Leer para seguir adelante
José Israel Carranza – Edición 511

Hasta las historias más desoladoras o los poemas que más nos estremezcan podrán, a la larga, acabar siendo sabiduría, iluminación y, al recordarlos, una insospechada forma de felicidad.
Al definir a la literatura como consuelo, parece que se la rebaja a una práctica de índole meramente instrumental a la que recurrir cuando la vida (lo que sucede de este lado de las páginas) no ha sido suficiente. Más de alguno ha sostenido que únicamente leen quienes ya fracasaron en todo lo demás; lo afirmó, por ejemplo, el novelista Alessandro Baricco, al inaugurar una feria del libro para jóvenes, e incluso recomendó a estos: “Queridos jóvenes, no lean”, porque a menudo leer es dar la espalda al mundo luego de que nos ha rechazado o herido. En realidad, lo que proponía Baricco era dar con las formas más eficientes de hacer que la existencia de los jóvenes admita, alguna vez (y con suerte para siempre), la participación de la lectura. Pero, en principio, aquella posición parecía difícilmente atacable: leen los enfermos, los que están solos, los desdichados. Los que necesitan resarcirse de algún modo por las afrentas, los reveses o los irresolubles desconciertos que les depara el mundo. Y eso, desde luego, es triste.
No obstante, y dejando a un lado la obviedad de que la lectura de literatura puede abastecernos con incontables maravillas y aun provechos concretos, lo cierto es que hasta las historias más desoladoras o los poemas que más nos estremezcan podrán, a la larga, acabar siendo sabiduría, iluminación y, al recordarlos, una insospechada forma de felicidad. Por ello, y más allá de que la lectura nos conforte o no, difícilmente habrá un libro que sea completa desesperanza o absoluto desconsuelo.
Duelo y crisis
Una pena en observación, de C. S. Lewis (Anagrama)
Es posible que la experiencia que más reclama consuelo sea la pérdida de alguien. Más cuando ese alguien ha dado sentido por entero a lo que somos. Tras la muerte de su esposa, el novelista emprende a través de la escritura una suerte de ajuste de cuentas con el universo que ha consentido esa pérdida, y entre la desesperación y la ternura, va encaminándose a una improbable aceptación. Católico profundamente intrigado por la voluntad de Dios, Lewis recorre aquí no sólo el arduo camino solitario que habrá de recorrer hasta el final, sino también una crisis de fe. Y la experiencia de lectura de este libro es, al mismo tiempo, desoladora y luminosa.
Las explicaciones
Lecciones, de Ian McEwan (Anagrama)
Ya rumbo hacia la etapa final de su vida, cuando ha visto fracasar todas sus relativas ilusiones (y acaso no le ha importado tanto) y ya que parece que no lo aguarda sino la imposibilidad de plantearse ninguna ilusión nueva, Roland Baines da la impresión de haberse conformado y de no necesitar ningún consuelo. Poco a poco, sin embargo, irá reconociendo la prolongada situación de abuso que vivió en sus tiempos de adolescente, a manos de una profesora que así larvó su destino para siempre. McEwan, como hace siempre en sus novelas, sabe que detrás de lo que somos hay siempre una explicación. Y llega a ella, también siempre, de modo implacable. Y brillante.
Una búsqueda
Allanamientos, de Sebastián Mederos (Pez en el Hielo)
Lo que recuerda Sebastián es que su padre iba y venía, que con su madre y sus hermanos vivieron siempre en una precariedad que no les parecía inaceptable porque tampoco podían imaginar otra cosa. Que los amigos a veces caían, que las relaciones se estiraban o se trozaban o se reanudaban y que una vez, y luego otra vez, la policía allanó la casa, ¿en búsqueda de qué? Sin saber si su padre ha muerto o no, Sebastián se encamina de todos modos a dar con su tumba. En el camino se le atraviesa la música. Acaso eso le sirva, pero nada es seguro. Los años, quién sabe, tal vez terminarán dispensándole algún consuelo.
Los paraísos perdidos
Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco (Tusquets)
¿Con qué nos consolamos cuando desaparece el paraíso que habitábamos con toda nuestra inocencia? Este clásico de la remembranza da algunas pistas. Con una prosa menos irónica que auténticamente añorante, la reconstrucción que Pacheco hace del paraíso que fue la infancia —y, especialmente, el amor arrebatador descubierto al trasponer las puertas de esa infancia— tiene el efecto casi mágico de volver nuestra una melancolía que, en rigor, no tendría por qué pertenecernos. Y también vuelve nuestra la desvalida perplejidad de Carlos, que ante las ruinas del paraíso intuye que nunca habrá consuelo que baste.