Los últimos meses de mi abuela
Gaia Squarci – Edición 512

Cuando mi abuela se enfrentó a mi objetivo completamente desnuda, con el cuerpo marcado por las enfermedades pasadas y presentes, no mostró ni el más mínimo atisbo de vergüenza, sólo confianza y orgullo
La vida de mi abuela y la mía se imbricaron a lo largo de 27 años. Siempre la llamé “Nonna”. La diferencia de edad y los valores y formas de pensar profundamente distintos no nos impidieron desarrollar un vínculo sólido y una relación salpicada de juegos traviesos y momentos de ternura y humor. Nos divertían nuestras diferencias.
“Sabes, yo todavía era joven cuando naciste”, me dijo unas semanas antes de morir. “Es un poco como si hubiéramos crecido juntas”.
En una mesa de almuerzo en Milán, unos meses antes, supe por mi madre —su hija— que la Nonna, de 85 años, padecía un cáncer de hígado incurable. Años atrás ya había superado dos episodios de cáncer de mama.
La Nonna me decía una y otra vez que la noticia de mi nacimiento le había dado fuerzas para luchar.
Cuando me enteré de que estaba enferma de nuevo, acababa de llegar a Italia, donde sólo estaría tres días antes de volver a volar a Nueva York.
Aún más desgarrador que el miedo a despedirse de ella era el hecho de que mi abuela no sabía lo enferma que estaba. Mi madre y mi tía creían que no podría soportar la idea de un tercer episodio de cáncer, esta vez en el hígado. Los familiares le dijeron a la Nonna que su hígado estaba enfermo. Nadie mencionó jamás la palabra “cáncer”. Por eso, una pregunta nos persiguió hasta el día en que murió: ¿teníamos derecho a conocer la verdad sobre su estado mientras ella la ignoraba?
La Nonna pasó la mayor parte de sus últimos meses en casa, rodeada de familia. Se reconcilió con la idea de la muerte y dijo que podía sentirla llegar lentamente. Los médicos consideraron que la cirugía y la quimioterapia serían inútiles.
En medio de todo esto, me di cuenta de que mi madre estaba perdiendo a su madre.
Tras trasladarme de vuelta a Italia durante unos meses, fui testigo de la gama de emociones de mi madre y de la energía que dedicó al tiempo que les quedaba juntas.
El mundo de la Nonna se redujo a unas pocas paredes y aún menos calles. En esa existencia estrecha, cada detalle y cada acto cotidiano adquirían un significado más profundo.
Una de las cosas que mi madre más atesoraba era bañar a su madre. No dudaba en tocar su cuerpo envejecido, y no quería que otros lo hicieran en su nombre. Me uní a mi madre y a mi abuela en el baño para observarlas en silencio con mi cámara. Al vivir esos momentos preciosos, me imaginé con una edad mayor y reflexioné sobre cómo el tiempo transforma la perspectiva de una sobre ser mujer.
Cuando mi abuela se enfrentó a mi objetivo completamente desnuda, con el cuerpo marcado por las enfermedades pasadas y presentes, no mostró ni el más mínimo atisbo de vergüenza, sólo confianza y orgullo.
Si hablaras con la gente del pueblo de la Nonna, dirían que nunca salía de casa sin envolverse en una nube de perfume, con el cabello blanco perfectamente peinado y el rostro levemente maquillado. Me sorprendió la manera en que afrontó la enfermedad sin perder su feminidad. Sabía reírse de sí misma. Más de una vez me preguntó: “¿Voy a salir en Vogue o en Marie Claire?”.
El 11 de octubre de 2015, el día en que la Nonna murió en Biella, Italia, yo estaba al otro lado del mundo, en Brooklyn, Nueva York. Había pasado cinco meses con ella, celebrando su vida en lugar de llorar su muerte.
Recuerdo que salí a dar un paseo por el barrio de Greenpoint, en Brooklyn, y me quedé mirando un rato a unos niños que competían en una carrera. Me resultaba imposible aceptar que ella ya no formaba parte del mundo que me rodeaba.
Me costaba comprender el concepto de muerte y esa emoción abstracta que llamamos duelo. Sólo encontré paz cuando regresé a Italia para esparcir las cenizas de la Nonna.
Mi familia y yo caminamos hasta el lugar favorito de la Nonna en las montañas, no lejos de Cossato, en el noroeste de Italia, el pueblo donde había crecido. Sus cenizas se sentían pesadas en mis manos. Las lancé bien alto hacia el aire, y cayeron por toda la hierba y por encima de mí. Mi madre, mi hermano y mi tía hicieron lo mismo, una y otra vez.
Al final, estábamos cubiertos de las cenizas de la Nonna, y también lo estaba el campo a nuestro alrededor. Meses después, mi madre me envió una fotografía de ese campo. Estaba completamente cubierto de flores.








