Vergüenza
Abril Posas – Edición 510

Ojalá, por alguna fuerza externa, se me cumpliera el deseo de que la vergüenza regresara un poco, casi que se pusiera de moda. Ustedes saben a qué me refiero
Es muy claro que la vergüenza para algunos no es la misma que la vergüenza que sentimos otras. A mí me da vergüenza admitir que durante años escribí y dije mal la palabra “tergiversar” (“trasgiversar”, era mi pecado). O que ya estaba bien entrada en mis 30 cuando descubrí que lo que hacían los chicos de That 70’s Show en el sótano no era solamente contarse chistes tontos. Más bien: entendí por qué se reían de cosas tan idiotas en sus momentos en el sótano mucho después de que la serie había terminado. Durante años me costó decirle a la gente que no sabía andar en bicicleta, que nunca he tenido licencia de manejo, o que la vez que me llamaron de la pizzería para avisarme que se tardarían en entregar mi pedido porque el repartidor se accidentó, mi hambre habló sin decoro: “Pero entonces la pizza me saldrá gratis, ¿verdad?”.
Me ha dado vergüenza estar en traje de baño en la playa, leer frente a desconocidos en un evento o salir en la misma foto que la gente más guapa haciendo una mueca imposible que jamás he podido replicar a voluntad. Y he envidiado que los demás no se preocupen por el qué dirán, atreviéndose a sentirse cómodos con su cuerpo, sus decisiones, su vida. Pero hay límites que me hacen descubrirme pensando como la abuela de 70 años que nunca seré —seré la tía de 70 años—: ojalá, por alguna fuerza externa, se me cumpliera el deseo de que la vergüenza regresara un poco, casi que se pusiera de moda.
Ustedes saben a qué me refiero.
Hablo de esos grupos que aprendieron términos psicológicos y se tomaron muy en serio eso de “normalizar” lo que antes no se consideraba aceptado. Se hizo un llamado a quitarle el estigma a las víctimas de los prejuicios, y justo cuando se movió la línea un centímetro a su favor, esos grupos pensaron que ya era demasiado, que era su turno. Y dejaron de tener penita de decir en voz alta lo que solamente pensaban a escondidas. Lo peor no fue descubrir que tu tío el rockero es más facho que tu abuelo el persignado, sino que no le costó trabajo encontrar un nutrido coro que repite que tiene razón. La sección de comentarios se trasladó hacia las columnas de opinión, los discursos de dirigentes de países, los términos y condiciones de lo que usamos todos los días. Los usuarios de Reddit se quitaron el avatar y ya usan sus nombres completos y sus fotografías reales, gritan en la calle que nadie puede evitar que hagan un “saludo romano”, que quieren una esposa tradicional, que preguntan “Oye, @grok, ¿esto es verdad?”.
Y allá va la multitud que les da like. Sin vergüenza alguna.
A mí me daba pena aplaudir mientras bailo en las fiestas; a ellos nos le da ni un gramo de timidez pedir que regrese Franco, que el modelo de El Salvador se adapte a nuestro país. Qué alivio, pienso, entonces puedo seguir tomando la pista de baile cuando suenen las cumbias, cantar desafinada que ando como Bobby Pulido, decirle “Cállate, blanca” a las que quieren un feminismo que respete negocios y a los hombres porque su “papá y hermanos son los mejores del mundo”, recordarle a quien me escuche que no existe la alta literatura o el buen español, ponerme el traje de baño si alguna vez vuelvo a la playa, compartir que aprendí a andar en bicicleta hasta los 27, que sigo sin licencia de manejo.
Al menos hasta que dejen de tergiversar las palabras (las noticias, la historia, el mundo) a modo. O, dicho en su idioma, hasta que la vergüenza sea grande otra vez.