavía tiene algo de sentido.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

MAGIS, año LXII, No. 513, mayo de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de mayo de 2026.

El contenido es responsabilidad de los autores. Se permite la reproducción previa autorización del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO).

Notice: This translation is automatically generated by Google.