Los circos ya no son como los de antes

Los circos ya no son como los de antes

– Edición 511

La intervención de los animales era el centro del espectáculo de los circos de entonces. Al iniciar la función desfilaban todos: artistas y animales. Era como una especie de promesa de lo que veríamos

Traté de recordar con la mayor exactitud que mi memoria me permite la edad que yo tendría cuando fui al circo por primera vez. ¿Habré tenido quizás unos cinco o seis años? No recuerdo el nombre del circo, pero sí que anunciaba la presencia en persona de Cri-Cri. En 1976, Francisco Gabilondo Soler era una leyenda viviente, pero yo no quería ver a un señor, sino a un grillito cantor. Y muy posiblemente los cientos de niños que también fueron querían lo mismo, porque viene a mi mente la imagen borrosa de decenas de padres (incluido el mío), a la salida del circo, arrimando a sus hijos a saludar a Gabilondo Soler y el viejito de gran barba blanca y bastón renegando porque seguro lo que él quería ya era irse a descansar y no que lo estuvieran molestando tantos chamacos que ni sus parientes eran.

Me acordé de esto en diciembre de 2014, cuando la Cámara de Diputados aprobó la reforma a la Ley General de Vida Silvestre, con lo cual quedaba prohibida la utilización de animales en los circos. Por entonces mi hijo tenía ocho meses de haber nacido y yo sentí una angustia quizá exagerada, pero realmente fundada (como se comprobará más adelante) al pensar que ni él ni nadie más tendría oportunidad de ver los circos como yo los había visto.

Si los animales constituían una parte fundamental de la esencia de los circos, ¿desaparecerían? ¿Podrían sobrevivir dando funciones sin animales?

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Llevé a mi hijo por primera vez al circo en febrero de 2018, un par de meses antes de que cumpliera cuatro años. Días antes me había topado en la calle una camionetita con altavoces que promocionaba el Circo Atayde y que ofrecía boletos a 20 pesos. Pensé que la ida me iba a salir barata, pero no podía estar más equivocado: el estacionamiento me costó 50 pesos y el tipo que me cobró me preguntó si ya tenía boletos, le dije que los había comprado en el carrito ambulante y con cara de lástima me contestó: “Ay, jefe, es que esos son de la general, hasta arriba y en la esquina, no se lo recomiendo, se ve muy mal; pero por 100 pesos más yo lo paso a un lugar preferente”.

El lugar preferente fueron unas sillas de metal, casi hasta adelante, porque las de mero adelante, las plateas, costaban 500 pesos y eran sillas vestidas con elegantes forros de terlenka y listones de encaje.

Por supuesto que mi hijo quiso palomitas y agua, 100 pesos más. Luego, en el intermedio de cada acto, el maestro de ceremonias promocionaba una serie de juguetes de plástico con lucecitas que prenden y apagan como si se tratara de la piedra filosofal o el Arca de la Alianza: espadas, varitas mágicas y chunches parecidos, que muy seguramente en las tiendas del centro se consiguen en 30 pesos, pero aquí cuestan 100. Cómo no comprarlos cuando Don Maestro de Ceremonias grita: “Niños, para el siguiente acto es muy importante que tengan todos su espada o su varita mágica”.

Por supuesto que a lo largo de la función no dejaron de pasar vendedores de dulces, refrescos, papas, palomitas, hot-dogs y más juguetes. Y luego la clásica foto que te toman, van, revelan e imprimen y te la venden en un marco de colores de cartón con el nombre del circo en 150 pesos.

Pero ¿de qué trata la función sin animales? De todo lo demás que siempre había: malabaristas clásicos, de sombreros, de monociclos; payasos, muchos, buenos y no tanto; por supuesto, el hombre apache que tira dardos y cuchillos a la mujer que está rodeada de globos en un blanco; y el mago, que saca de su sombrero, ya no un conejo, sino docenas y docenas de mascadas multicolores.

Pero el espectáculo central, el “gancho”, es la presentación de algunos personajes de la televisión, en este caso Pepa la Cerdita y Masha y el Oso, así como algunos más de Walt Disney que les hacen compañía medio de relleno. Sin duda, debe de ser difícil para Mickey Mouse salir de segundón y que los reflectores se los lleven una niña, un oso y una cerdita —que se ve aquí no tan sonriente y más desnutrida que la de la tele—, sobre todo cuando lo único que hacen es moverse por el escenario, hasta que Don Maestro de Ceremonias hace lo suyo de nuevo: “Niñas y niños, ¿quién quiere tomarse la foto con sus personajes favoritos?”. El derecho a la foto cuesta 50 pesos, y esa sí es con el celular de cada quien.

Salimos de la función. Somos menos de 100 personas en una carpa a la que le caben más de 800. Ahora entiendo cómo es que logran financiarse hoy los casi 450 circos que dan funciones en nuestro país, y no es solamente, como se puede ver, gracias al precio de entrada. Han tenido que reinventarse, evolucionar, centrar su oferta en figuras artísticas, en musicales, presentando espectáculos novedosos, con robots o multimedia. Porque es eso o morir.

Antes de salir, una niña nos ofrece la foto que adentro nos vendía en 150, en sólo 50 pesos.

Mi hijo sale muy contento de su primera experiencia con el circo, pero a su corta edad no creo que entienda si le cuento lo que en realidad era el circo con animales.

Año 1978, o quizá 1979. Yo tenía nueve años. Mis papás nos llevaban a mi hermano y a mí a cuanto circo se aparecía en aquel pueblo donde vivíamos. Texcoco, en el Estado de México. Incluso a circos que se instalaban, no precisamente ahí, sino en poblaciones cercanas, más pequeñas: Chiconcuac, Tulantongo o Papalotla. Quizá porque en esos lugares encontraban el sitio ideal: grandes terrenos, porque el circo no llegaba solo, sino por lo regular venía acompañado de una especie de feria y diversas atracciones. Entonces había que llegar temprano para disfrutar de la vendimia y participar en algunos juegos o quizás animarse a entrar a ver a la mujer barbona, o al tipo que amaestraba ratas, y que en ocasiones también participaban en la función del circo. O simplemente ver a los animales a los que era posible observar como si estuvieran en una especie de minizoológico.

Fue ahí donde vi por primera vez aquella atracción que me marcaría de por vida: se llamaba “Tírele al negro”. ¡La gente pagaba por tener la oportunidad de pegarle con unas pelotas a una persona! Había un tiro al blanco y en medio un agujero por el que asomaba la cara una persona que nunca atiné a adivinar si era un enano o un niño. Lo que sí es que esa persona estaba parada en un banquito, atrás del blanco, y cada que alguien lanzaba las pelotas, asomaba su cara por el agujero. Yo no entendía por qué a la gente le divertía tanto que alguien atinara a pegarle con la pelota a la cara de aquella persona. Las pelotas eran como las que usan los tenistas. Cuando una pelota le golpeaba en la cara, el “negro” emitía un chillido grave, como el de esos juguetes de plástico cuando los aprietas fuerte y luego los sueltas. Mientras la gente se carcajeaba, yo trataba de acercarme lo más posible al “negro”. ¿Sería un enano? Me angustiaba pensar que fuera un niño. Tenía la cara pintada, más que pintada, embadurnada con una capa negra y aceitosa. Luego de que una pelota le pegara y chillara, me volteó a ver. Creo haberle visto los ojos rojos y llorosos. Me dio algo así entre tristeza y pena y me fui mejor a ver a los animales.

La intervención de los animales era el centro del espectáculo de los circos de entonces. Al iniciar la función desfilaban todos: artistas y animales. Era como una especie de promesa de lo que veríamos las dos horas siguientes. Los tigres y leones, por supuesto, no desfilaban, pero sí los elefantes que parecían muy tranquilos, pero ya se ha sabido que suelen ser igual o más violentos que los leones.

Salían a hacer sus números perros que a cambio de un premio saltaban la cuerda o iban por lo que su domador les pedía; caballos que ejecutaban elegantes coreografías propias del ballet de San Petersburgo; elefantes que por unos maníes se subían en un taburete y ponían su violento tonelaje en un solo pie; monos que vestían como Corazón Alegre, el de la serie Remi, hacían travesuras, y recuerdo mucho a un oso que, ese sí, salía con una cuerda al cuello que sujetaba su domador y se echaba maromas, bailaba y bebía leche de un biberón.

Pero siempre el momento estelar era el de los felinos: mientras un payaso salía del lado del público a hacer su número, un ejército de hombres armaba una jaula gigante. Y unos minutos después, ahí estaban los leones y los tigres, grandiosos, imponentes, saltando por aros de fuego, y luego la clásica escena multi representada en caricaturas: el domador metiendo la cabeza en las fauces de un león. Salíamos de la función extasiados, asombrados. Yo quería ir de nuevo a donde estaban los animales, creía verlos de forma distinta después de la función; pero no, ahí estaban, igual que antes, como si nada hubiera pasado, como si ellos no hubieran hecho todo lo que habíamos visto durante dos horas. Pero vi en una jaula a un puño de gallinas que no había visto antes y que no estuvieron en la función. Le pregunté al vigilante por ellas y me dijo: “Ah, esa es la comida de los artistas”. Muchos años después entendí del todo lo que me había dicho.

4 comentarios

  1. Muy buena crónica, emotiva y nostálgica. A mi hermana y a mí, mi papá nos llevaba al circo ruso de Moscú y al Atayde, yo creo que a finales de los 70 en Guadalajara. Yo llevé a mi hija cuando todavía participaban animales. Mis nietas ya no alcanzaron pero aun así disfruto y disfrutan. Es loable el esfuerzo de estas compañías por sobrevivir.

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