Ser creador artístico en México
Gerardo Lammers – Edición 510

A la determinación de quienes se dedican al arte se debe sumar el mejor conocimiento del medio, así como buenas dosis de ingenio y optimismo. Con todo, ¿es posible vivir del arte? Por fortuna, la respuesta casi siempre es sí
“El artista casi siempre lo es del arte de sobrevivir”, escribe César Aira en “Ars narrativa”, texto contenido en su libro de artículos y reseñas La ola que lee (2021). “Su momento más característico es el de haber sobrevivido para poder contar lo que pasó”.
Esta reflexión del escritor argentino, apasionado y conocedor del arte contemporáneo, sirve para ilustrar mi encuentro con Lino Vite (Guadalajara, 1984), a quien saludo en su estudio de la calle Mexicaltzingo esquina con Penitenciaría, a unas cuadras del Parque Rojo, una soleada mañana de finales de noviembre. Entre las muchas y variadas piezas exhibidas que aprecio en este pequeño espacio, iluminado por un tubo de neón y la luz que entra de la calle por una clásica ventana traslúcida, llama poderosamente mi atención una serie de cabecitas de Hitler realizadas en cerámica de baja temperatura, parte de su proyecto Can’t See Tomorrow with Yesterday’s Eyes, centrado en la resignificación de la figura del infame caudillo alemán. Un overol de mezclilla para dos personas, un “traje siamés”, cuelga de uno de los muros.
Comienzo preguntándole por las razones que lo llevaron a dedicarse al arte.
“Suena muy a cliché, pero cuando estaba chico mis papás me llevaron a una exposición de Rodin en el Palacio de Bellas Artes”, cuenta Vite, un tipo de ojos claros, pelo chino y barba de candado. “Y algo me hizo sentido ahí”.

Egresado de las carreras de Diseño Gráfico y Artes Visuales, cursadas en la Universidad de Guadalajara, e influenciado por artistas como Ron Mueck, los hermanos Chapman, Mark Jenkins y Chris Eckert, Vite es un introvertido escultor con predilección por el sarcasmo, que gusta explorar temáticas alrededor de las teorías de la conspiración y las leyendas urbanas. Vive con Miriam, su pareja, también artista, con quien desarrolla varios de sus proyectos, como el del “traje siamés”, y una serie de obras en las que él hace las piezas escultóricas, por lo general pequeñas o incluso diminutas, y ella, los dibujos (a un precio de aproximadamente 15 mil pesos cada par). Ambos se las arreglan para criar a su pequeña hija de un año nueve meses.
—¿Qué significa para ti dedicarte al arte en un país como México?
—Es un acto de resistencia, para empezar.
A sus 41 años, Vite afronta un año clave en su vida. Luego de haber dejado la empresa familiar en la que trabajaba, con excepción de la materia Experimentación Visual que imparte en la Escuela Superior de Arquitectura (Esarq), dedica sus jornadas completas al trabajo en su estudio. En estos días se presenta su exposición De qué sirve lo que no sirve, curada por Circe Salinas, en el Centro Universitario de Tonalá.
Al momento de la entrevista, Lino Vite no contaba con una galería que lo representara. Tampoco ha tenido suerte con las becas (“Mi problema tiene mucho que ver”, me diría más tarde, “con que no soy muy buen gestor”). Y, aunque colecciones importantes de Guadalajara, como Alma Colectiva, han adquirido obra suya, reconoce que navega en la incertidumbre.
—¿Qué es lo más difícil de ser artista en esta ciudad y en este país?
—Creo que tiene mucho que ver con la precariedad del entorno.
Lino observa que Guadalajara es una ciudad de grupos cerrados, en la que existen algunos talleres de artistas “consagrados”, a los que les va muy bien en términos de ventas, que dan trabajo a artistas jóvenes, algunos de ellos provenientes de otros estados de la República, lo que contribuye a que la capital jalisciense, en su opinión, sea una ciudad de muchos “recursos” (pintura, vidrio soplado, cerámica) y mano de obra barata.
“Parte del chiste es encontrar en qué parte de la pirámide te encuentras y reconocer si tu función es meramente de maquila o si eres un artista que se está abriendo camino”, comenta.
—¿Qué has aprendido en estos quince años de carrera artística?
—Buena pregunta: que necesito conocerme a mí mismo para poderme relacionar de mejor forma; que ser tímido no ayuda, o sea, las relaciones son importantes; y que hay que confiar en el trabajo. Hablar de tu trabajo, eso es importante. Creo que es un proceso que ayuda hacia fuera y hacia adentro.
No obstante las dificultades, Lino Vite habla con optimismo:
“Trabajo con cosas que me gustan y no pienso mucho en el mercado. No sé si esto es bueno o malo, pero por lo menos me hace un artista feliz”.

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En su oficina del quinto piso del edificio V del campus del ITESO, Mario Rosales (Ciudad de México, 1972), coordinador de la Licenciatura en Arte y Creación, abre un hueco en su agenda para recibirme. Tan sólo a unos pasos de aquí, al doblar una esquina, un grupo de estudiantes celebra un “estudio abierto” en el laboratorio principal de la carrera, un amplio y maleable espacio, para mostrar sus trabajos en proceso, teniendo como invitada especial a la fotógrafa catalana Espe Pons, de visita en la ciudad, con motivo de la inminente inauguración de su exposición Para no olvidar en el Ex Convento del Carmen, en el marco de la fil Guadalajara que tuvo como ciudad invitada a Barcelona.
Le pregunto a Rosales por las razones que llevaron al ITESO a abrir esta licenciatura, apenas hace cinco años, en agosto de 2020, en plena pandemia.
“Empieza”, dice, “con la reflexión de la Compañía de Jesús y su trabajo histórico sobre las artes. Ellos han estado muy vinculados a este tema desde su trabajo misional hasta la fundación de sus colegios y, bueno, una de las preguntas era por qué siendo una universidad jesuita no estaban trabajando el arte, algo tan identitario de la Compañía. No es esta la primera propuesta que se hizo de una carrera de arte, pero sí fue la que tomó fuerza, yo me imagino que por el contexto. Guadalajara, como tú sabes, es una de las principales ciudades del país formadoras de artistas”.
A diferencia de la carrera en Artes que ofrece la Universidad de Guadalajara, la de más larga tradición en la ciudad y en el estado de Jalisco, ubicada en la calle de Belén, en el centro de la ciudad, la carrera de Arte y Creación del ITESO no es disciplinar, explica Rosales, comunicólogo con especialidad en políticas públicas y maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura. La apuesta va más bien en la línea de la interdisciplina, la intermedialidad y los vínculos con la ciencia, la tecnología y lo social. “Se trata de una carrera con un programa”, dice, “que podrías llamarlo innovador en su estructura y que está centrado en la exploración permanente de modelos y formas de creación”.
El eje principal de esta licenciatura está conformado por seis talleres (imagen, palabra y sonido, cuerpo y materia, tiempo y espacio, digitalidad y taller avanzado de creación) y dos laboratorios (colaboratorio de prácticas estéticas: estrategias de indagación y e-laboratorio de prácticas estéticas: dispositivos de intervención).
—¿Cuál es la visión que tienes sobre las ventajas para que un egresado de Arte y Creación del ITESO pueda tanto insertarse en el mercado laboral como salir adelante con sus propios proyectos?
—Esa es una de las preguntas que nos hicimos, reconociendo la precarización y la precariedad que hay en el campo, pero también reconociendo las posibilidades. Obviamente, uno de nuestros compromisos éticos es brindar herramientas para que los jóvenes que por aquí pasen puedan desarrollarse en lo laboral.
A este respecto, Rosales menciona la instrumentación de dos observatorios: uno de sociología de la cultura y otro de economía política, que analizan el campo de las artes, cómo está configurado y cuáles son los recursos con que cuentan los artistas para elaborar sus propias estrategias de desarrollo profesional.
“Me parece que muchos artistas se concentran en la parte estética y técnica, y luego no saben qué hacer con la obra: dónde y cómo colocarla. Cuando reconoces que el mercado del arte está configurado por distintos actores, entre estos curadores, coleccionistas, dealers de arte, pues dices: ‘la relación va más allá del artista y el comprador’. Hay una serie de intermediarios y canales de distribución. En el momento en que empiezas a identificar los diversos actores que integran este campo, puedes diseñar una mejor estrategia de inserción laboral”.

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¿Cómo ves la situación de los creadores artísticos en México, desde tu perspectiva como joven artista y recién egresada [del ITESO]?, le pregunté a la veinteañera Mariana Gómez, vía WhatsApp. “Siento que hay más colectividad entre artistas, sobre todo en jóvenes. Hay un ejercicio de reconocimiento e impulso entre diferentes estados, grupos/colectivos y artistas; lo que da confianza porque esa red de apoyo se fortalece y se hace cada vez más visible. Sin duda eso no quita la sensación de incertidumbre a nivel laboral”.
Gómez, quien impartió “Conexiones híbridas: circuitos emocionales”, un taller interdisciplinario de paper circuits en el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas, en febrero de 2025 —siendo aún alumna del ITESO—, a manera de retribución por haber recibido la beca del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (pecda), sostiene que su práctica explora los cruces entre la digitalidad y las formas sensibles de lo intangible. Aborda temas como los sueños, la afectividad y la vida online y sus resonancias en lo cotidiano.
“Considero que la carrera ofrece mucho a nivel teórico”, escribe. “En general podría decir que tenemos herramientas para hacer crítica, análisis de piezas, debates, conceptualización de proyectos e investigaciones y curaduría. Por la parte de la creación, es una respuesta más ambigua ya que depende mucho de tu enfoque creativo, ya que todo esto lo aprendes aparte de las clases, podría decir que aprendemos una guía para metodizar [sic] el proceso de creación. Cosas que quedan a deber serían herramientas legales para protección y seguros de obra, gestión económica, presupuestos y cosas prácticas, como el embalaje”.
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Me encuentro en la cafetería central del ITESO con Fabiola Núñez (Monterrey, 1973) y Jaime López (Puebla, 1995), coordinadores saliente y entrante de la licenciatura en Gestión Cultural —el bullicio de la mesa contigua hace que mejor nos traslademos al jardín a continuar la entrevista—, una carrera inaugurada en el otoño de 2010, con la consigna, ya no de profesionalizar a los trabajadores del sector cultural, como lo hiciera en su momento el extinto Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), sino para formar directamente a jóvenes interesados en incidir, entre otros asuntos principales que conforman el campo profesional, en las políticas públicas.
¿Cómo pueden la gestión cultural y los gestores ayudar a que existan en nuestro país mejores condiciones para la comunidad artística?, les pregunto.
“Lo primero que tenemos que pensar”, dice Núñez, “es en un ejercicio situado: no son las mismas condiciones en Guadalajara que en Colima, la Ciudad de México o Tijuana, así que no podemos pensar en términos de recetas. La clave para mí radica en las políticas culturales, lo cual no quiere decir que el Estado tenga que hacerse responsable del financiamiento de toda la producción artística y entonces dedicarse a dar becas a diestra y siniestra, sino en generar las condiciones para que eso sea viable y cómo podría sumar a los demás actores de la sociedad. Otra cosa que veo, un asunto complejo, son las concepciones sobre el arte y las diferentes disciplinas que se manejan; porque desde ahí es donde se define a quién se le da el apoyo. Otro de los casos: las mujeres. ¿Por qué no hay una beca de apoyo a mujeres cuando se está viendo que el campo está inundado por hombres?, ¿por qué no impulsar un apoyo? Lo cual no quiere decir que tenga que durar toda la vida”.

“Creo que en una ciudad como Guadalajara”, abona López, “en la que la escena del arte contemporáneo, por ejemplo, es tan grande, diversa y dinámica, las categorías disciplinarias tradicionales se quedan cortas para lo que en realidad se está haciendo en la ciudad”.
“Uno de los primeros pasos que tendríamos que dar”, dice Núñez en relación con la falta de prestaciones que vive el gremio artístico en México, “es reconocer la labor de los artistas como un trabajo. Sé que ha habido impulsos, pero el Estado se ha estado retrayendo”.
A pregunta expresa, tanto Núñez como López coinciden en que la labor del Estado debería ir más allá del otorgamiento de becas a los artistas, independientemente de la reclasificación de disciplinas y categorías. En este sentido, alentar el consumo cultural, con la dimensión educativa que éste conlleva, coadyuvaría a un asunto indispensable, si queremos que algún día muchos artistas vivan de la venta de sus obras: la formación de públicos.
“Mientras no logremos impulsar esa parte”, dice Núñez, “pues lo que estás haciendo es trabajar para tres personas. Está demostrado que la gratuidad no significa participación. Hay mucha tarea pendiente, no sólo para el Estado, sino para el sistema educativo, para las familias. Tendríamos que sentirnos todos implicados”.
“Hay que dimensionar”, agrega López, “que las políticas públicas no sólo consisten en dar becas. Creo que ahí a los gestores nos ha faltado creatividad para pensar en estrategias que promuevan la creación. Porque luego sucede que, ok, ya hiciste tu obra, pero ¿cuándo se van a crear los canales de distribución y qué espacios de la infraestructura gubernamental van a programar estos productos?, ¿cuál va a ser la cadena de valor de estos productos o servicios culturales para que realmente tengan un impacto en la población? En México eso lo hemos dejado muy de lado; sólo se piensa en que el artista crea y el Estado pone el dinero, y ya”.

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Visito a Isa Carrillo (Guadalajara, 1982), mujer de pelo azul vestida de flores, en su casa-estudio de la calle José Clemente Orozco, en la colonia Americana. Quizá no sea casualidad que habite en una calle con el nombre del gran pintor jalisciense, considerando que un proyecto suyo, Mano izquierda (2015), basado en la parte del cuerpo que perdiera el autor de El hombre de fuego, le abriría las puertas del Palacio de Bellas Artes, donde este año expuso la muestra Espectros.
El lugar huele a incienso. En un patio con abundantes plantas hay una chuparrosa de cristal y, al fondo del salón, junto a la anacrónica chimenea, una imagen de la diosa Tara y una vela prendida, junto a otras imágenes y símbolos religiosos. Sobre la mesa de madera a la que nos sentamos hay bordados —una de sus técnicas preferidas para la realización de sus obras más recientes (cuyos precios oscilan entre 900 y 5 mil dólares), composiciones geométricas relativas a la luz, en buena medida influidas por la obra de Hilma af Klint y Emma Kunz— y un canasto con estambres de lana de colores.
“Desde niña”, cuenta Isa, “tenía mucho interés por las cuestiones esotéricas, místicas, por las religiones. Mis papás son Géminis-Sagitario, el eje del conocimiento. Mi casa estaba llena de libros de todo tipo, desde enciclopedias hasta rarezas. No llegaron ellos a ser hippies, pero estuvieron muy cerca”.
Egresada de la carrera de Artes de la Universidad de Guadalajara, Isa Carrillo combina su práctica artística con la quiromancia, la numerología, la astrología y el chi kung. En la segunda planta de esta casa tiene su consultorio.
Cuando le pregunto si ha puesto su consultorio como una fuente alternativa de ingresos, responde que lo ve más bien como un servicio. Y añade que se ha enfocado mucho en tener becas. “Y las becas me han ayudado muchísimo”.
A propósito de la pregunta central de este texto, ¿qué significa ser creador artístico en México?, Carrillo cree que ser creadora tiene que ver con la aceptación de que a veces habrá vacas gordas y, a veces, vacas flacas.
—¡Como en este momento! —ríe—. Ahorita son vacas flacas porque tengo deudas y no tengo ahorros.
—Pero te sacaste la beca.
Isa Carrillo pertenece al selecto grupo de doscientas personas en un país de 133 millones de habitantes que, según la lista publicada en septiembre pasado, recibieron la beca del Sistema Nacional de Creadores (SNC) del Gobierno Federal —un estímulo económico de 32 mil 173 pesos mensuales— para el periodo diciembre de 2025 a noviembre de 2028, en su caso específico en la categoría de Artes Visuales, especialidad en Gráfica, en que resultaron seleccionados sólo nueve artistas más (otras especialidades de Artes Visuales, son escultura, fotografía, medios alternativos, narrativa gráfica y pintura). Su proyecto consiste en una serie de obras (dibujos, grabados, bordados, textiles), reinterpretando el Códice Dresde —texto maya del siglo xiii que trata asuntos adivinatorios vinculados a los astros— a la luz del tiempo presente.
—¿Cuáles consideras que fueron las claves para que hayas obtenido este apoyo?
—Sí sé por qué a nivel astrológico: tengo Júpiter y la Luna en la casa ocho en Escorpión —se ríe—. Pero sin hablar de astrología: creo que ha sido (lo aprendí mucho de [Jorge] Méndez Blake [artista tapatío de quien fue asistente una breve temporada], aunque yo ya había obtenido becas antes de conocerlo): él decía que cuando escribía un proyecto lo hacía como si fuera el ganador. Y creo que esto tiene que ver con la intención con la que escribes el proyecto. Con ser, digamos, coherente con lo que estás planteando, con tu persona y con lo que quieres hacer. Ser claro en tus objetivos. No irte por las ramas, sino ser directo, y que tenga algo de originalidad también. Es lo que he visto: que ser congruente, original y genuino puede darte esa facilidad para que apoyen tus proyectos.

—¿Ha sido difícil para ti la vida de artista?, ¿qué ha implicado?
—Ha sido difícil en algunos momentos y fácil en otros. Es como una montaña rusa. De 2018 para acá, por ejemplo, he tenido varias residencias fuera del país. He participado en alguna feria en Europa, el tipo de cosas que a mí me emocionaban muchísimo y me hacían sentir súper internacional. Y luego, de repente, no hay ventas, no hay nada, todo parece estancado. Ha sido un subir y un bajar. Es muy emocionante —ríe—. ¡Es adrenalínico! Tiene momentos muy bonitos y de mucha conexión con otras culturas, con otros mundos, con otros medios. Se me hace un mundo muy loco. De hecho, se me hace hasta un poco mágico. No el sistema económico del arte, pero sí el intercambio de mundos que tienen los artistas. Un viaje a Ciudad de México y te vas al MUAC y te vas al Jumex y ya con eso tienes para estar así como, órale, inspirado. Eso se me hace muy lindo: tener la oportunidad de conectar con la creatividad de otras personas y de resonar, o no, con otras.
Vuelvo a la carga con la misma pregunta: ¿cómo aprecias tú lo que es ser creador artístico en México?
“Creo que es un privilegio poder dedicarse al arte, aunque implique no siempre tener prosperidad económica. También creo que es un privilegio tener la visión de dedicarse a esto, porque es una visión que implica libertad y buscar en la vida algo más que lo que ofrece el sistema de esclavitud mundial —se ríe—. Digo, creo que en general el mundo está diseñado con un sistema así. Ya sé que suena grueso, pero así es como lo veo: el capitalismo sí es un sistema de esclavitud bastante bien organizado. Y el arte no se escapa del capitalismo, obviamente, pero mantiene esa grieta para poder ver el mundo desde una visión más humana y creativa que lo que implica estar en el sistema económico del empleo”.
—¿Qué les dirías a esos artistas jóvenes, o no tanto, que no han recibido apoyos y están bregando para salir adelante?
—Ah, pues que una parte fundamental es el autoconocimiento. Te da la clave para todo, para tu presente y cómo decidir y cómo tener posibilidades para que lo que tienes puedas darlo y tenga un efecto y una resonancia con el mundo —se ríe—. Yo no me considero exitosa, pero sí afortunada y estoy muy agradecida.