Miravalle
Alberto Chimal – Edición 510

Cada lugar se veía distinto de los otros, y a la vez no lo era. En todos hay muchas casas, pocos edificios, calles o avenidas que se vuelven carreteras, lo que se ve aquí, pero con otra gente
Esto lo vi en un video de Instagram. Haces los pases mágicos con la mano izquierda, dices las cuatro palabras, finges que das un golpecito con el dedo índice derecho, así, ¡tup!, en el aire, como si tocaras el vidrio de una ventana, a la altura de tu cara.
Y entonces puedes pasar.
Sí, sí, sí, cuando lo quise probar me sorprendí, no entendía, no podía creer que de verdad estuviera pasando, etcétera, etcétera. Hice todo lo que se ve en una serie cuando sucede algo sobrenatural. Pero no se los cuento en detalle porque para qué.
No saben qué locura. Primero estaba en la calle en Miravalle, que es donde vivo, al borde de Guadalajara. Hice el ritual, di un paso y estuve en otra calle en las afueras de Lima, Perú. En un lugar llamado Pucusana. Di otro paso y fui a dar a otra calle, ahora en las afueras de Moscú: ese otro lado se llama Krasnogorsk. Luego di otro paso y estuve en otro sitio más, en otra calle, de un barrio o pueblo que todavía no sé cómo se llama, pero creo que estaba cerca de una ciudad llamada Dakar, en un país llamado Senegal. De África.
(África es mucho más grande de lo que parece en el mapa y tiene muchos países, que es algo que tampoco sabía.)
No entendí todo a la primera. En Pucusana le pregunté a alguien que pasaba y me contestó, porque los dos hablábamos español. ¿Pero en Rusia? No hablo ruso. Y tampoco hablo ninguno de los idiomas que hay en Senegal. Me costó trabajo, muchos intentos, más de un susto también. La gente suele verme raro. Un par de veces me ha dado la impresión de que me iban a atacar. Poquito a poco fui entendiendo que lo que estaba haciendo era pasar de un lugar a otro, de una ¿afuera?, ¿así se dice?, ¿una afuera?, ¿un afuera?
De un lugar periférico al siguiente. Espero que sí se diga así. Cada lugar se veía distinto de los otros, y a la vez no lo era. En todos hay muchas casas, pocos edificios, calles o avenidas que se vuelven carreteras, lo que se ve aquí en Miravalle, pero con otra gente. Y en ruso, o español pero no de México, o el idioma que sea.
(Y yo que a duras penas hablo español, ja ja ja.)
El señor ese de Instagram también daba el ritual para regresar al punto de partida, y esa primera vez lo hice, y ¡tup!, estuve de regreso en Miravalle. La misma calle afuera de mi casa. Había empezado antesito de tener que ir para la prepa, y como de todas maneras tenía que ir, llegué tarde. Quiero decir que mientras estaba viajando de un lugar a otro, el tiempo seguía pasando igual. Que es algo que el señor de Instagram dijo que iba a pasar…
No me estoy dando a entender. Lo digo de otro modo.
¿Han visto las afueras de una gran ciudad? ¿Los barrios que se le van construyendo, los pueblos que se come a medida que crece? Miravalle es de las más bonitas, la verdad. O las menos feas. En general las calles son angostas. Algunas veces son rectas, pero otras no, porque las hacen como va cayendo, porque no hay plan. Algunas veces no hay de otra. En los lugares más pobres, hay agujeros en las calles, o están sin pavimentar, sin luz, sin agua, sin nada. A veces son puras ruinas. A veces hay edificios grandotes que son fábricas, o bodegas. O si no, otros que están abandonados, que se empiezan a caer, por donde no pasa nadie. Muchas veces, cuando hay cables de la luz, están medio caídos, o con conexiones hechizas… Claro que han visto al menos un lugar así. A lo mejor les pasa como a mí y es donde viven. O han pasado cerca.
O sea que todas se parecen. Si no se mira con mucha atención parecen iguales. Un mismo tipo de barrio, lleno de gente, por todo el mundo.
¿Sí?
Bueno, pues el señor ese de Instagram decía que se puede aprovechar ese parecido. “La semejanza”, decía. Lo decía mucho. Que su ritual mágico (o lo que sea) tiene el poder de engañar un poco a la realidad aprovechando la semejanza. Hacer que se confunda, aunque sea por un segundo, y junte todas las afueras en una misma afuera, una afuerota, de manera que una persona pueda dar un paso y ¡tup!, recorrer miles de kilómetros, de barrio a barrio, de país a país, de continente a continente.
Yo ya lo he hecho muchas veces. Empecé en febrero y ya he visitado, no sé, cientos de lugares distintos. Porque sí son distintos. Lo de que todos son iguales es nomás la apariencia. Los que vivimos en las afueras hablamos distinto unos de otros, comemos diferentes cosas, nos vestimos de distintas maneras. No es lo mismo El Alto, afuera de La Paz en Bolivia, que es frío y realmente tan alto que a mí hasta me costaba trabajo respirar, que Soweto, en Sudáfrica, donde hace muchísimo calor y se está acabando el agua. A veces nos encerramos en nuestras casas. A veces salimos. A veces hacemos bailes en la calle. A veces tenemos miedo.
Igual es que somos siempre más pobres que quienes viven en otras partes. Yo nunca he visto esos barrios de lujo, con casas como palacios, con cercas eléctricas y guardaespaldas, o más bien sólo he visto los de Guadalajara, y de lejitos. Pero eso es porque los pases mágicos que me sé son para una sola cosa.
En su video, el señor de Instagram decía tener otro ritual, uno para ir de un lugar de ricos al siguiente, pero no he podido volver a encontrar su cuenta. Debí haber guardado el video, haberlo seguido. No se me ocurrió. Aunque ahora, más bien, necesito encontrar a ese señor para hablar con él. Quiero hacerle muchas preguntas. Es por la morra. Se llama Baiwei. Creo que así se dice. No sé qué hacer.
Pero no, no lo estoy contando bien.
Un modo que encontré de ir entendiendo por dónde paso es tomar fotos. Las tomo con mi teléfono y luego busco en internet. Lo tengo que hacer poniendo el teléfono en modo avión (y eso que nunca he viajado en avión, ja ja ja) porque la vez que no lo hice me acabé todo el crédito que tenía en una sola foto. Yo por mensa. Es la misma razón por la que no puedo hablar con la gente usando una app para traducir. (Eso, y que parecería una turista, y eso a mucha gente le choca, con justa razón.)
Mi punto es que hoy, hoy mismo, llegué a un lugar muy raro, frío, frío, pero que se veía como desierto, puras rocas peladas. Puro polvo. No vi de qué ciudad era la afuera, pero eso es bastante normal. Y no entendí nada de lo que decía la gente, ni de los letreros en las calles, pero eso también es normal, ya lo dije. Todos tenían ojos rasgados y el pelo negro. Han de ser chinos, pensé, pero no hablo chino y también ya sé que es racista pensar que toda la gente que se ve así viene de China. Así que me dio pena. Fue un poco raro porque hasta sentí que me ponía roja. Y aunque había quienes me veían, como raro, de lejos, nadie podía saber qué estaba pensando.
Hoy salí en la tarde, como a las seis y media, y donde estaba era de mañana, temprano. O sea que estaba al otro lado del mundo.
Y estaba caminando ahí, mirando, helándome también porque la ropa que llevaba no era para ese frío, cuando pasé al lado de un callejón y la vi venir corriendo. A la morra. De carita redonda, como de mi edad, dije yo. O sea, lo pensé. No dije nada porque no me dio tiempo. Ella tenía sangre en la boca. Eso no se me va a olvidar nunca. Sangre que le salía de la boca y le manchaba la ropa que traía y que era como una camisa, de esas casi sin cuello. Estaba gritando, y ahora sé que pidiendo ayuda, aunque en ese momento no entendí.
Lo que sí entendí es lo que pude ver. Detrás de ella venía un tipo más grande, gordo, con la cara roja, roja. Era de furia. Lo supe. Traía un palo y en el palo había sangre. Y estaba corriendo tras ella. Supe que le quería hacer daño. Y ella chocó conmigo, por no fijarse, y casi nos tira a las dos, pero no.
Como ya teníamos el tipo encima, y ella seguía llorando, lo único que se me ocurrió hacer fue agarrarla con un brazo y hacer el ritual de regreso, los pases, con la otra mano.
Nunca había hecho algo así, irme con otra persona, llevármela, pero lo pude hacer.
Y ¡tup!
Fue muy raro cuando las dos estuvimos de regreso en Miravalle. No, fue horrible. Me la pude llevar para mi casa pero ella estaba todavía llorando, y medio gritando también. Estaba peor que yo la primera vez. La metí porque no podía dejarla afuera. Yo estaba también asustada y un poco como ¿aturdida? ¿Apendejada? Porque yo no soy de pensar rápido ni de meterme en problemas ajenos. Pasó, simplemente pasó. Le puse alcohol en una herida que tenía en la boca. Esa parte la entendió y se dejó aunque sí le estaba doliendo. Se notaba.
Me acordé de lo de la app de traducción y ahora sí bajé una. Admito que sí empecé con el idioma chino, pero al final sí, resultó que es China. Se llama Baiwei. Algo Baiwei, porque allá el apellido viene antes que el nombre.
Y ahora no sé qué hacer. Mis papás van a llegar en cualquier momento y no sé qué les vamos a decir. Aquel güey era su marido. Baiwei se ve más chica de lo que es. Y ella me dice que no quiere regresar con él, pero no sabe qué hacer. No me ha entendido que no estamos en China sino en Miravalle. Cree que soy una turista. Me pregunta si no me voy a meter en problemas por ayudarla.
Y ahora también me pregunta si no estoy ya en problemas. Que cómo llegué hasta su ciudad, que si alguien me trajo. Entiendo lo que está tratando de decirme. Parece que hasta aquí, digo, allá hay morras a las que se llevan a…
Trato de explicarle.
Ay, ay, ay, ya me entendió. Con lo de los pases me entendió. No se quedó lela como yo. Entendió de inmediato. Dice que se los enseñe. Que podríamos ayudar a más morras. Sacarlas de donde estén, como yo la saqué a ella. Llevarlas a sitios seguros. ¡Ya vi a Miravalle, ya lo vi lleno de mujeres de todos lados, todas distintas pero todas parecidas a la vez, todas sorprendidas, sin entender, sin poder creer que de verdad les está pasando…! Y etcétera, etcétera, haciendo todo lo que se ve en una serie sobrenatural, sintiendo que algo ha engañado al mundo en su favor. ¡A que el tipo de Instagram jamás pensó que esto podría pasar!