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Sonia

Foto: pxhere.com/

Sonia

– Edición 474

En segundos mi euforia se transformó en espanto, pues el llamado de las prendas anunciaba el retorno de lo incomprensible, de lo inexplicable y, como sabes tú, Sonia, las cosas que no entiendo me aterran

No he podido ir a visitarte, Sonia, porque estoy desnudo. Ya son varios días, semanas, y yo sin ropa, con frío y con las molestias del roce de mi piel contra la aspereza de los muebles y las cosas. La otra vez que quedé de pasar por tu casa para tomarnos un whisky juntos y cenar luego en el restaurante que nos gusta tanto, me metí a la regadera y me lavé largamente. Me sequé de prisa y me peiné con la raya al lado —siempre me has dicho que así es como mejor me veo—, luego entré a mi habitación y para sacar mi ropa, abrí el armario. Pero a penas giraron un poco los goznes de la puerta, un relámpago de sorpresa me hizo dar varios pasos hacia atrás para zafarme de la manga de una de mis camisas que, como un látigo excitado por la luz, me atrapó la muñeca derecha. El gesto no la hizo soltarme, y la fuerza de mi sobresalto la arrastró, descolgándola con todo y gancho hasta acercarla a mí, flotando a la altura de mis hombros. Empezó entonces un vaivén que nos hacía parecer una pareja bailando: yo, aterrado, estupefacto, me alejaba con cautela, y ella, suspendida, me seguía los pasos como si de un macabro vals antiguo se tratara. Mientras yo me desplazaba tratando de despedir la atadura, varias prendas comenzaron, una a una, a unirse lentamente a nuestra danza hasta formar una suerte de ronda de espectrales personajes que a veces me tocaban y a veces entre ellas se abrazaban. Pasaron varios minutos y yo, desesperado, Sonia, con una mano deshice la vuelta de la manga en mi muñeca y traté de colgarla en su sitio, pero sólo se quedó unos segundos: cuando ya había conseguido atrapar un pantalón, regresó junto a mí y en su cuello —que ahora exhibía un pliegue que antes no tenía— distinguí una mueca, una sonrisa casi humana que me provocó un golpe de sangre que me estranguló el cuello y me hizo tambalear, caer al suelo y sentir, antes de que me tragara de asfixia la negrura, que todos mis vestidos se ensañaban en mi cuerpo como si en su euforia me exigieran levantarme.

Abrí los ojos, Sonia, y me encontré tirado sobre la alfombra, desnudo y con un fuerte dolor en todos los huesos, tan torcida era la posición que había adoptado mi cuerpo al yacer luego de la caída. La puerta del armario estaba abierta y en su interior se exhibía el muestrario ahora inmóvil de mi antes inquieto guardarropa. Sólo quedaba junto a mí la camisa, todavía su manga y mi muñeca entrelazadas. Me incorporé despacio, como si no quisiera despertarla —igual que cuando duermes tú, Sonia—. Y sí, cuando alcé suavemente aquel corte de tela italiana que compré durante un viaje a Buenos Aires, no ofreció resistencia ni hizo ademanes, y cuando lo puse en su gancho y lo colgué en su sitio se quedó quieto detrás de la puerta, que cerré con fuerza asegurándola con llave. Eran las cuatro de la mañana. Adolorido e inmerso en el universo del miedo, me metí en mi cama y no sé cómo me quedé dormido.

 

Desperté unas horas después con la cabeza pesada y el torso lleno de angustia. Vi mi imagen en el espejo que está en mi mesita de noche, el mismo que nunca ha podido sentir cómo tu aliento forma pequeños nimbus amarillos y rosas que nieblan las montañas más altas.

Pasé el resto del día en mi habitación rondando sus esquinas como un preso, mirando, acechando la puerta del armario que de tan silenciosa parecía hervir de intenciones ocultas. Sabía que tenía que ir a verte, pero sabía también que si abría aquella puerta… Y sí, luego de varios días, harto del solitario abatimiento, la abrí violentamente, alardeando con el cuerpo decidido y en guerra. El muestrario de colores y texturas emanaba un aroma de altar en desuso y me vino a la mente un altero de agujas tiradas en la selva y el traje de un director de orquesta retirado. En la fugaz alucinación —no supe si era cierto— advertí el inicio de un movimiento de telas y, sin querer creerlo todavía, una explosión de pliegues me empujó liberando algodones y linos, panas, gamuzas, casimires, que volando se golpeaban en los muros y en los muebles. Mi pantalón blanco, aquel que compré para la boda que nunca te prometí y que luego me elogiabas en el verano sin saber cuál había sido su truncada misión, se alzó de tal manera que quedó atrapado en los brazos del candil y daba vuelcos en el aire queriendo zafarse. Yo, Sonia, envuelto en un tornado de siluetas de trapos semihumanas, quedé incólume en su centro y cuando en su vuelo alguna tela venía a toparse con mi cuerpo semejando un alma perdida, la apartaba suavemente con un brazo ayudándola a retomar su órbita, primero temiendo que pudieran todas juntas amarrarme —imaginaba en todo momento que quedaría sepultado y con la boca atiborrada hasta la tráquea de textiles— y luego fascinado por la borrasca de colores que me recordaba las tormentas de otoño en el bosque de al lado de tu casa.

No sé cuánto tiempo estuve, estuvimos así, pero súbitamente tuve miedo de nuevo y entonces empecé a recoger cuanta prenda estuviera a mi alcance y empecé a meterlas todas violentamente en el armario, formando pacas que forcé adentro con la puerta a la que di dos, tres vueltas de llave. Exhausto, quedé tirado sintiendo los golpes rítmicos de mi torrente sanguíneo en las sienes. Nunca más, me dije, quedándome quieto hasta que se hizo de noche. Nunca más.

 

Entonces comprendí que aquello ocurriría de ahora en adelante y fue por eso que me fui convirtiendo en un animal  que con cualquier indicio, movimiento, ruido, se altera y se defiende, se agazapa y ataca, no sólo lo que hay afuera, sino lo que hay adentro, dentro de él. Desde entonces, Sonia, me quedé desnudo en mi cuarto y sólo salgo para ir al baño y a la cocina para apurar algún bocado rápido.

Cuando ya había perdido la cuenta de los días y la tranquilidad había vuelto a mi pecho, decidí de repente, luego de varias horas de advertir lo invisible en las cosas —no te imaginas, Sonia, las moléculas del vidrio cuando un rayo de luz entra por la ventana e ilumina el agua que hay en el vaso con el que hidrato mis noches—, hacer un poco de ejercicio, más por hastío, por desesperación, que por oír los consejos de alguien que conocemos bien. Y mientras disciplinaba mi cuerpo y obligaba a mi mente, un levísimo sonido empezó a sentirse detrás de la puerta del armario, unos toquecillos intermitentes, delicados, que me hicieron detener mis esfuerzos y así poder saber lo que pasaba. Unos segundos en alerta y ¡sí!, grité por dentro, entusiasmado como un niño que sabe la respuesta a la pregunta de la maestra en la clase, ¡ya sé!, era el sonido de un botón que pegaba contra la madera y supe también, con una claridad que nunca antes había experimentado, qué materiales eran los que producían aquel particular chasquido: madera y carey juntos, golpeándose. En segundos mi euforia se transformó en espanto, pues el llamado de las prendas anunciaba el retorno de lo incomprensible, de lo inexplicable y, como sabes tú, Sonia, las cosas que no entiendo me aterran. Salí entonces corriendo de mi cuarto, me metí al baño y cerré la puerta empuñando la manija con fuerza, mi corazón pegando en mi frente. Ahí dentro, por primera vez en tanto tiempo, me acordé de mi madre, pues sus gritos llamaban preguntando ¿¡quién esta ahí, quién está ahí!?, ¡yo!, grité abriendo apenas, ¡yo!, ¡soy yo, mamá, Juan!, y sentí en la nariz el aroma del chal de lana sobre sus rodillas y en la cara el brillo del metal de una silla de ruedas. Llamé con un grito tan suave como pude a Carmen, su cuidadora, y le pregunté por mi madre. Me dijo que estaba bien, que ya había comido y que estaban oyendo las noticias de la radio. Entonces salí, con una pequeña toalla alrededor de la cintura y me dirigí a saludarla. Sólo un instante, Sonia, porque como te he dicho en tantas ocasiones, no puedo estar mucho tiempo con mi madre y su demencia que cada vez que me mira me dice “gracias, Padre, ¡muchas gracias!”, con una alegría que nos moja los ojos a los dos y que si yo le digo, le decía, “soy Juan, mamá, tu hijo”, ella responde con el mismo “gracias, Padre, ¡muchas gracias!” y entonces me voy tan triste como el primer día, que no he podido olvidar, en que fue tragada toda entera por la locura.

 

Luego de un beso la dejé con Carmen en su cuarto, como siempre, las dos ahí entre sus amigas, las voces del radio y las imágenes de las vírgenes iluminadas por su fervor. Entonces fue que pensé en ti, Sonia, con una lucidez de flama mística y supe que, pasara lo que pasara, saldría vestido hacia tu casa y te pediría que vinieras a vivir conmigo, que te pusieras un vestido blanco y me permitieras de una vez por todas quitarte con cuidado las medias, los ligueros y el corpiño en un lecho común, el nuestro, en el que dormiríamos juntos hasta que sus sábanas nupciales nos sirvieran de mortaja. Te escribo estas líneas, Sonia, antes de abrir de nuevo el armario, porque quiero que sepas lo que ha pasado desde aquella vez en que quedé, sin conseguirlo, de pasar por tu casa a eso de las ocho de la noche para tomarnos un whisky juntos y cenar luego en el restaurante que nos gusta tanto. .

    MAGIS, año LVII, No. 480, marzo-abril 2021, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Francisco Velasco Barajas, 1 de marzo de 2021.

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