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Fronteras reales o ilusorias: carabelas e internet

La tecnología, en gran medida, aparece para liberarnos de limitaciones y darnos poderes extraordinarios para realizar tareas en apariencia imposibles, para crear extensiones y prótesis que nos permiten comunicarnos a distancia, volar, respirar en el agua y transformar el medio a nuestra voluntad. 

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La tecnología ha contribuido a que el hombre rompa fronteras. Foto: Reuters
La tecnología ha contribuido a que el hombre rompa fronteras. Foto: Reuters

La frontera implica un límite, un obstáculo o un desafío.

La frontera puede ser una demarcación geográfica, una división natural —ya sea un océano o una cordillera montañosa—, o bien artificial, como una manifestación de poder y control; es un cisma en el territorio, entre el nosotros y el ellos, entre lo propio y lo ajeno. Es una línea que exige reconocimiento y a la vez invita a la transgresión. La frontera es paranoia, temor y egoísmo materializados en una raya pintada en el suelo, en un muro, en un puesto de control, vigilados por hombres con armas y miradas ansiosas. Por extensión también aplicamos el término a la imposibilidad de alcanzar un ideal, de resolver un misterio o derrotar a la muerte: las fronteras de lo posible, las fronteras del conocimiento, las fronteras de la biología. Fronteras que suelen ser inmateriales y, no obstante, son tan contundentes como paredes de piedra.

La tecnología, en gran medida, aparece para liberarnos de limitaciones y darnos poderes extraordinarios para realizar tareas en apariencia imposibles, para crear extensiones y prótesis que nos permiten comunicarnos a distancia, volar, respirar en el agua y transformar el medio a nuestra voluntad. La tecnología tiene como función extender nuestros horizontes, precisamente al pisotear o empujar fronteras, ya sean de velocidad, de altura, de resistencia o de producción. Si bien la tecnología crea la ilusión de liberarnos, de igual forma puede contribuir a imponer y fortalecer fronteras: consideremos que la tecnología también sirve para vigilar, resguardar y defender fronteras físicas con armas, patrullas, binoculares, dispositivos de visión nocturna, cámaras y, por supuesto, drones.

La tecnología permitió la globalización con aportaciones como la carabela, el compás, el astrolabio, el catalejo, así como los cañones y arcabuces tan necesarios para cambiar el destino de los pueblos. Hoy la globalización va a cuestas de la digitalización de la cultura, la economía y la política. El viejo orden de un mundo de átomos y moléculas se estrella contra las paradojas que impone un ciberespacio de bits y bytes. Con su vigorosa y cuestionable lógica, ciberempresas como YouTube, Google, Amazon, Facebook, Twitter y BitTorrent se han convertido en implacables trituradores de fronteras nacionales, mercantiles, tecnológicas e ideológicas. De esta forma colapsan instituciones, mercados, oficios y actitudes del mundo de cal y canto, y, sin embargo, las fronteras —aun las inmateriales— no son ilusiones (como los precios sobreinflados de las acciones de algunas de estas corporaciones), además de que tienen la extraña capacidad de reaparecer en el horizonte para sabotear nuestros delirios de poder, cuando menos lo esperamos. m

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