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Los nuevos alquimistas: mezclando formas y alcances de #YoSoy132

Quiero, en esta tercera reflexión, centrarme en tres aspectos del movimiento que provienen tanto de mi “cibernografía” como de la etnografía realizada en y con #YoSoy132GDL y algunas entrevistas con universitarios que ya he avanzado, tanto presenciales como virtuales.
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Las asambleas del movimiento #YoSoy132 se han sucedido con mucha velocidad en distintas partes del país –en ciudades grandes o pequeñas–, todas ellas tratando de articularse a un movimiento de carácter nacional. Han avanzado de maneras diferenciales en cada lugar porque, como he venido sosteniendo a lo largo de mis investigaciones, los jóvenes no son ni homogéneos ni representan una categoría universal.

En estos días se han llevado a cabo las asambleas de Mérida, Ciudad Juárez, Querétaro, Guadalajara; asambleas a las que se ha llegado con trabajo previo, discutido al interior de grupos de estudiantes (primordialmente) que se autodenominan “células”. En Guadalajara, por ejemplo, funcionan ya 44 células que se articulan a lo que  llaman ya Colectivo #YoSoy132GDL.

Quiero, en esta tercera reflexión, centrarme en tres aspectos del movimiento que provienen tanto de mi “cibernografía” como de la etnografía realizada en y con #YoSoy132GDL y algunas entrevistas con universitarios que ya he avanzado, tanto presenciales como virtuales.

En primer término, y pese a los muchos “regaños” y “desconfianzas” que siguen instalados en buena parte del espectro de la opinología mexicana, a través de la  observación atenta de los espacios por donde transita el discurso de los jóvenes –sus propuestas, sus reflexiones e incluso sus temores­– es posible afirmar que estamos frente a la detonación de una “conversación” colectiva juvenil (que incluye a muchos que no son jóvenes) sin precedentes en la historia de este país.

Estos espacios, que son los parques, las plazas, las universidades, los blogs, los muros “oficiales” y los no oficiales en Facebook, las cuentas de Twitter y el propio sitio de Yosoy132.mx (que es ya un red social dentro de las redes sociales), operan en una lógica rizomática, cuya potencia no puede ser desestimada y exige un redoblado esfuerzo de atención por razones que intentaré explicar.

(Antes quisiera señalar que entiendo la lógica rizomática, siguiendo a Deleuzze y Guatari[1], como un mapa de sentidos “abierto, desmontable, reversible, susceptible de recibir constantes modificaciones” (1994). Un rizoma es, en pocas palabras, un modelo organizativo que no sigue líneas de subordinación, sino de multiplicidad y cooperación.)

El sentido rizomático es el de conectar de manera simultánea múltiples puntos, conexión que no implica la existencia de un centro y que tiende a ser desterritorializada; en una imagen, el rizoma puede ser representado como las raíces de un gran árbol: cada una tiene una densidad y una dirección, pero todas se articulan –sin tocarse­– al árbol, lo alimentan y, al mismo tiempo, el árbol es simultáneamente todos esas raíces y puntos esparcidos pero interconectados. Es en ese sentido que cada célula, cada una y uno de los participantes a título individual o colectivo, en la calle o desde el ciberespacio en  #YoSoy132, es vital, es único y al mismo tiempo es lo que otorga al movimiento su carácter abierto, porque el sentido se construye a través de los distintos nodos en conexión.

Por esa razón, las asambleas son uno de los rostros de un movimiento cuya fuerza estriba en su capacidad de “viralización”, de contagio, de suma, de generación de deseos.

Así, de manera preliminar se puede decir que estamos frente a una gramática que se construye a través del “fragmento” en una composición caleidoscópica que organiza un mismo hartazgo: el que experimentan –de maneras diferenciales y desiguales y a través de distintos “indicadores”– los #YoSoy132, frente al deterioro de las estructuras políticas, económicas y sociales del país.  

A  partir del supuesto de que estamos frente a una conversación colectiva, de un acto de habla en el que cada participante es fundamental, me interesa colocar una segunda clave que he podido aprehender en el seguimiento del proceso: la combinación de experiencias y trayectorias de las y los jóvenes involucrados en el movimiento. Este ha sido un descubrimiento fascinante cuya potencia, cuyos efectos de cara a la expansión del movimiento, aún están por verse.

A lo largo de estas semanas en las que he seguido de manera puntual el proceso del movimiento encuentro que, en su composición, se están encontrando tres perfiles de jóvenes cuya especificidad, si bien centrada en la edad (no como dato determinante, biológico y dado), está articulada a la experiencia. #YoSoy132 está conformado por jóvenes que experimentan “su primera vez”, es decir, que por vez primera se involucran en una movilización colectiva y que llegan a la escena sin ningún tipo de experiencia política previa. Un segundo perfil, estaría conformado por aquellos que vienen de experiencias de participación intermitentes, nomádicas, pero que llegan a la escena del 132 con un bagaje importante de saberes que despliegan en las discusiones colectivas. Finalmente, un tercer perfil integrado por aquellos jóvenes, más grandes, más experimentados y con trayectorias de activismo focalizado: derechos humanos, medio ambiente, movilidad, mujeres, violencia, etcétera.

La combinación de estos factores dan al #YoSoy132 unas características que resultan difíciles de asir y que son las que, al mismo tiempo, explican los por qué de la apertura de su agenda. Al  descubrimiento de la propia voz, de la posibilidad de conferir con otras y con otros de los más jóvenes la fiesta que implica la marea de lo colectivo, se suma esa insatisfacción de los nómades que buscan dónde poner energía y esperanza, aunada a las voces y cuerpos que ya están instalados en algún lugar de los múltiples agravios que los gobiernos (y la sociedad) ha infringido sobre los jóvenes. Todo esto hace del #YoSoy132 un espacio multidimensional de relatos de vida que confluyen –rizomáticamente– en la búsqueda y señalamiento de un “así, no”. De la fusión de estos tres perfiles habrá que esperar, me parece, un movimiento complejo, con desafíos que sólo ellas y ellos habrán de saber remontar. He visto de manera directa la generosidad de los más experimentados para escuchar los aportes de los nómades y para animar a los más jóvenes e inexpertos; he visto, la capacidad de los menos experimentados para descolocar los temas y poner en aprietos a quienes con dos o tres años de participación política consideran que tienen todo claro. Y ahí van, acompañándose y escuchándose.

Finalmente, y de manera breve porque este asunto exige un análisis de fondo, quisiera traer al centro de la discusión y de este pensar “en medio de la tormenta” un elemento que ha sido fascinante: la diferencia que existe entre las y los integrantes en lo que toca a sus culturas políticas y sus “artes de hacer”, como las llamaría Michel de Certeau.

Desde la llamada Primavera Árabe, los analistas (académicos y no) han discutido hasta el cansancio –con tensión– el papel de las redes y de la tecnología en las rebeliones juveniles que de Túnez a México, pasando por España, Chile, Colombia, Londres, han sacudido el paisaje global. Que si la centralidad de Twitter, que si la relevancia de Facebook; que no, que lo fundamental es la plaza, la calle. No me voy a detener en esta discusión, por ahora; lo que me interesa marcar con gran énfasis es un hallazgo que proviene del “estar ahí”, como diría Geertz, de esa etnografía densa que busca entender lo que me gusta llamar el código de los nativos.

En mis conversaciones con integrantes del movimiento, descubro que se están produciendo de maneras interesantísimas, que aún no logro calibrar, dos gramáticas, dos culturas políticas. De un lado están los que dicen que jamás habían participado en una “asamblea”, que no entendían ni habían experimentado el debate con otros, el disenso, la búsqueda de acuerdos, porque lo suyo era fundamentalmente el clicktivismo, un involucramiento a través de los dispositivos digitales. En el otro lado están los que vienen de la cultura asamblearia y que se muestran fascinados por su “descubrimiento” de la potencia de lo que quisiera llamar dispositivos sociotecnológicos, en un intento por escapar a la determinación de la tecnología (y aquí agradezco a la periodista Daniela Rea por haberme puesto sobre esta clave en su imprescindible crónica sobre la Primera Asamblea Interuniversitaria en la UNAM, el pasado 30 de Mayo, que se puede leer en Espejos Laterales, de Nuestra Aparente Rendición). Esto, me parece, estaría indicando dos cosas: el señalamiento del “falso” debate en torno a la centralidad de las redes y los dispositivos digitales en contraposición a la experiencia “analógica” y, lo más importante, la potencia articuladora de un movimiento que entiende que la micropolítica efectiva, aquella capaz de alterar los marcos subjetivos de la experiencia cotidiana, debe ser capaz de combinar simultáneamente la calle y la red. “María” aprende de la experiencia en la asamblea, en ese lugar donde los muchos diversos se enfrentan al acto límite de la escucha abierta, mientras que “Juan” acaba de abrir su Twitter y su Facebook porque entiende que si no lo hace habrá discusiones a las que no tenga acceso.

“Todo pasando”, como dirían los chilenos, el movimiento está en una fase de aprendizaje acelerado.

Aunque los opinólogos se sientan en la obligación de producir el relato último y acabado sobre el movimiento, con más adjetivaciones que análisis, el proceso sigue su curso y llegan señales de jóvenes mexicanos #YoSoy132 desde Madrid, Barcelona, París, Montreal.

 

[1] DELEUZE, Gilles y Félix GUATARRI (1994): Rizoma, introducción. México: Ediciones Coyoacán.

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