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“Una lengua sirve para decirlo todo”: Luis Fernando Lara

El desconocimiento del idioma materno conduce al empobrecimiento de la cultura y a la sujeción a una forma de colonialismo que, por usar el ejemplo del trabajo científico, pone en desventaja a quienes en ese terreno han de comunicarse principalmente en inglés. El remedio, según este especialista en el estudio del idioma español, parte de proponerse “vivir la propia lengua”

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Luis Fernando Lara es una figura prominente de la lingüística en América Latina. Fotos: Lalis Jiménez
Luis Fernando Lara es una figura prominente de la lingüística en América Latina. Fotos: Lalis Jiménez

Deberíamos prestar más atención a nuestra lengua materna. Todos, no únicamente los profesionales para quienes es el objeto de estudio. Su interés no debería ser exclusivo de la academia. La lengua en sí es lo que nos hace humanos; tanto el campesino como el maestro de primaria, el diseñador y el científico viven de ella, y más nos vale conocerla bien. Para Luis Fernando Lara Ramos, doctor en Lingüística y Literatura Hispánica, su uso es determinante: “La lengua es nuestro mejor instrumento de comunicación precisa”. Sabe de lo que habla. Le ha dedicado su vida al estudio y la promoción del español; profesor-investigador de tiempo completo en El Colegio de México y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias, sus distinciones y reconocimientos se cuentan por decenas. En su último libro, Temas del español contemporáneo, aborda los retos que enfrenta este idioma hablado por 400 millones de personas en el mundo.

Pero más que su currículum, lo que le confiere autoridad es su forma de hablar. Es cauteloso al expresarse, porque es de los que piensan que cada palabra tiene su razón de ser. Y, a pesar de esta cualidad, Lara Ramos sostiene una conversación fluida, sin interrupciones innecesarias. Su vocabulario es amplio, pero lo emplea sin presunción, con naturalidad. Escucharlo es como asistir a un curso rápido de español. Hay cadencia en el tono de su voz, pero también una honesta preocupación: en México la gente desconoce su propia lengua. Y en la mayoría de los casos no sabe qué hacer con ella.

La conversación empieza con una anécdota: “Hoy que salía del aeropuerto de la ciudad de México, uno de los empleados que revisan las maletas me dice: ‘Aguarde su maleta’, y yo le respondo: ‘Oiga, es que no se dice aguardar, aguardar es esperar. Usted lo que me quiere decir es ‘Guarde su maleta, ¿verdad?’. Lo que esto revela es que este empleado tiene un conocimiento bastante limitado de la lengua. Y además dañado por una necesidad absurda de hablar más correctamente. Entonces, este hombre debe pensar que guardar es coloquial y aguardar es elegante”.

Pero la gente con estudios universitarios también comete faltas. Algunas de ellas injustificables. Ahí están los titulares de prensa que no distinguen entre “conceder una entrevista” y “otorgar una entrevista”; o el neurofisiólogo que, para hablar con sus pacientes, recurre a una mala traducción del inglés; o la periodista Carmen Aristegui, que a sus entrevistados les dice: “Aprecio mucho su presencia”, cuando en realidad debería decir: “Agradezco mucho su presencia”. Parece riguroso, pero estos pequeños matices nos ayudan a entendernos mejor.

 

Una separación adversa

En el campo de la ciencia, la situación es un poco más complicada, pues los propios científicos no suelen reparar en la importancia del uso correcto del idioma, “especialmente los científicos de ciencias naturales”. Lara Ramos utiliza una analogía: “Para el científico, el uso de la lengua debiera ser tan importante como para el cirujano saber manejar bien el bisturí”. Es básico. De modo que de poco sirve que haga ciencia el científico que no pueda manifestar con claridad su pensamiento, pues nadie recibe sus conocimientos, o peor aún, la gente los entiende mal.

Entonces, ¿por qué si es tan estrecha la relación entre lenguaje y ciencia, se les ve como áreas apartadas? El lingüista responde casi al instante, como quien está convencido desde hace tiempo de sus argumentos: “En parte, por culpa de los propios humanistas. Desgraciadamente se ha creado la caricatura de que quien se dedica a las humanidades no sabe matemáticas, o es muy malo para las matemáticas. Por el lado de los científicos, tienen la idea de que esto de la lengua es un asunto sólo de los escritores. Y de esa manera se hace una separación entre ambos campos. Una separación que nos hace mucho daño. Uno tiene que romper esas barreras. Y más hoy en día, cuando todas las ciencias tienen mucho que decirse unas a las otras”. Para ello menciona el caso extraordinario del físico mexicano Luis de la Peña, cuya valiosa obra sobre mecánica cuántica es un buen ejemplo de cómo escribir en español. ¿Por qué los demás no lo hacen?, se pregunta Lara Ramos. Primero, por “esta distinción caricaturesca que se ha formado”; segundo, por la situación que se vive en las entrañas del país: la mala educación en las escuelas mexicanas.

Luis Fernando Lara Ramos

Hay un problema del que se habla poco y por el que se está haciendo menos. Afecta lo mismo a alumnos de primaria que a los hablantes de lenguas indígenas y a quienes trabajan en el campo de la divulgación científica. Lara Ramos puntualiza: es de suma importancia que “el maestro vuelva a relacionar las materias que debe enseñar con su propia vida. El fenómeno que se ha dado en México desde hace muchísimos años es que el modo en que el Sindicato y la Secretaría de Educación han intervenido sobre la vida de los maestros a lo que ha llevado es a una separación entre lo que debe enseñar el maestro y lo que sabe. De tal manera que, en particular para el maestro rural, lo que debe enseñar resulta tan alejado de su propia experiencia vital que lo enseña como materia rara, cuando, para enseñar la lengua, lo que tiene que hacer es vivir en ella”.

En algún punto de la ribera del río Papaloapan, en el estado de Veracruz, trabaja un pescador que maravilló al lingüista. A pesar de ser analfabeto, su uso de la lengua era notable: “Utilizaba su español con todo el conocimiento de su región y, por lo tanto, tenía una expresión florida, llena de refranes; hacía alusión a muchísimas cosas del mundo natural, hacía muchísimas metáforas”. Eso significa vivir la lengua, algo que las “instituciones externas” le han hecho olvidar al maestro de escuela, quien “ya no tiene los medios para lograr comunicarse de una manera adecuada al medio en que vive”.

El doctor Lara Ramos es un hombre de ejemplos; recuerda ahora a un maestro de primaria que “se estaba retorciendo el cerebro” con tal de expresarse, según él, propiamente. “Le dije: ‘Oiga, maestro, hábleme como les habla usted a sus parientes’. Cuando me hizo caso, empezó a hablar con toda facilidad. Le dije: ‘Eso es lo que les tiene que enseñar a los niños, unir la vida normal con la enseñanza’. El día en que los maestros entiendan eso y se liberen de todos esos pesos que tienen encima de ellos, la enseñanza del español va a mejorar. Ni siquiera es cuestión de libros de texto: es cuestión de actitud”.

 

Colonialismo científico

La siguiente pregunta es prácticamente inevitable. En las ciencias, ¿qué significa vivir la lengua? “Vivir el conocimiento de aquello que uno investiga en su propia lengua”. La última parte del enunciado es fundamental: en su propia lengua. Se trata de una exhortación a que los científicos mexicanos vuelvan a hacer ciencia en español. Vivimos en una época en la que la mayoría de las investigaciones se realiza en inglés. Cierto, es el idioma más extendido del planeta y, precisamente por esa ventaja, se ha constituido como el idioma de la ciencia. El problema es, pues, la instauración de un “colonialismo científico”.

En el terreno de las ciencias naturales predomina la idea de que el inglés es la lengua más apta para hablar de ciencia. No así en las ciencias humanas, donde los objetos de estudio están más ligados a las culturas. “Un astrónomo mexicano y un astrónomo tailandés, en el momento en que ven estrellas y planetas, ven lo mismo. Y, por lo tanto, su comunicación tiene que ser fluida”. O sea, en inglés. Aun así, Lara Ramos no consigue entender que los científicos releguen su idioma materno por excusas como: “Es que esto no se puede decir en español”. “¿Cómo que no se puede decir? Lo que no se puede hacer es decirlo como si fuera inglés. Lo que necesita el científico es volver a utilizar la capacidad de su propia lengua materna para hablar de lo que está experimentando y, de acuerdo con esta capacidad, va a poder significar su conocimiento de una manera completamente novedosa, atractiva y precisa. Mientras no lo hagan, mientras sigan creyendo que el español se debe parecer al inglés, vamos a seguir encontrando adefesios”.

Para ilustrar la situación, menciona un anglicismo que supuestamente no cuenta con un equivalente en español: podcast. La intención del lingüista es buscarle uno, pero para ello necesita definir exactamente en qué consiste un podcast: archivo de audio que se diferencia de una transmisión (y de una retransmisión) debido a que es el usuario quien decide cuándo lo escucha, y no el medio que lo difunde. “No es una transmisión diferida, sino una recepción diferida”. Con esto en mente, la traducción de podcast propuesta por Lara Ramos es: “audio de recepción diferida”. Pero como el nombre es largo, sugiere llamarlo simplemente por sus siglas: ARD. “¿Cuál es el problema? Utilizamos las SUV, las USB, etcétera”.

Luis Fernando Lara Ramos

¿Se puede hacer este mismo ejercicio con cualquier concepto?

“Con cualquiera, por supuesto. Una lengua sirve para decirlo todo. Solamente que en cada lengua se dice de manera diferente”.

Por otra parte, el favorable estatus del inglés también se ve animado por las revistas internacionales, pues “se evalúa a un científico según en qué revistas en inglés publique. Y se le da un valor de acuerdo con el llamado índice de impacto”. De esta manera se genera una “relación asimétrica” entre las personas cuya lengua materna es el inglés y las que no. Para Lara Ramos, en el fondo se trata de una concepción neoliberal del mundo, lo que “lleva a los países a una pérdida permanente de su riqueza, a favor de unos núcleos financieros internacionales que se están hinchando de dinero”.

Las consecuencias pueden ser irreversibles: “Si nos quedamos sólo hablando inglés para la ciencia y español para todo lo demás, se nos hace lo que los lingüistas llamamos una diglosia bilingüe, en la que hay una lengua alta y una lengua baja”. Y, de avanzar esta situación, “lo que va a suceder es que el español pierda su capacidad para hablar de ciencia y en ese momento pierda miserablemente nuestra cultura”. Es decir, por un lado se genera una “elitización del conocimiento”, y por el otro se deja al resto de la sociedad en la ignorancia. Es ahí donde entra la divulgación de la ciencia.

 

Adaptar, precisar (y no simplificar)

Alguien tiene que explicarles a los mexicanos qué son los exoplanetas, por qué se forman los arcoíris y cómo afecta la extinción de una especie a un ecosistema. Por eso, Lara Ramos tiene una propuesta para los científicos hispanohablantes: “Que escriban sus artículos en inglés, pero que también los escriban en español. ¿Por qué? Porque la ciencia es la vanguardia de la cultura. Es decir, la cultura se va gestando a partir de los conocimientos que recibe de todas las disciplinas. Y la ciencia es absolutamente fundamental para entender el mundo en que vivimos. Siendo así, entonces, la ciencia dicha en español se transmite al resto de la sociedad, y la sociedad se va poniendo siempre a la altura del conocimiento”.

Pero hay una pequeña precisión: “Divulgar no quiere decir simplificar”. Mientras que en la divulgación está implícito el afán de esclarecimiento, simplificar puede llegar a ser sinónimo de trivializar. Por ejemplo, cada vez que la prensa difunde algún artículo (importado de una publicación en inglés, desde luego), “presenta a la ciencia como gran espectáculo”. Para el lingüista, el papel de la divulgación deber ir más allá de un encabezado sensacionalista como: “Descubren montaña de 6 mil metros de altura en satélite de Plutón”. Según él, la divulgación debería mostrar el día a día del científico: qué instrumentos utiliza, cómo se las ingenia para construirlos, su trabajo dentro del laboratorio, etcétera.

Y, a todo esto, ¿qué medidas se están tomando?

“No hay medidas, es lamentable (…). A los gobiernos no les importa. Y son ellos los que pueden poner en funcionamiento esta clase de ideas. Yo lo hago en el ámbito reducido de quienes me oyen, pero no tengo los medios para difundirlo y convertirlo en una política. Eso debiera ser tarea de los gobiernos. Pero los gobiernos no nos oyen”. Y al parecer, tampoco saben expresarse. m.

 

* Nacido el 20 de marzo de 1943, en la ciudad de México, el doctor Luis Fernando Lara Ramos estudió lengua y literatura en la UNAM. Más tarde obtuvo el doctorado en Lingüística y Literatura Hispánicas por El Colegio de México. Es en esta institución donde ha trabajado desde 1970 como profesor-investigador de tiempo completo y de planta en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. Lleva diez años como miembro del Comité Internacional Permanente de Lingüistas de la unesco. Es investigador nacional desde 1984 y a partir de 1997 se convirtió en miembro regular de la Academia Mexicana de Ciencias. En el extranjero ha realizado estudios especializados en semántica, lingüística románica, computacional y matemática. En 2012 obtuvo el doctorado honoris causa por la Université de Sherbrooke, en Quebec. Al año siguiente recibió el Premio Nacional de Lingüística y Literatura. Fue hecho miembro de El Colegio Nacional en 2007. Su discurso de ingreso fue contestado por el maestro Antonio Alatorre. Actualmente es una de las figuras más prominentes de la lingüística en América Latina. 

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