Los sembradores de huano
Katia Rejón – Edición 513

Todo lo que escuchaba sobre la lengua maya, incluso de instituciones mayas, era que se estaba muriendo. ¿Y quién quiere conocer una lengua que se está quedando sin hablantes?
En maya no puedo pedir las cosas por favor ni disculparme con la misma frecuencia que en español. Sería raro. Soy más reiterativa y enjuta con mis palabras. Como no nací con esa lengua ancestral, en ella no tengo humor ni soy irónica como lo soy en mi lengua materna. La hablo casi siempre con una risita nerviosa y escucho con atención quirúrgica, como si intentara abrir una caja fuerte.
Tengo 32 años y hace dos comencé a aprender la lengua maya en el centro de idiomas de la Universidad Autónoma de Yucatán. En México hay 11 familias lingüísticas, 68 agrupaciones y 364 variantes. La maaya t’aan es una lengua que tiene 800 mil hablantes, la mayoría en la península de Yucatán, de donde soy. Es la lengua más hablada en todo el país, incluso más que el náhuatl, porque este tiene 30 variantes dialectales y la maya en este territorio es una sola. Antes de que ya saben quiénes llegaran al continente, solamente algunas personas privilegiadas podían escribirla y leerla, la mayoría la hicieron florecer en la oralidad otorgándole capas de complejidad sonora.
Es un idioma precioso, nacido de los glifos, y aglutinante porque sus palabras son raíces que se unen para crear nuevos conceptos. Tiene 25 vocales y 19 consonantes que se clasifican por su duración o su tono. Mis favoritas son las glotalizadas porque suenan como pájaros o como una rama que corta el viento: ch’, k’, ts’.
Cuando se traduce al español, el maya tiende a reducir su universo como una ceiba en una maceta. Por ejemplo, la palabra kókotst’aan bien podría interpretarse como “preposición”, pero su significado más literal es “trocito de palabra”.
Antes de estudiar maya, estudié inglés y francés, y tomé algunas clases de italiano y alemán de las que sólo recuerdo reglas ortográficas y de pronunciación. A diferencia de esos otros idiomas, en maya no existe la dupla del haber y el ser, no hay futuros ni pasados.
¡Y los números! ¿Cómo se imaginan los números de una cultura que inventó el cero? Son un verdadero universo: hay como 50 clasificadores numerales porque no es lo mismo contar tragos (luuk’) que rebanadas (táaj) o cosas redondas (wóol) o cosas que caben en los brazos (méek’). Aprender maya (o cualquier otro idioma “no dominante”) es aprender a mirar distinto. Hace unos días, mi maestra Minelia nos dijo que lo que es cuadrado en español, en maya es wóolis, mientras dibujaba una espiral en el aire.
Es duro aceptar que me tardé tanto en estudiar un idioma que siempre estuvo en mi vida. En Yucatán, aprendimos un idioma híbrido, no sólo en la pronunciación aporreada y cadenciosa, sino en palabras que configuraron nuestra cotidianidad y nuestra corporalidad. Mi madre solía gritar ¡Ko’ox! (“¡Vamos!”), cuando teníamos que salir de casa. Y al nombrar las partes de mi cuerpo, aprendí primero las palabras tuch y xiik’ antes que ombligo y axila.
Sin embargo, todo lo que escuchaba sobre la lengua maya, incluso de instituciones mayas, era que se estaba muriendo. ¿Y quién quiere conocer una lengua que se está quedando sin hablantes? Antes incluso de pensar en aprender la lengua, me inscribí a un diplomado de revitalización lingüística, en el que nos compartían puras malas noticias: “Cada dos semanas desaparece una lengua en el mundo”.
“¿Por qué decidiste aprender maya?”, le pregunto a Jimena, una compañera de clase recién graduada de Psicología y originaria del municipio de Motul, tras un recorrido por el Gran Museo del Mundo Maya en Mérida. Es marzo y el calor de la ciudad nos tiene en una niebla de bochorno, sueño y hambre. Su respuesta es la misma que la mía, y de un montón de otras personas jóvenes que la estudian: por razones de familia y trabajo.
Jimena tiene suerte porque su abuela todavía la hablaba y su mamá la entiende. Otras llevamos por lo menos dos generaciones con la lengua diluida. Mis bisabuelos paternos eran mayahablantes, pero mi papá sólo escuchaba hablar a su mamá en maya cuando no quería que se enterara de lo que estaba platicando.
“Tener abuelos es trampa”, bromeo con mi mejor amiga Lilia, quien me convenció de entrar a clases en 2024. Mis abuelos murieron hace demasiado tiempo y nunca pude preguntarles nada sobre nuestro origen. Quienes tienen familia mayahablante pueden practicarla más seguido, tienen un espacio cotidiano para hablarla y escucharla sin presiones. Yo tengo que armar memoramas y corear canciones como “In waalak’ peek’” una y otra vez en YouTube, como si tuviera 10 años.
Lilia y yo coincidimos en que hablar maya es indispensable para hacer mejor nuestro trabajo. Muchas personas se sienten más en confianza expresándose en su idioma materno y hacer entrevistas con traductores es poco práctico. Igual que mis compañeras que estudian Psicología, Medicina o Derecho, para mí saber maya es una manera de garantizar que mi trabajo va a servirle a más gente en una entidad donde la cuarta parte de las personas es mayahablante.
Muchas veces imaginé cómo habría sido una cobertura o una entrevista si la comunicación con las otras personas no estuviera bloqueada porque tenemos códigos distintos para comunicarnos. Sin embargo, cada vez eran más frecuentes las situaciones en las que era yo quien no podía acceder a un mundo boscoso donde se estaban teniendo conversaciones importantes.
Quise aprender maya como una reivindicación política de lo que mi familia, como tantas otras, decidió perder para no sufrir discriminación o violencia. Varias castellanizaron sus apellidos y dejaron de ser Ek para ser Estrella.
La reivindicación me impulsó, pero no fue suficiente, hasta que presencié la lengua maya viva en comunidades, en la poesía y en la música de sus hablantes. Mis amistades bilingües me acercaron, no desde estadísticas catastróficas, sino desde situaciones que abrían mi curiosidad y caminos mentales; puertas hacia nuevos entendimientos. Fueron las ganas de recitar un poema de Briceida Cuevas y cantar un rap de Dino Chan lo que me trajo hasta acá.
A pesar de que me encantaba la clase, reprobé el tercer semestre, el nivel Intermedio i, con el maestro José Natividad. Más que un idioma, aprendíamos de música y poesía. Escribíamos algo que el jka’ansaj llamaba “composiciones”; podían ser listas de mercado, sueños o lo que comimos ese día. Nos corregía la entonación con expresiones como “la maya es explosiva”, “la maya debe ser hablada con fuerza, con vigor”. Nos daba lecciones de redacción que aplican para todos los idiomas: “Los signos de puntuación son periodos de pensamiento”. Y sus correcciones eran verdades dolorosas como ortigas. Si redactábamos una oración con la sintaxis del castellano, nos recordaba que estábamos pensando con nuestra mente españolizada y buscábamos acomodar la maya en esa estructura: “Estás hablando maya pensando en español”, decía.
Uno de mis ensayos favoritos es The Language Learning Edition, de Steve Bryant, en el que cuenta su aprendizaje de español siendo un hablante nativo del inglés. Dice que solemos entender la nueva lengua como los andamios de un edificio, mientras los hablantes nativos están dentro del edificio. “Tú estás afuera, en el andamio, subiendo de un piso a otro, hablando por las ventanas”, explica.
Me pregunto cómo será esa metáfora en un idioma amenazado. Puede ser que la maya, más que un edificio, sea una casa. Una casa hecha con materiales distintos a las casas donde he vivido siempre, como una xa’anil naj, de huano y redonda, y que para habitarla hay que sembrar antes el huano, pero cada vez hay menos espacio para sembrar huano. Dicen que cuando se pierde un idioma se pierde una cultura. Creo que no es así de lineal. Que la cultura se pierde simultáneamente y que la defensa de la lengua no empieza con la lengua, sino con los espacios y los grupos que la hablan. Incluso si quienes la estudiamos no logramos habitar en esa casa, habremos aprendido a sembrar un poco de huano y eso es más de lo que ningún otro idioma me ha enseñado.