Gaston Julia y el consuelo en las matemáticas

Gaston Julia y el consuelo en las matemáticas

– Edición 511

Foto: Dominio público.

Gaston Julia, un francés nacido en Argelia, tuvo que buscarse algún consuelo ante su imposibilidad para oler, porque, sencillamente, no tenía nariz. Y lo encontró en la ciencia.

Una buena parte de nuestra capacidad para sobrevivir depende del olfato, a pesar de que la mayoría de la información que percibimos nos llega a través e la vista. Nuestra capacidad para distinguir la calidad y la variedad de lo que comemos a partir de los olores, por ejemplo, tiene un papel determinante para la sobrevivencia, además de que nuestra habilidad olfativa también está estrechamente relacionada con la memoria: los principales estímulos para forjar recuerdos pasan por el olor. Pero Gaston Julia, un francés nacido en Argelia, tuvo que buscarse algún consuelo ante su imposibilidad para oler, porque, sencillamente, no tenía nariz. En las pocas fotografías suyas que conocemos se ve a un hombre bien peinado y elegantemente vestido, en cuyo rostro destaca una máscara tan pequeña como para cubrir parcialmente su boca y sus mejillas, pero tan grande como para tapar completamente el lugar natural de la nariz, y unos anteojos que no logramos distinguir dónde se detienen. Cuando era adolescente, Julia había encontrado consuelo al aburrimiento depurando su habilidad con los instrumentos musicales, dejándose llevar por el ritmo, la cadencia y la sonoridad de la música, lo mismo que en poner a volar la imaginación en el campo de las matemáticas, y por ello se matriculó en la Escuela Politécnica, primero, y después en la Escuela Normal Superior en Francia.

Hasta que en agosto de 1914 —cuando contaba 20 años de edad—, Gaston Julia fue llamado a formar parte del ejército de su país, que debía honrar a su patria en la Gran Guerra. El 25 de enero de 1915, en la primera batalla en la que participó, sufrió una herida brutal en el rostro, que le deshizo la nariz. Forzado a estar convaleciente para ser sometido a una gran diversidad de operaciones, pasó los años de 1917 y 1918 estudiando por cuenta propia, con talento y empeño, hasta finalizar su tesis, un ejercicio serio y original que sumaba cerca de 200 páginas, junto con un ensayo compacto y preciso, que llevó por título: “Mémoire sur l’itération des fonctions rationnelles” y que finalmente le significó la obtención del Gran Premio de la Academia de Ciencias de Francia. En 1920 fue llamado como conferencista en la Sorbona y algunos años después habría de sumarse a su equipo de docencia e investigación. Mientras alcanzaba el éxito precoz en uno de los ámbitos matemáticos más relevantes de la época, Julia pasó una y otra vez por la mesa de operaciones sin haber conseguido un resultado más o menos decente: por el resto de su vida llevó una máscara que lo consolaba y cubría la ausencia de su nariz.

Durante su dilatada carrera fue una presencia regular y venerada en la comunidad científica. Se desempeñó como un profesor modelo en múltiples materias: teoría de grupos, topología, teoría de números, funciones algebraicas, geometría infinitesimal, etcétera. A pesar de su importancia como investigador, pionero y eficaz profesor, forjador de generaciones completas de matemáticos, la fama de Julia pronto decayó hasta quedar prácticamente en el anonimato.

Las pocas veces que se habla de este personaje impar que encontró un consuelo profundo en las matemáticas se debe a otro personaje, que supo reconocer el mérito del matemático sin nariz: el polaco Benoît Mandelbrot, quien eligió el vocablo latín fractus para inventar una nueva palabra: fractal, que nombra una característica, hasta entonces desconocida, aunque de alguna manera había sido anticipada por Gaston Julia: hay en la naturaleza objetos cuya forma general es la suma de pequeñas formas similares: ese patrón lo podemos encontrar en las coníferas, por ejemplo, cuya forma es una “ampliación” de la figura que podemos percibir si las observamos a detalle; algo semejante sucede con la coliflor y el brócoli o con la forma de algunas hojas, de montañas, o la red de vasos sanguíneos del cuerpo humano.

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