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Desnudos como un regalo

De cualquier forma, y aunque sabemos que nuestra capacidad para procurar gozo a los demás es muy reducida, nos empecinamos —y obligamos— en darnos regalos. Hemos llevado los intercambios navideños a los terrenos de lo ineludible

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Los regalos esconden entre sus dobleces de papel festivo la obligación de reciprocidad. Foto: pxhere.com
Los regalos esconden entre sus dobleces de papel festivo la obligación de reciprocidad. Foto: pxhere.com

No se debe hablar mucho de los buenos regalos. A las escasas cosas agradables de la vida vale más admirarlas casi de lejos, como haría un observador de aves al encontrar un raro espécimen que ha buscado por años. De lo que sí podemos y debemos hablar es de las ocasiones, que son las más, en que dar y recibir presentes se convierte en una o muchas trampas resbaladizas.

Es verdad que hay cierta sensualidad al desenvolver un regalo: acariciar sus coloridas ropas de papel, su abultado moño, liberar sus sujetadores; incluso están permitidos los rasguños y hasta un poco de violencia. Las demostraciones de avidez y apasionamiento incontrolables son censuradas en el terreno público; no así cuando destapamos un regalo. Lo malo es llegar a la cumbre de este acto y, con la severidad propia de volver de un orgasmo, darnos en la cara con el latigazo de un regalo horrible. Oh, realidad.

Cuando a alguien le nace regalarnos algo, caemos en la tiranía no sólo de su mal gusto, sino de algo todavía más macabro: sus buenas intenciones. En su imaginación vestimos esa blusa horrorosa o disfrutamos aquel librucho mal redactado. Creerán que estaremos arrobados de agradecimiento y sorpresa al descubrir aquellos artefactos de nuestra desgracia. Nadie aceptará jamás que es malo dando regalos.

Pero ahí no acaba la tragedia. Los regalos esconden entre sus dobleces de papel festivo la obligación de reciprocidad. En su cintillo dorado está la coerción silenciosa de la que pende el funcionamiento social. Las virutas de papel, ese bello derroche, son acolchadas porque abrigan la frágil posibilidad de felicidad que se anida en cada regalo; sin embargo, después de ellas, la realidad quedará al desnudo —y al desnudo, lo sabemos bien, sólo se disfrutan el cuerpo amado y algunas frutas—. Sí, porque desnudo, un regalo, jamás; un presente puede ser horrendo, pero nunca debe darse sin envolver. Osadía imperdonable.

Después de la orgía, es decir, del acto protocolario de abrir los regalos y agradecer —pese a todo y frente a todos— a los dadivosos, hay un momento aún más terrible: quedarnos en soledad con los regalos feos. Frente a frente, en silencio, con la pesadumbre con la que llegan a su noche de bodas los novios de un matrimonio por conveniencia.

De cualquier forma, y aunque sabemos que nuestra capacidad para procurar gozo a los demás es muy reducida, nos empecinamos —y obligamos— en darnos regalos. Hemos llevado los intercambios navideños a los terrenos de lo ineludible. No falta el entusiasta que los orquesta con la ayuda de dos herramientas perversas: la estipulación de un costo obligatorio por regalo y una impúdica lista de lo que quiere recibir cada uno los involucrados en esos simulacros de bondad.

En negación de los efectos malignos de esta convención social hemos añadido, además de los cumpleaños, aniversarios y Día de la Madre, otras fechas para extorsionarnos de mutuo acuerdo, y de paso sopesar la estima en la que nos tienen los demás. Todos tenemos —y para todos tenemos— una cifra tope que los demás están dispuestos a gastar en nosotros. No lo neguemos aquí, que a estas alturas ya estamos tan desnudos e impresentables como un regalo que fue comprado de camino a la posada del trabajo.

 

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