Que lo que es ya no sea
José Israel Carranza – Edición 510

No hay héroe sin vergüenza, entendida esta como celo de la propia virtud. Y tampoco hay villano desprovisto de al menos un atisbo de conciencia de su ruindad
Desde Edipo hasta Raskólnikov, pasando por Shakespeare y Rulfo, entre otros miles de ejemplos, la vergüenza ha sido un móvil señero en la imaginación que da forma a lo humano. Es fatal, en la medida en que entraña no querer seguir siendo lo que ya se es; es querer que lo hecho se deshaga en el olvido y, menos que arrepentimiento, es encarar las consecuencias de que nuestros actos y aun nuestras intenciones acaben por definirnos.
No hay héroe sin vergüenza, entendida esta como celo de la propia virtud. Y tampoco hay villano desprovisto de al menos un atisbo de conciencia de su ruindad. Sentimiento del que, una vez desatado, no hay escapatoria, su indagación, como bien lo supo Kafka, también se presta al desenmascaramiento de nuestra más irremediable precariedad. Joseph K. podrá ignorar para siempre de qué se lo acusa, pero la culpa —que admite y que abraza— acaba por importarle menos que el reproche insoportable en las miradas de quienes lo rodean. La admonición sartreana —“el infierno son los otros”— se corrobora incesantemente en la literatura a lo largo de los siglos.
El amor indebido
Diario de un mal año, de J. M. Coetzee (Random House)
Empecinado en la escritura de textos que pretenden imponer una comprensión de las cuestiones más apremiantes del mundo —para un libro que se titulará Opiniones contundentes—, un viejo escritor protagoniza al mismo tiempo el inesperado cataclismo que un amor a destiempo ocasiona en su vida. Su prestigio y su vanidad se ven contrapunteados con la vergüenza de saberse indefenso ante la joven que contrata como mecanógrafa, cuya presencia dota y a la vez despoja de sentido todo lo que aún alcance a proponerse. Pocas cosas más desoladoras hay que una devoción secreta, inconfesable por ridícula.
Como si nada
El astillero, de Juan Carlos Onetti (Debolsillo)
Resuelto a triunfar sobre el oprobio que lo expulsó de Santa María cuando trató, sin éxito, de enriquecerse a costa de envilecer aún más a las prostitutas que reclutaba (de ahí su apodo: Juntacadáveres), Larsen regresa y neciamente cree encontrar en el ruinoso astillero que alguna vez dio vida a la ciudad la oportunidad para cobrarle al destino todas sus deudas. Optando siempre por lo insensato, por lo malsano, está dispuesto a degradarse todo lo que haga falta para cumplir su propósito. Encarna la más soberana desvergüenza. Solamente la mirada implacable de Onetti pudo ser capaz de contar —y de modo tan deslumbrante— semejante destino.
La vergüenza de una nación
Menos que uno, de Joseph Brodsky (Siruela)
Como autobiografía intelectual, la del poeta disidente es también una temeraria exploración por la vergüenza de una nación arrastrada al delirio y a la ruina moral por lo que el totalitarismo hizo con las ilusiones desmesuradas que le dieron origen. Muy pronto, desde la infancia, Brodsky fue constatando ese sentimiento al ver a su ciudad, la más hermosa del mundo, poseída por las fuerzas implacables de la mentira. Acaso así puedan ser leídos estos ensayos de belleza elegíaca y estremecedora: como una resistencia contra la vergüenza que significaba vivir en la Unión Soviética.
Lo monstruoso
El adversario, de Emmanuel Carrère (Anagrama)
A punto de ser descubierto el engaño descomunal que fue su vida a lo largo de casi 18 años, incapaz de soportar la vergüenza que ello le acarrearía, el falso médico Jean-Claude Romand, estafador y narcisista supremo, asesinó a su esposa, a sus dos pequeños hijos, a sus padres y a su perro, y luego le prendió fuego a su casa, tras ingerir una fuerte dosis de barbitúricos. Sobrevivió, fue juzgado y condenado. Y de esa historia dio cuenta Carrère en este libro escalofriante y fascinante, que indaga en los abismos de lo humano y cuya lectura es una prueba de resistencia acaso sólo posible gracias a la admirable entereza ética del autor.
Contra la hipocresía
La mancha humana, de Philip Roth (Debolsillo)
Acusado injustamente de racismo, el profesor universitario Coleman Silk es defenestrado y condenado al ostracismo, y de tal forma que se ve arrojado a encarar una vergüenza distinta de la que se le acusa, aunque también inmerecida. En los Estados Unidos de los años noventa, cuando la nación pretendía escandalizarse por la conducta de Clinton, Roth identifica con toda claridad la índole profunda del mal que ha hecho a esa nación degenerar en lo que presenciamos hoy mismo: la hipocresía. Trágica y perturbadora, en esta novela amenaza la sospecha de que nada tendrá remedio mientras persistamos en mirar hacia otro lado.