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E. L. Doctorow: la Historia implacable

Obstinado en la convicción de que la ficción novelesca es más útil que los hechos históricos para la comprensión de la realidad, E. L. Doctorow (Nueva York, 1931) escribió El libro de Daniel a partir del juicio por espionaje que condujo a los comunistas Julius y Ethel Rosenberg a la pena capital en 1953.

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Daniel tiene unos nueve años; Susan, su hermana, unos cinco. Hasta hace un momento corrían tomados de la mano a través del frío gris de una ciudad que los ignora por completo. El agotamiento los ha obligado a reducir la velocidad, pero aún avanzan tan rápido como lo pide su miedo y como lo permite su desorientación: están extraviados. Daniel intuye que, si se paran a preguntar dónde están, automáticamente dejarán de ser invisibles, los sujetarán, vendrán por ellos. Susan tiene que detenerse para estirarse las calcetas blancas y flojas que han ido remetiéndosele en sus zapatos negros y ya le han hecho ampollas en los talones. Daniel no la suelta, y ajusta el ritmo de sus pasos a los de ella. Al fin consigue reconocer el rumbo, luego de pasar por un mercado atestado: ve la calle solitaria donde la pobreza de su casa se distingue de la pobreza de las demás —aunque todavía no advierte que también la marca el abandono: las ventanas sin cortinas por las que se puede ver el sucio vacío que la puebla—. Apura a Susan para que hagan un último esfuerzo. Van a reunirse con sus padres, que tendrían que estar esperándolos ahí, libres —como ellos: liberados— para reanudar la vida interrumpida. Como su tocayo bíblico, Daniel nació condenado a interpretar los sueños ajenos, pero también tiene los suyos, como el que ha promovido la confianza para cruzar esta última calle, para haber hallado un hueco en la cerca del refugio del que huyeron, para haber tomado a Susan de la mano y correr interminablemente sin volver la vista atrás: el sueño que ignora que sus padres esperan en prisión para ser ejecutados en la silla eléctrica. Ya es de noche, y los dos niños cruzan al fin y parecen iluminados por un reflector atroz en la negrura y la soledad inconcebible del mundo. “Y bajo el haz de luz hará calor y nuestra casa olerá y humeará y adquirirá un color marrón en los bordes y arderá succionada por un gran estallido de llamas”.

Obstinado en la convicción de que la ficción novelesca es más útil que los hechos históricos para la comprensión de la realidad, E. L. Doctorow (Nueva York, 1931) escribió El libro de Daniel a partir del juicio por espionaje que condujo a los comunistas Julius y Ethel Rosenberg a la pena capital en 1953: el matrimonio (un ingeniero que reparaba radios y una secretaria) fue acusado de proporcionar secretos de tecnología nuclear a la inteligencia soviética, y el caso alcanzó una gran resonancia mediática, a tono con la rabiosa campaña de detección de “actividades anti-americanas” emprendida por el senador McCarthy en los tiempos más álgidos de la Guerra Fría, lo que llevó a la justicia y a la sociedad estadunidenses a ensañarse inusitadamente contra los Rosenberg, en un proceso viciado e indignante. “Lo que me interesaba no era la inocencia o la culpabilidad de los acusados, sino la mentalidad del país que produce esta horrible situación”, ha aclarado Doctorow al respecto de su novela, para la que adoptó el punto de vista de uno de los hijos de la pareja: el niño que ha llegado a los finales de la década de los sesenta buscando sobrevivir a su legado infame mientras su hermana menor ha sucumbido en una espiral de autodestrucción y locura.

Integrada por varias novelas fundamentales para la literatura en inglés del último siglo, entre las que destacan por aclamación de crítica y público Ragtime y Billy Bathgate, la obra de Doctorow ha ahondado también en la angustia por la búsqueda de una espiritualidad acorde al presente caótico, desesperanzado y cínico: en La ciudad de Dios, un sacerdote episcopaliano entiende como una señal el hecho de que la cruz de latón de su altar haya sido robada para aparecer en el tejado de una sinagoga, y la investigación del hecho lo lleva a una crisis de conciencia de dimensiones apocalípticas, en cuyo decurso la ciudad, el mundo y cada uno de nosotros hemos de vernos implicados. La más reciente, Homer y Langley, desentraña el misterio de los hermanos Collyer, unos acaparadores compulsivos que perecieron sofocados por las más de 140 toneladas de basura que acumularon en su céntrica residencia de Manhattan, en 1947: la metáfora idónea de un mundo abocado al materialismo más feroz.

“Las más grandes ficciones que tenemos hoy en día están fuera de los libros, y son producto del extremismo político”, apuntó Doctorow a propósito de los excesos en que parece incurrir su imaginación de novelista. Leer sus títulos supone, como lo constata Daniel, descubrir que la Historia es implacable. “Y todos tus sueños secretos quedan desenterrados y expuestos a la luz. Es la Historia, esa cerda, hincando los dientes en los secretos del corazón”. m

 

Algunos libros de E. L. Doctorow

:: Homer y Langley (Miscelánea, 2010)

:: El libro de Daniel (Miscelánea, 2009)

:: Ragtime (Miscelánea, 2009)

:: La ciudad de Dios (El Aleph, 2008)

:: La gran marcha (Roca, 2006)

:: El arca de agua (Muchnik, 2002)

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