Las mociones

Las mociones

– Edición 510

La materia de nuestras mociones son pensamientos acompañados de imaginación, fantasía, o contenidos actualizados de nuestra memoria. Y cuando se nos presentan afectan nuestro estado de ánimo, mejorándolo o empeorándolo

En el artículo anterior decíamos que discernimiento significa, literalmente, “distinguir separando”. Desde la perspectiva cristiana e ignaciana, discernir implica distinguir el origen de las diversas ideas, pulsiones, invitaciones, etcétera, que se presentan a nuestra conciencia para poder decidir correctamente qué hacer con respecto a ellas. Las ideas que reconozcamos como buenas para realizarlas y las que detectemos que son neutrales o malas para ignorarlas.

Si bien el discernimiento se usa para detectar el origen de las luces, mociones y experiencias que detecta nuestra conciencia, en la tradición ignaciana se utiliza principalmente para procesar las mociones de manera que nos ayuden a elegir correctamente cuáles convertirlas en acciones, para así ir construyendo nuestra vida correctamente. Iniciemos por describir a qué se le llama moción y qué elementos presenta para su análisis.

Moción es una expresión arcaica para describir “movimiento”. Hace referencia a movimientos (básicamente invitaciones a decidir e implementar) que se presentan a nuestra conciencia. El Diccionario de la Lengua Española de la RAE la describe con seis acepciones, de las que cuatro son pertinentes a nuestro estudio:

1. Acción y efecto de mover o ser movido.
2. Alteración del ánimo.
3. Proposición que se hace o sugiere en una junta que delibera (“moción de censura”).
4. En la doctrina cristiana, inspiración interior que Dios ocasiona en el alma.

La primera y la segunda implican un movimiento (cambio), particularmente en el estado de ánimo. Este es uno de los elementos fundamentales de la idea de moción en la espiritualidad ignaciana: una alteración en el estado de ánimo. La tercera y la cuarta acepciones describen el otro elemento fundamental de las mociones: el contenido; es decir, a qué específicamente me siento invitado. Una moción implica que yo perciba que se me propone algo, para hacerlo o dejar de hacerlo; o seguir haciéndolo, pero tal vez de otra manera.

Es interesante advertir que en la cuarta acepción se indica que, según la “doctrina cristiana”, solamente Dios causaría inspiraciones interiores en el alma. El problema es que nuestra conciencia normalmente está atenta a lo que le presentan los sentidos (cuerpo) y la mente. Si bien las mociones que se hacen presentes en el alma —en el espíritu de cada persona— sólo pueden proceder de Dios, no sucede lo mismo con las mociones que aparecen a la mente, que pueden tener su origen tanto en Dios como en la propia mente de quien las experimenta, o en el mal espíritu. Por lo que no es tan sencillo decidir si la idea que se me presenta a la conciencia (“lo que se me ocurre”) es buena, mala o neutra,

De ahí la importancia de establecer criterios claros para distinguir el origen de las mociones. Con base en esta metodología tendremos más seguridad para aceptar y realizar, o rechazar, la opción que se nos presenta.

Interesantes son también los sinónimos que presenta el diccionario citado: movimiento, desplazamiento, petición, propuesta, proposición, iniciativa, sugerencia. Todos ellos apuntan en la misma dirección: se presenta a mi conciencia una posibilidad de decidir, capto que hay una posible acción a futuro, la cual debo elegir si realizar o no. Junto con el contenido de la invitación se le presenta a mi conciencia un estado de ánimo que puedo percibir como agradable o desagradable.

La materia de nuestras mociones son pensamientos acompañados de imaginación, fantasía, o contenidos actualizados de nuestra memoria. Y cuando se nos presentan afectan nuestro estado de ánimo, mejorándolo o empeorándolo.

En resumen, podemos decir que cada moción tiene dos elementos:

Un contenido, como representación mental de una posibilidad de decisión.
Un estado de ánimo que la acompaña.

En su autobiografía (n. 8), san Ignacio comenta cómo descubrió la manera en que operan las mociones:

Había todavía esta diferencia: que cuando pensaba en aquello del mundo [léase riquezas, poder, honra], se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando [pensaba] en ir a Jerusalén descalzo, y en no comer sino yerbas, y en hacer todos los demás rigores que veía haber hecho los santos; no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aún después de dejado, quedaba contento y alegre. Mas no miraba en ello, ni se paraba a ponderar esta diferencia, hasta tanto que una vez se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión sobre ella, cogiendo por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio, y el otro de Dios.

Ignacio es heredero del arte ancestral de distinguir el origen de nuestros pensamientos a través de prestar atención a los estados de ánimo que nos suscitan y a la duración de ese estado de ánimo. Uno de los Padres del Desierto, Evagrio Póntico (345–399 d. C.), escribe en su Tratado Práctico (parágrafo 80) esta descripción en línea con el descubrimiento de Ignacio: “A los primeros pensamientos [los sugeridos por los ángeles] les sigue un estado de paz, más a los segundos [los sugeridos por los demonios] les sigue un estado de confusión”.

De similar manera, el gran autor cristiano Orígenes de Alejandría (184–253 d. C.), en su libro De Principiis, (III, 2, 4) propone esta clasificación de las mociones por sus fuentes:

1. De mí mismo (memoria, entendimiento, voluntad).
2. De Dios y sus ángeles.
3. Del mal espíritu.

Para todos estos autores, la clave de la interpretación para conocer la procedencia de los pensamientos no será solamente el contenido, sino sobre todo su resonancia en nuestro ánimo. Ignacio describe dos tipos básicos de esta resonancia: la consolación y la desolación.

Ignacio discierne la voluntad de Dios con un análisis atento y cuidadoso de las mociones que se le presentan y el estado de ánimo que las acompaña (por ejemplo, alegría frente a tristeza, o “deleite” [falsa alegría]), y si persisten una vez dejado el pensamiento que los causaba.

Para san Ignacio, la interacción entre pensamiento y sentimiento es fundamental. A los pensamientos buenos o malos se les conoce por el sentimiento que suscitan. Ignacio reconoce la desintegración entre pensamiento y sentimiento, entre el concepto y su repercusión en mi estado de ánimo, propia de la teología y la espiritualidad de su época. Por eso busca volver a la fe como vida asumida en sus múltiples dimensiones, no sólo como conocimiento intelectual. Recordemos su famosa frase de la segunda anotación de los Ejercicios (EE 2): “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”.

Para Ignacio el “sentir” era la mejor manera de describir la experiencia de Dios, propia de la fe cristiana. En ese “sentir ignaciano” confluyen el conocimiento (entender), los afectos (querer) y la percepción de vivir en armonía, de equilibrio y de paz proveniente de una conciencia unificada. El “sentir ignaciano” de consolación, por ejemplo, es una resonancia unificante del ámbito cognitivo, afectivo e integrativo (claridad, entusiasmo y paz).

El sentir en Ignacio es más hondo que el entendimiento o que la mera emoción superficial. Describe una vivencia que proviene e incluye a los niveles más íntimos de la conciencia que Ignacio fue descubriendo. En el fondo, los ee son un aprendizaje, una profundización y un discernimiento de este sentir.

Es importante subrayar que las mociones se dan de manera involuntaria, no pretendida. San Ignacio dice que “se causan”. Sería responsabilidad de cada persona permanecer atenta para sentirlas y conocerlas (ee 313). Sentirlas significa caer en la cuenta de que en nuestro pensamiento está operando una “invitación” (incitación, instigación, inducción). Es fundamental hacernos conscientes de que este movimiento interior se ha dado —pensemos en las veces en que permanecemos inconscientes a las invitaciones “subliminales” que utilizan algunas prácticas de mercadotecnia o adoctrinamiento—. Contra este estado de inconciencia, trabajamos por hacernos conscientes del contenido de las mociones que se nos presentan.

Conocerlas implica tratar de establecer con claridad su origen, de manera que se puedan utilizar correctamente en la “búsqueda de la voluntad de Dios”. Con este objetivo, un primer criterio para san Ignacio, siguiendo a la doctrina cristiana, es que el mal espíritu actúa siempre desde fuera, en la periferia de nuestro ser, a través de la imaginación, de la sensibilidad, de discursos que se nos presentan o de narrativas que nos atrapan. Pero el núcleo de la persona es sólo accesible a Dios.

En nuestra siguiente entrega seguiremos elaborando los criterios para discernir las mociones que se nos presentan ante la conciencia.

Para saber más
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Visita el sitio web de Alexander Zatyrka, SJ, “El camino de la mistagogía”.

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MAGIS, año LXI, No. 510, febrero de 2026, es una publicación electrónica mensual editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A. C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: José Israel Carranza Ramírez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Édgar Velasco, 1 de febrero de 2026.

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