Yuri Herrera: lo que ha de saberse

Yuri Herrera, autor de La transmigración de los cuerpos. Foto: Cortesía FIL Guadalajara/Natalia Fregoso

Yuri Herrera: lo que ha de saberse

– Edición 435

Yuri Herrera, autor de La transmigración de los cuerpos. Foto: Cortesía FIL Guadalajara/Natalia Fregoso
Yuri Herrera, autor de La transmigración de los cuerpos. Foto: Cortesía FIL Guadalajara/Natalia Fregoso

La de Yuri Herrera es una prosa orientada por la detección de voces (sus sonidos, las evocaciones que promueven, las imágenes imborrables que acuñan) que den forma a un sostenido encantamiento, refrendable sin cesar en la lectura.

Acaso presentir no sea mejor que saber, pero es preferible: en la incertidumbre cabe, venturosamente, la posibilidad de equivocarse. Puede que la principal materia de las conjeturas hechas desde el presentimiento sea el miedo, pero en tanto la realidad no venga a verificarlas hay aún modo de permanecer a salvo: hasta los peores sueños terminan, y vivir según las inferencias propiciadas por nuestro conocimiento parcial de las cosas es parecido a esperar el final de la pesadilla, cuando al despertar encontramos que nada fue cierto. Además, nunca llegaremos a entenderlo todo: sólo contamos con nuestras suposiciones y nuestro temor, y algún afortunado también tendrá a la mano la confianza en su propia astucia y quizás, incluso, una increíble provisión de esperanzas. Aunque haya sueños, sueños pésimos, de los que no se sale —pues son la vida—, al pasar por ellos más vale no querer saber más de la cuenta y bastarse con la precaria comprensión que sirva para saber qué decir, de dónde quitarse, a dónde y con quién dirigirse, con quién no meterse, qué dejar de esperar: como si todo fuera a pasar y a acabarse, aunque sepamos que no será así.

Por ejemplo Lobo, autor de las palabras a las que pone música, entiende que debe buscar al hombre poderoso que ha intercedido por él y permanecer en sus inmediaciones, para servirlo y cantar en adelante sus hazañas. Pero entiende también que ha sido enterado de un secreto de ese hombre (aunque no sepa aún qué secreto es), y que debe guardarlo. De manera que va a su lado, a insertarse en las intrigas palaciegas de un reino terrible y magnífico sobre el que va descubriendo sólo razones para largarse, no obstante lo cual se queda: presiente que jugarse la posibilidad del amor ahí será el peor error que cometerá, y sin embargo se la juega. O por ejemplo Makina, una muchacha cuya madre le encomienda ir a buscar al hermano que se fue: su ciudad se la está tragando la tierra, en el último derrumbe que presenció tuvo claro que ya estaba muerta, así que va a recabar el amparo de tres hombres que vean porque viaje y vuelva con bien, deja atrás su soledad y su indefensión —o se las deja a su hermanita, lo que más le pesa— y se lanza a encontrarse con otras, distintas pero equivalentes, en la tierra extraña detrás de un río en el que casi se ahoga y donde, luego de extraviarse para hallar siempre de nuevo el camino, no la mata ni una bala que la atraviesa (de qué sirve saber por qué: basta ver que las cosas son como son). O por ejemplo el Alfaqueque, un hombre deseante (mal asunto) y asediado por la culpa de que el mundo sea el asco que es (peor todavía, pues no es su culpa, pero quizás eso se busca quien se obstina en preservar un rescoldo de conciencia): su oficio consiste en poner palabras al servicio de quienes están al margen de ellas, y así se ve orillado a mediar entre los dolores cruzados de dos padres sobre los cadáveres de sus hijos, en una confusión tan absurda como irrespirable es la atmósfera de recelo de la ciudad anegada en la peste y su pavor.

Yuri Herrera (Actopan, 1970), autor de las tres novelas que cuentan estas vidas, lo es también de un libro para niños, Los ojos de Lía, del que quizás pueda desprenderse nítidamente el principio activo de su imaginación literaria: al parejo del presente delirante que atravesamos, del horror que atesta la actualidad noticiosa y para el que hace ya tiempo es insuficiente toda noción de criminalidad, violencia, barbarie o locura, hay destinos particulares que siguen transcurriendo: historias menos o más épicas de individuos para los que, como para todos nosotros, son ya inalcanzables las explicaciones, aunque aún necesitemos saber qué hacer. Lía es una niña que un mal día ve algo atroz. Algo: no importa qué. Sus padres la notan triste, la acompañan en el discernimiento de lo que presenció. Y aunque nada pueda remediarse, la inteligencia del mundo de Lía queda restaurada por el reconocimiento de que sí, ese mundo puede ser cruel, pero también diferente. En cierto sentido, eso ocurre con la lectura de las tres novelas, y en concreto por el poder salvífico de las palabras: la de Herrera es una prosa orientada por la detección de voces (sus sonidos, las evocaciones que promueven, las imágenes imborrables que acuñan) que den forma a un sostenido encantamiento, refrendable sin cesar en la lectura. Así, lo que ocurre en estos libros puede ser tremendo, pero también profundamente conmovedor e insospechablemente iluminador. El presente desquiciado en el que han sido escritos podrá terminar reventando, pero de él quedarán sin duda estas palabras que tan deslumbrantemente lo cuentan. m

 

Libros de Yuri Herrera

:: Trabajos del reino (Periférica, 2010)

:: Señales que precederán al fin del mundo (Periférica, 2010)

:: Los ojos de Lía (con ilustraciones de Patricio Betteo) (Sexto Piso, 2012)

:: La transmigración de los cuerpos (Periférica, 2013)

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