Para discernir las mociones (II)

Para discernir las mociones (II)

– Edición 512

Las mociones que vienen de Dios no nos separan de la realidad de forma alienante, sino que nos envían y restituyen a ella como mensajeros de la Buena Noticia. Nos robustecen para asumir los compromisos de nuestra vocación

Comentamos en nuestro anterior escrito que san Ignacio inicia su lista de Reglas de Discernimiento de Espíritus (Ejercicios Espirituales 313-315) de Primera Semana subrayando la diferencia fundamental en la manera como actúan los espíritus en personas de diferente disposición interior, es decir, en quienes tienen una opción fundamental por el proyecto de vida que Dios propone (“los que van de bien en mejor subiendo”) y los que, por el contrario, tienen como opción fundamental el egoísmo y la muerte (“van de pecado mortal en pecado mortal”).

El siguiente cuadro nos muestra un resumen esquemático de esta enseñanza ignaciana:

Ignacio presenta en las Reglas de Discernimiento de Espíritus de Primera Semana un concepto fundamental de su espiritualidad: la consolación. Escribe en el texto de los EE:

[316] 3ª regla [de Primera Semana]: La tercera de consolación espiritual: llamo consolación cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor, y consecuentemente cuando ninguna cosa criada sobre la haz de la tierra puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas.

La primera frase sugiere algo repentino, un estallido de amor (inflamarse) que hace que la persona no pueda amar nada si no es dentro de ese amor. Todos los afectos quedan polarizados por ese intenso amor proveniente de Dios, que es la base de nuestra capacidad de amar correctamente, como imagen de Dios que somos. De esta manera, la persona queda unificada percibiendo que su amor ha crecido, es más universal y radical. Aprende a amar como Dios ama. Lo contempla en su Creación. Vemos esta primera característica de la consolación como referida al Padre como Creador.

Sigue el texto de EE 316:

[] Asimismo, cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor, ahora sea por el dolor de sus pecados, o de la pasión de Cristo nuestro Señor, o de otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza.

La segunda frase habla de las lágrimas, que son fruto de la compunción (dolor por el mal realizado, desde la alegría de descubrirse salvado por el amor incondicional de Dios). Estas lágrimas han sido descritas por los padres y madres del desierto como “un segundo bautismo”, por su capacidad de limpiar y sanar el alma. Las lágrimas vienen también del encuentro con la misericordia infinita y gratuita de Dios. Son el fruto de la emoción creciente, más serena, totalizante y llena de paz estable. Son también indicadoras de un proceso de unificación interior operado por la experiencia de la Presencia de Dios. Es el fruto de la conversión y la comunión restaurada con Dios, referida a Cristo (el Inocente), nuestro Redentor.

Y termina el texto de EE 316:

[] finalmente, llamo consolación todo aumento de esperanza, fe y caridad y toda leticia interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor.

Este tercer segmento de la definición de consolación se centra en el aumento de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad/amor) que hacen crecer la alegría interna. Estas virtudes son “formas” de Presencia de Dios en nosotros, que nos infunde su propia vida y configuran nuestras facultades para vivirlas “a la manera de Dios”. Uno se siente habitado, lo que produce una fuerte sensación de quietud plena y ánimo para acometer cualquier misión que el amor nos pida. Es la experiencia de sentirse “unido” a Dios. El alma reposa en Dios, en unión estable, en la que Dios es lo único, sin intermediarios ni mediaciones. Es la plenitud de la consolación. Es la manera como el Espíritu Santo se comunica en la consolación. Él aumenta y facilita las virtudes teologales, operando la comunión.

San Ignacio describe en su autobiografía algunas experiencias de mociones consolatorias que tuvo: al pensar en irse a Tierra Santa como peregrino; al irse a pie a Ruán a consolar a quien le había robado; en los días de grandes carencias materiales durante el apostolado de los primeros compañeros en Vicenza, etcétera.

Podríamos decir que hay un estado de consolación que antecede o que sigue a las grandes experiencias místicas de san Ignacio: la ilustración del Cardoner y la visión de La Storta. La primera, cuando experimenta una mirada transformada (“ver nuevas todas las cosas” en Cristo). La segunda, cuando el Padre le confirma que quiere que siga a Cristo, que lleva la cruz.

Son estas consolaciones, y las mociones que acompañan, las que van determinando la vida de Ignacio, quien las interpreta como indicadoras de la voluntad de Dios. Algunos ejemplos: cuando se siente invitado a hacer penitencia como los santos; cuando decide peregrinar a Jerusalén; cuando, durante el viaje a Tierra Santa, Dios le pide no llevar dinero ni ninguna otra seguridad, sino confiar sólo en Dios; cuando entiende que su vocación personal es “ayudar a las almas”; cuando se siente invitado a buscar “compañeros” para formar un cuerpo apostólico, etcétera.

Con base en estas descripciones de las mociones consolatorias que vivió san Ignacio podemos concluir que cuando alguien se encuentra consolado experimenta que Dios se transparenta con cierta facilidad en lo que está viviendo, mostrándole la armonía de su proyecto y de la contribución que tenemos en él. En la consolación experimentamos un amor que se nos entrega y recibimos, y vivimos el deseo de responder amorosamente en reciprocidad.

Las mociones que vienen de Dios no nos separan de la realidad de forma alienante, sino que nos envían y restituyen a ella como mensajeros de la Buena Noticia. Nos robustecen para asumir los compromisos de nuestra vocación. No debemos olvidar que las mociones consolatorias serán siempre “invitaciones”, que nosotros podemos acoger e instrumentar, o rechazar.

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio son una mistagogía hacia la verdadera consolación. Parten de hacer al ser humano más sensible a la consolación como impulso divino hacia una elección de vida en concordancia con la obra que Dios quiere llevar a cabo en nosotros y con nosotros.

La vida de Ignacio nos muestra que las consolaciones del principio de la conversión son muy gratificantes y efusivas, más “vehementes”, si bien están aún muy referidas al ego y corren el peligro de anclarnos en los “gustos” experimentados. Es como si Dios quisiera seducirnos con ellas para invitarnos a continuar el camino de transformación espiritual a su lado.

Con el tiempo, y gracias al crecimiento en el seguimiento de Cristo “pobre y humilde”, nos vamos centrando más en Dios, quien se convierte en nuestro verdadero tesoro, y las consolaciones no son tan emotivas, pero sí más profundas. Nos llevan a salir de nosotros y a adentrarnos en la vida divina, hasta reposar en Dios. Este proceso nos capacita para “elegir” y después concretar día a día nuestra vocación personal. Ponerse de acuerdo con Dios para organizar la vida produce siempre una gran consolación.

Para seguir la reflexión
::Visita el sitio web de Alexander Zatyrka, SJ, “El camino de la mistagogía”: alexanderzatyrkasj.info

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