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Salvador Elizondo: viaje a la vida interior

“En mi caso, el estado normal es el rechazo de la realidad, y por eso tengo miedo a volverme cuerdo, y por eso tengo resistencias contra las curaciones psiquiátricas, porque me obligarían algún día a aceptar el mundo en el que tú vives", Salvador Elizondo

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Quizá la adolescencia sea el tiempo en que, por más desprevenidos que nos hallemos, más sensible y más fértil sea nuestra capacidad de hacer descubrimientos: sin la maravilla o la brutalidad de los que tienen lugar en la infancia, sin la melancólica opacidad que les imprime la madurez (esa forma de llamar al camino a la tumba), los descubrimientos reservados a los primeros arrojos, a los primeros desvelos, a las primeras turbaciones del alma y del cuerpo (recíprocamente culpables de esos cataclismos íntimos: en la adolescencia se aprende, entre otras cosas, a volverse secreto) contienen, al momento ya de acontecer, toda la felicidad y toda la desdicha de que seremos capaces, y en su remembranza estará indefectiblemente la más suficiente de las explicaciones sobre nosotros mismos que llegaremos a ofrecer. “Estoy soñando que escribo este relato”, declara un hombre a casi medio siglo de distancia del día en que su padre lo llevó a Los Ángeles, a fin de instalarlo en un instituto militarizado del sur de California, a la orilla de un lago. “Las imágenes se suceden y giran a mi alrededor en un torbellino vertiginoso”. La atmósfera de ese país que está a punto de ganar la Segunda Guerra Mundial añade agitación a los recuerdos que emergen y cobran forma en las palabras con que Salvador Elizondo comienza a trazar los descubrimientos que haría en sus días como estudiante en la Escuela Naval y Militar de Elsinore: “Me veo escribiendo en el cuaderno como si estuviera encerrado en un paréntesis dentro del sueño, en el centro inmóvil de un vórtice de figuras que me son a la vez familiares y desconocidas, que emergen de la niebla, se manifiestan un instante, circulan, hablan, gesticulan, luego se quedan quietas como fotografías, antes de perderse en el abismo de la noche, abrumadas por la avalancha de olvido, y sumirse en la quietud inquietante de las aguas del lago”. La aventura empieza para el adolescente, que en el transcurso de los meses siguientes protagonizará algunos de los hechos fundamentales de su vida: el encontronazo con el deseo o con el amor, la emancipación por la vía de la disidencia (con un amigo se fugará del internado, una escapada épica únicamente para ellos), las precarias revelaciones de la embriaguez... Y comienza también el relato que contendrá esa resurrección del recuerdo: una historia entrañable por la que se demuestra que nuestra existencia es lo que queda de la juventud lejana, y poco o nada más.

Al publicar Elsinore, en 1988, Salvador Elizondo colocó la pieza final de la edificación singular, desconcertante a veces pero siempre fascinante, que es su obra narrativa (seguiría escribiendo hasta su muerte, en 2006, pero únicamente piezas de naturaleza ensayística, además de lo que él mismo entendía como un nuevo género: cuadernos). El ingreso a ese edificio de atmósferas extrañas —a veces sobrecogedoras, a veces iluminadas con la incandescencia de la más pura belleza, pero siempre imprevisibles— había sido Farabeuf o La crónica de un instante, de 1965: un libro cuyas materias primas (la obsesión, la tortura, la corrupción, la contemplación, la lucidez delirante, el destino) deparan una experiencia de lectura absolutamente inesperada y muy probablemente perturbadora. Seguiría el libro de cuentos Narda o El verano, de cuyas páginas se sale con la certidumbre de haber rozado lo inefable, y luego la Autobiografía precoz, escrita a los 33 años: la pormenorizada revisión espiritual de un hombre que acaba de salir del manicomio luego de haber incendiado su casa en una atroz borrachera. “Creo que mi experiencia en el manicomio la viví realmente, porque fue uno de mis primeros encuentros con la realidad”, le confiaría Elizondo a Elena Poniatowska poco después de la aparición de la Autobiografía precoz. “En mi caso, el estado normal es el rechazo de la realidad, y por eso tengo miedo a volverme cuerdo, y por eso tengo resistencias contra las curaciones psiquiátricas, porque me obligarían algún día a aceptar el mundo en el que tú vives: el mundo de los cuerdos, el mundo de los que viven en la realidad, y esto me aburre mucho. Prefiero mi mundo imaginario, si quieres llamarlo así”.

De ese mundo, de la acuciosa exploración de la vida interior y de la voluntad de volver literatura lo que la constituye —la memoria, la fantasía, las pasiones, la perplejidad incesante que propone la realidad—, proceden algunas de las páginas más profundas y deslumbrantes de la literatura en español del siglo xx: páginas cuya consistencia es a la vez tan frágil y tan decisiva como la de los sueños que nos dejan ser lo que somos. m

 

Algunos libros de Salvador Elizondo

:: El mar de iguanas (incluye Elsinore y la Autobiografía precoz; Atalanta, 2010)

:: Pasado anterior (Fondo de Cultura Económica, 2007)

:: Farabeuf o La crónica de un instante (Fondo de Cultura Económica, 2005)

:: Teoría del infierno y otros ensayos (El Colegio Nacional / El Equilibrista, 1992)

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