El espacio de los tesoros
Diana Alonso – Edición 512

La biblioteca Jorge Villalobos Padilla, SJ, resguarda libros de incalculable valor, tanto por su antigüedad como por su rareza o por su relevancia en diversas áreas del conocimiento, el pensamiento y la historia
En cuanto cruzamos el umbral percibimos el inconfundible aroma amaderado y terroso de los libros viejos. También un ambiente reconfortante, encapsulado: 21 grados centígrados y una humedad relativa de 34 por ciento. La atmósfera favorita de los libros. Como referencia, algunas de las ciudades que tienen una humedad cercana a la anterior son Hermosillo, Teherán y Las Vegas.
El área de Libros Antiguos y Raros de la biblioteca Dr. Jorge Villalobos Padilla, SJ, resguarda más de 63 mil ejemplares a los que se suman fotografías, vinilos, revistas, planos y documentos, que están ahí ya sea por su longevidad o por su rareza. “Para que un libro se considere antiguo debe haberse publicado antes de 1920”, explica Juan Sánchez, coordinador de Desarrollo y Preservación de Acervos de la Dirección de Información Académica (DIA), quien trabajó en la biblioteca del Instituto Libre de Filosofía y Ciencias. Cuando este se integró al ITESO, y junto con él su acervo (a través de un comodato), Juan siguió la colección: “Me colgué de los libros y llegué aquí también”.
Él y Bernardo Jaime, clasificador desde 1996, conocen el acervo como la palma de su mano. En cuanto señalo uno entre los cientos de ejemplares, comienzan a narrar su origen, la razón por la que se protege y sus peculiaridades, incluso antes de sacarlo de la estantería con las manos enfundadas en guantes. “Si no me equivoco, esa es la primera edición de Pedro Páramo”, dice Bernardo. Llamó mi atención porque, entre las tapas de cuero envejecidas y las tipografías que sugieren otros tiempos, aquel lomo se veía nuevo. Bernardo explica que para que un libro se clasifique como raro hay múltiples factores, como el formato, alguna firma, el contexto de su publicación, el número de edición o la relevancia de su contenido. En el caso anterior: se trata de la primera edición (de 1955, en el Fondo de Cultura Económica) de una de las obras de la literatura mexicana más importantes. Estos parámetros explican la disonancia en las estanterías: libros tan pequeños como un monedero, otros encuadernados con hilo y aguja, unos tan grandes que sobrepasan la altura de los estantes.
Me conducen a una mesa donde hay una selección especial de ejemplares que muestran a los visitantes. Los veo unos minutos, sin apresurarme. Me asusta un poco sostenerlos. Siento que es como entrometerse entre el libro y su larga lucha contra el tiempo, a la que sobrevivió. En el caso de uno de ellos, casi 500 años: El Fuero Real de España: diligentemente hecho por el noble Rey Don Alfonso IX: glosado por el egregio doctor Alonso Díaz de Montalvo: assimesmo por un sabio doctor d’la Universidad de Salamanca addicionado y concordado con las Siete Partidas y leyes del Reyno: dando a cada ley la addición que convenía, escrito por el rey Alfonso X, El Sabio, y publicado en 1533.
No estoy segura de si alguien se tomará el tiempo de leer el nombre completo. Me divierte pensar en la evolución de los títulos a lo largo de la historia, aunque muchos textos legislativos actuales conservan ese estilo. Juan me comparte que un visitante español le dijo asombrado que muchas de las leyes en ese libro siguen vigentes en algunas zonas rurales de aquel país. Los libros antiguos se conservan porque hablan del pasado y al mismo tiempo reflejan nuestro presente. El anterior es un ejemplo obvio.

Observo detenidamente las tipografías de aquel tiempo. Enormes letras S de un libro de Sor Juana publicado mientras ella seguía con vida (la Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz, religiosa profesa en el monasterio de San Gerónimo de la imperial Ciudad de México: Que en varios metros, idiomas y estilos fertiliza varios asuntos : con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos : para enseñanza, recreo y admiración, de 1689). La transformación del lenguaje a través pequeños detalles —“aora” sin “h”, por ejemplo—. Las páginas en latín del primer libro impreso en Guadalajara, en 1793, por una de las únicas tres imprentas que había entonces en la Nueva España (Elogios fúnebres con que la santa iglesia Catedral de Guadalaxara ha celebrado la buena memoria de su prelado el Illmô. y Rmô. señor Mtrô. D. Fr. Antonio Alcalde: Se ponen al fin algunos monumentos de los que se han tenido presentes para formarlos). Juan señala una edición italiana de 1558 del Timeo de Platón, uno de sus favoritos (Il dialogo di Platone, intitolato Il Timeo, overo della natura del mondo: Tradotto di lingua greca in italiana da M. Sebastiano Erizzo, gentil’homo venetiano, et dal medesimo di molte utili annotationi illustrato, et nuovamente mandato in luce da Girolamo Ruscelli). Una edición que recuerda que, incluso en pasados distantes, las personas también tenían a sus propios antiguos a los que leer, estudiar y reproducir para su permanencia en el tiempo.
Es raro que una biblioteca permita acceder de cerca a acervos como este. En el ITESO, en cambio, además de recibir a visitantes externos, es posible solicitar la consulta de estos vestigios de la memoria histórica.
Aun con lo amplia que es la sala, la cantidad de ejemplares apenas cabe en ella. Jaime admite que hay libros a los que deben decirles no: muchas colecciones llegan como donaciones de intelectuales, artistas, lectores voraces o coleccionistas que entregan sus bibliotecas personales a la Universidad. Las solicitudes no dejan de llegar. Actualmente existen 39 fondos especiales.
Tener una biblioteca de este tipo no significa solamente apilar libros. Catalogar, vigilar su estado, mantener condiciones ambientales estables y disponer de un lugar que ralentice su envejecimiento, exige tiempo y recursos. Me explican que, aunque este acervo convierte a la biblioteca en un espacio patrimonial, no hacen restauración debido al costo, al personal especializado y al equipo que se requeriría.
Seguimos recorriendo los pasillos. La colección es tan vasta que parece cubrir casi cualquier tema imaginable. Abundan la literatura, la historia, las artes y la teología, mientras que hay pocos títulos de medicina o de ciencias que surgieron siglos después. Después de hojear varios volúmenes, cuyos diseños, pastas y márgenes revelan el cuidado artesanal que alguna vez tuvieron, dejamos los guantes. Se apagan las luces. Y, además de un puñado de historias interrumpidas, me llevo una curiosidad hambrienta frente a los miles de libros que aún quedaron por conocer.