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De la pesadumbre y otras magnitudes afectivas

La movilidad del pensamiento expresada, por ejemplo, en la literatura, se revela como forma de sustraer peso a la vida, a las constricciones públicas y privadas del reino de lo humano. 

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El camión es temido: el conductor puede desquitar los niveles de explotación. Foto: Luis Ponciano
El camión es temido: el conductor puede desquitar los niveles de explotación. Foto: Luis Ponciano

La pesadumbre es la prueba de que las distinciones entre lo físico y lo simbólico, entre la materia y el significado, son convencionales y arbitrarias. Las dinámicas sociales y los afectos tienen magnitudes. Nuestras relaciones pesan. Esas distinciones hacen que sea difícil de entender, mas no de percibir, que una atmósfera se vuelva densa, plomiza, no solamente cuando ha sido contaminada por gases residuales de la industria, sino cuando un jefe detestable introduce su autoritarismo en la oficina. Ya el trabajo por sí mismo se sedimenta en espalda y articulaciones —entendiendo por trabajo aquellas actividades que no se hacen por gusto, sino por supervivencia—­. El trabajo pesa principalmente sobre la nuca, como un yunque que a lo largo de los años va constituyéndose como ese complejo de “agachones” que tantos mexicanos nos quejamos de padecer y que inhibe las posibilidades de sublevación ante aquello que somete al cuerpo y a la vida. Ello suele tener también como efecto que, cuando se carece de trabajo, no sólo se sufra la precariedad económica, sino también una especie de vértigo por la falta de anclaje a una sociedad ordenada por los ritmos laborales, experimentando una “insoportable levedad del ser” —como en el libro de Kundera—. Pero por las noches aún se tienen pesadillas.

Los ritmos laborales están en consonancia con las dinámicas del espacio urbano, donde los estratos de poder dependen directamente de los pesos vehiculares, de quién puede “echar la lámina” para ganar el carril en la avenida. En ese orden, el camión urbano de transporte público es el artefacto más temido, porque es a través de su pesado autoritarismo en las vialidades que el conductor que se hace cargo de la máquina puede desquitar los niveles de explotación a los que es sometido. A finales del siglo pasado parecía que el ligero automóvil compacto ganaba popularidad en las ciudades de nuestro país, a fin de economizar y facilitar el estacionamiento, tendencia revertida muy probablemente por la creciente violencia en las calles —de la que los coches son en buena medida responsables—, en tanto que la infraestructura urbana los favorece en detrimento de espacio público para cuerpos humanos, tornando así las calles inseguras. La opción más atractiva, entonces, es hacerse de una pesada y voluminosa camioneta, con una coraza que parece diseñada para la guerra (literalmente, en el caso de los vehículos Hummer), que permita surcar las carreteras que atraviesan la ciudad con la mayor protección posible. Mientras, peatones y ciclistas tiemblan.

Italo Calvino reconoció, hacia el final de su vida, que su obra había consistido en “quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades”. La movilidad del pensamiento expresada, por ejemplo, en la literatura, se revela como forma de sustraer peso a la vida, a las constricciones públicas y privadas del reino de lo humano. Incluso, la ciencia y la informática —según el propio Calvino— insisten en entidades ligeras como apoyo material de la vida: quarks, neuronas, nubes, imágenes. Sobre todo, sugiere el escritor italiano, lo mejor es no hacernos de más peso del que seamos capaces de llevar. m.

Para leer

:: Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino (Siruela, 2002).

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