La desesperante constancia de la disimetría

La desesperante constancia de la disimetría

– Edición 512

“La disimetría”, argumenta Caillois, “cuando no es simplemente asimetría, sino la ruptura o el abandono de la simetría, da lugar a una propiedad. La rarefacción de los centros, planos y ejes de simetría marca una liberación, y no un deterioro de la materia organizada”

Se me acabó la fuerza de mi mano izquierda.
José Alfredo Jiménez

Hace poco más de un año tuve un accidente. Iba en la bicicleta y me caí. Tuve la fortuna —o la desgracia— de que no hubo a nadie a quien culpar. El suceso fue cosa mía. El golpe fue tajante y el impacto me rompió unos huesos de la mano. Antes de seguir con la enumeración de agravios, debo advertir que esta no es una exposición del victimismo. Subrayo la palabra accidente; recalco que el suceso fue cosa mía y que no hubo que culpar a nadie más. Mencionada la salvedad: me quebré el meñique de la mano derecha gravemente. También dos metacarpianos y tres muelas y me hice una buena cortada en la barbilla. Perdí la conciencia unos minutos. Creo.

Pregonar una desgracia enciende las alarmas en quien la escucha. ¿Dónde está el anzuelo con el que se está tratando de pescar plata del bolsillo? ¿A qué hora llega la petición de algún apoyo? Descuiden, no es el caso en este instante. Menciono el incidente porque ha servido, sin intención de hacer un chiste fácil, como el vehículo para acceder a ciertos indicios curiosos. Evitemos el juego de palabras y mejor recurramos a un campo semántico no muy distante del catálogo “Accidente”: la farmacéutica. Ha sido un “excipiente”. Porque de algún modo esa fue la función de esta experiencia desastrada: le ha dado forma, sustancia y sustento a un par de interrogantes que conservan interés. Fue el medio por el cual alguna cosa se reveló —vacilo en llamarlo su significado, digamos mejor un pliegue, un doblez de la realidad.

Dicho de otro modo, tuve un accidente. O me accidenté hace como un año. Me caí de la bicicleta. Eso hizo que, por accidente, me encontrara con algunas ideas. Como quien busca un par de dientes en el asfalto y se encuentra con que la mano derecha, dominante e inconsciente, estará inmovilizada durante varias semanas.

Siete años antes de morir, el sociólogo francés Roger Caillois dictó la Zaharoff Lecture en la Universidad de Oxford. El título de su charla fue “Balance and Dissymmetry in Nature and Art”. Más adelante, en el mismo año de 1971, expandió esta charla en un ensayo titulado “Dynamics of Dissymmetry”. En él explora el papel de la disimetría en la vida. No sólo en la vida del ser humano, sino en la vida en el universo conocido. Incluso en los elementos inanimados: cristales, moléculas, formaciones rocosas. En resumidas cuentas, el argumento es algo así: “La vida no produce cuerpos simétricos. La disimetría comienza con la vida. […] La simetría parece ser la inercia que impide la producción de fenómenos, mientras que la disimetría los pone en movimiento”.

Los indicios de Caillois para profundizar en la bella disimetría van sucediéndose en una progresión bastante seductora y convincente. El suyo es un proceso de elaboración de la curiosidad que va llevando hasta hallazgos como estos: “La disimetría, cuando no es simplemente asimetría, sino la ruptura o el abandono de la simetría, da lugar a una propiedad. La rarefacción de los centros, planos y ejes de simetría marca una liberación, y no un deterioro de la materia organizada”.

Perder el conocimiento es una cuestión curiosa; un hueco forzado, un sueño instantáneo e inapelable. Me gustaría decir que llegué a conclusiones similares, paralelas a las del sociólogo francés, por mi cuenta. Que cuando aparecí de vuelta tirado en el asfalto, confundido y nauseabundo por el nocaut, traía ya conmigo esas intuiciones sobre la simetría y la disimetría que después experimentaría con desesperante constancia. Pero no fue así. Fue la desesperante constancia de la disimetría lo que me llevó al ensayo de Caillois.

 Perdí el uso de la mano derecha temporalmente. Siete semanas de inmovilidad forzada por una férula. El meñique estaba ensartado por un clavo de metal similar a un palillo usado para brochetas de camarones U-10. Los dos dedos aledaños inmovilizados por fuerza para que soldaran los metacarpianos. Y el pulgar y el índice, esos sí fueron víctimas colaterales. Lejos de una intuición inmaculada, un hallazgo del intelecto, la inspiración llegó por vía de la sujeción de una férula y la inmovilidad. Pausa para mencionar que el ensayo de Caillois incluye un segmento interesante sobre la distinción lingüística entre los distintos planos con los que concebimos el espacio en función de nuestro cuerpo: lo superior y lo inferior, lo frontal y lo trasero, lo diestro y lo siniestro.

Desde los primeros días posteriores al accidente empezó una lenta experiencia renovada de disimetría. La mano izquierda, hay que decirlo, había sido una excelente presencia secundaria. Sostenía para que la derecha brillara con su fuerza, para que se luciera con sus digitaciones. Nada excepcional en la lateralidad de un adulto promedio.

Vuelvo a Caillois. Lo dice él, pero no sólo él: Natalie T. Uomini, una antropóloga de la Universidad de Liverpool, en un documento titulado “The Prehistory of Handedness”, lanza un dato revelador: “Nunca se ha registrado ningún caso de población humana en la que predominen los individuos zurdos”. Alrededor de 85 por ciento de los individuos exhibe un dominio de la mano derecha. Los primates no humanos no muestran esta misma preferencia mayoritaria. Hay varias hipótesis bien informadas al respecto. Algunos han concluido a partir de la evidencia que la preferencia lateral surge cuando empezamos a caminar erguidos. Antes de eso, cuando alternábamos con el cuadrupedismo, no teníamos una mano dominante. Otro factor que influye, dicen, es el lenguaje. Gracias a que nuestro cerebro está lateralizado, el izquierdo es el que parece concentrar las funciones lingüísticas. Tal concentración de actividad dejó como producto colateral una preferencia por la mano derecha, merced al misterioso control cruzado —el izquierdo sobre el lado derecho y viceversa.

Mi accidente fue el modo forzoso de obligarme a experimentar una perspectiva reducida pero constante de lo que cerca de 15 por ciento de las personas vive: el sesgo hacia la izquierda provocado porque esa mano es la que protagoniza sus actividades. Debí aprender a lavarme los dientes, a asearme después de ir al baño y a abrir puertas con una mano que había sido copiloto, pasajera, testigo de primera fila. El desafío mayor surgió al intentar aprender a escribir. Porque, particularidad personal, hasta antes de aquella infausta tarde de 2025, la escritura había sido, más que actividad, compañía de vida. El día se completaba con largos y placenteros minutos dedicados al querido diario; la lectura quedaba insípida sin poder hacer notas a mano. Y ahora, esa mano estaba atravesada por metales varios. Por accidente, la otra, la disimétrica, la izquierda, tuvo a su cargo nada menos que el bienestar vital.

Empecé con planas de trazos vacilantes. No, me estoy adelantando. Antes: ¡qué galimatías es sujetar un lápiz! Por fortuna, sé que tomar un instrumento de escritura es un gesto tan internalizado que nos salva de desmenuzarlo en contracciones musculares, intensidades de presión y demás microgestos. Esa complejidad infernal puesta de vuelta en la conciencia es uno de los primeros hallazgos de esta exploración de un lado ignoto. Ahora sí, con esa empuñadura tosca, empecé con trazos. Vacilaban. Iban por su cuenta, comenzaban y terminaban por inercia y no por orden de mi voluntad atribulada. Luego, un alfabeto precario. Luego una fila de números. Luego una palabra y otra. Así ha seguido. Desde hace poco más de un año.

Me gustaría acercarme a una suerte de conclusión enaltecedora, a un consejo para los jóvenes. Pero, junto con la solicitud de dinero y apoyo, ese es el otro temor que infunde una narrativa que comienza con la palabra “accidente”. No quiero hacer proselitismo ni presumir ejemplaridades. Escribir con la izquierda me cuesta trabajo pero persisto. La mano derecha ha vuelto a la función, aunque limitada. Digamos, al 80 por ciento. Tampoco pretendo especular acerca de los efectos cognitivos que produjo y sigue provocando esta experiencia de aprendizaje. No soy mejor para las matemáticas, para el razonamiento abstracto, ni para el concreto. En todo caso, la oscilación entre simetrías y disimetrías es una danza a la que estoy más aficionado.

Quiero creer que este ensayo es simétrico. Es decir, que lo mismo habría pasado si fuera yo un ciclista zurdo que al caer sobre el asfalto se quebró los dedos de la mano dominante: estaría viviendo la experiencia del descubrimiento de una lateralidad poco atendida. La disimetría, incluso provocada por un azar en bicicleta, es liberación.

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MAGIS, año LXII, No. 513, mayo de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de mayo de 2026.

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