¿Por qué las cigarras pasan 17 años bajo tierra?

¿Por qué las cigarras pasan 17 años bajo tierra?

– Edición 510

Frente a todas estas medidas de tiempo arbitrarias y en buena medida caprichosas, me parece en extremo atractivo el ciclo de vida de la cigarra

Tengo la edad de dos generaciones de cigarras. Yo tengo 34 años y ellas recién este verano emergieron tras pasar 17 en el subsuelo. Me da un gusto infantil imaginar que nací el mismo año en que nacieron los abuelos de las cigarras que ahora, en los bosques de Indiana y Maryland y Ohio, se alimentan de los árboles frutales y espantan a los turistas. Tiene algo que ver con mi gusto por inventar unidades de medida alternas para referirme al tiempo. Quizá sea un atavismo infantil que se acendró al verse reflejado en mi lectura adolescente y exaltada de La canción de amor de Alfred J. Prufrock. Prufrock medía su vida en cucharadas de café y yo, de niña, medía el tiempo en centímetros de altura, en zapatos que ya no me quedaban y en dientes caídos. En comparación con estas medidas constatables, contundentes como una muela en la palma de la mano, las semanas y los meses me parecían frágiles e inconsistentes y los años resultaban, para mí, periodos puramente mitológicos. A los fines de semana les llamaba las vacaciones pequeñas porque me parecían tan largos, tan colmados de eventos transformadores y extraños, que eran suficiente para que yo perdiera la costumbre de asistir a la escuela. Cuando volvía los lunes a mi viejo escritorio, era como empezar de nuevo por completo y casi tener que pretender que yo era, todavía, la misma: aquella desconocida del viernes por la tarde. Las mediciones alternas del tiempo no fueron un simple capricho infantil. Todavía mido la tarde en tazas de té, los días en páginas leídas, las semanas en veces que me corto las uñas, los meses en botellas de shampoo, los veranos en lluvia y en mangos comidos.

Atribuyo esta tendencia a mi suspicacia inherente ante las unidades de tiempo, en especial las horas, los segundos y minutos. A los días los respeto porque obedecen al sol y a la noche pero, ¿los minutos? ¿Por qué han de ser 60? ¿Y las horas? ¿De dónde 24? La culpa la tienen los egipcios. Inventaron los relojes de sol y dividieron el día en diez fragmentos más dos: las horas de los crepúsculos. Para escandir la noche crearon los decanos, grupos de estrellas cuyo desplazamiento a través de la bóveda celeste les sugería la hora. 

Además de un tanto aleatorias, estas medidas son en ocasiones inconstantes. Incluso los años, que describen un comportamiento consistente del planeta, su movimiento en torno al sol, tienen sus caprichos. Aunque no experimenté ese amor dormido, dolor bisiesto emparedado en años que menciona Gilberto Owen en sus versos, sí tuve una amiga de infancia que había nacido un 29 de febrero. Recuerdo que fui a su fiesta de ocho años y le escribí una colorida postal celebratoria que versaba: Feliz Cumpleaños #2. No lo tomó bien. A mí, en cambio, me parecía el mejor cumpleaños posible: creía que una vida que comienza en tal estado de excepción astronómica entraba de antemano al mundo por la puerta de lo extraordinario.

Frente a todas estas medidas de tiempo arbitrarias y en buena medida caprichosas, me parece en extremo atractivo el ciclo de vida de la cigarra, su unidad básica de 17 años. No se sabe por qué este insecto, conocido en mejores círculos como Cicadomorpha Cicadoidea (o Cicada, de cariño),  pasa bajo tierra ese número primo de años: algunos piensan que tiene que ver con el ciclo de vida de sus depredadores, otros, que es para evitar cualquier intercambio genético entre distintas cepas de cigarras. Hay quienes han encontrado una proclividad en la naturaleza a crear ciclos con longitudes primas y, además de las cicadas, cuyas visitas al inframundo duran 13 o 17 años, mencionan las tormentas solares, que aumentan y menguan cada 11.

Se ignoran muchas cosas sobre las cigarras pero se sabe que pasan sus años bajo tierra, en estado de ninfas, larvarias y tibias en un letargo albino de savia y túneles subterráneos. Me representa. Quizá yo también he pasado la mayor parte de mi vida bajo tierra, cargando sobre los hombros los kilos de oscuridad de la depresión endógena, casi albina por falta de sol. Hace 17 años me negaba a salir de mi cuarto los fines de semana, no hablaba con nadie en la escuela, comía lo menos posible y escribía en secreto. Nunca había mostrado uno de mis poemas. Me parece que 17 años son tiempo suficiente para darle la razón a Rilke y cambiar nuestra vida. Pitágoras, en cambio, le apostaba a otro número primo y fraccionaba la vida en ciclos de siete años. En este tiempo, pensaba, nuestra vida era otra. La biología le ha dado la razón, pues son siete años los que tarda nuestro cuerpo en mudar por completo de células. Cada siete años somos, literalmente, otros.

Parte de mi resistencia a medir el tiempo en minutos y segundos es la ilusiva periodicidad de estas unidades de medida. El tiempo (¿quién podría negarlo?) siempre pasa distinto. No me refiero, en esta ocasión, a la tan mentada relatividad y al hecho de que el paso del tiempo es inversamente proporcional a la gravedad. En la cercanía de cuerpos celestes monumentales, el tiempo pasa mucho más lento y llega al extremo de detenerse en las afueras de los agujeros negros, cuya gravedad es infinita. En realidad, me refiero a algo mucho más pedestre: no al tiempo que manejan los cosmólogos, sino a la humilde percepción que de él hace la mujer de a pie. Sobre esto escribió Bergson cuando creó el término duración para oponerse al tiempo newtoniano, aquel al que obedecen nuestros relojes de pulsera o, con mayor frecuencia ya, nuestros celulares. A diferencia de estas medidas consistentes, Bergson utilizaba la duración para referirse al tiempo vivido, al de la subjetividad. Quizá mi insistencia por medir lapsos de maneras alternativas sea una búsqueda por representar, de forma cuantificable, esta temporalidad íntima, intransferible.

 Además de mi suspicacia ante la periodicidad consistente de minutos y horas, hay otro elemento en mi resistencia a medir el tiempo, en mi deseo por medirlo de otro modo. En el trasfondo de esta costumbre lúdica columbro un pavor a la temporalidad, esa dimensión nefanda que, a diferencia de las otras, sólo podemos atravesar en un sentido, en una dirección. Esto lo saben bien las momias egipcias que duermen a deshoras en el Museo Metropolitano de Nueva York. Cuando los egipcios crearon sus relojes de sol y desgranaron el día en 24 horas, diez normales y cuatro para los crepúsculos, crearon también unas tablillas para que la gente reconociera los grupos de decanos y así, durante la noche, pudiera saber qué hora era a partir de la partitura de las estrellas. Estas tablillas se han encontrado en el envés de los sarcófagos, colocados en las tapas, a la altura de la cara de las momias. Los muertos también necesitan medir el tiempo. Los muertos, sobre todo, saben que el tiempo sólo se recorre en una dirección.

Si bien estoy lejos de ser inmortal, mi resistencia ante el paso del tiempo me acerca a la diosa Aurora, que se enamoró de Titono, un mortal de voz meliflua y, si le creemos al retrato de Jean-Baptiste Marie Pierre, bíceps admirables. Atribulada por la mortalidad de su amante, logró que Zeus le concediera la vida eterna pero olvidó un detalle: la juventud. Le tocó ver a su consorte envejecer, perdiendo masa muscular y pelo hasta la más profunda decadencia. Comparto con Aurora el primer miedo que desencadenó su aciago error: la muerte hipotética de quienes amo me ha perseguido siempre y me llena de una angustia que me atraviesa. Ante el mínimo malestar de mi pareja creo reconocer la amenaza de la impermanencia. A lo largo de los años  he soñado varias veces con la muerte de mis parejas. Al perderlos en la separación amorosa he cumplido, de forma atenuada, esta amenaza con mis propias manos. Aurora, no se sabe si por amor o por hartazgo, terminó por convertir a su decrépito amor en una cigarra. Encarnado en ese insecto, Titono mantiene la capacidad del canto. Queda de él, inmortal, el canto repetido de las cigarras, su insistencia furiosa por sobrevivir. Quizá no es un mal final, después de la muerte, que permanezca de mí y de nosotros ese furioso ruido albino en las selvas y en los bosques, ese alboroto. Tengo la edad de dos generaciones de cicadas, dos generaciones (larva, ninfa, pupa, imago) han nacido y muerto y sigo aquí. Si el planeta tiene suerte, el sonido de su canto, la voz de Titono, me sobrevivirá. 

* Este ensayo forma parte del libro Doce certezas mientras tanto. Ensayos para especular, una antología hecha por Laura Sofía Rivero y publicada recientemente por la Universidad Autónoma Metropolitana. Disponible en casadelibrosabiertos.uam.mx

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