Contra la sobriedad
Abril Posas – Edición 512

Lo que más duele de cuando nos volvemos sobrios es que luego ya no nos dejamos desbordar. Al regresar a las fotos viejas duele más admitir que nos veíamos más felices, sin miedo a dejarnos llevar
Ugh. Existe poca gente más odiosa que la que comienza su camino hacia la sobriedad. Igual que tu amiga la sensata, que un día anuncia que va a dejar las redes sociales y que si la necesitan pueden encontrarla allá, en el mundo real. Yo fui esa amiga, por cierto. Hace unos 15 años me despedí de Facebook con la solemnidad que todo el proceso merecía: un post larguísimo sobre mis conclusiones acerca de la vida en línea y el daño que le causa a la mente creativa, la toxicidad de la barrera que dan las pantallas, la facilidad con la que otra gente se ataca directo a la garganta. Esa mujer que fui no hubiera aguantado un minuto en el Twitter del que hoy no puedo salir, basurero cortesía de un megalómano con torso de lavadora (y la misma personalidad)… pero lo estoy volviendo a hacer: me desvío, el tema original era la sobriedad de los alcohólicos muertos.
Nunca sentí que tuviera problemas con el alcohol, más que en retrospectiva. En su momento todo era que podía beber como cosaco, que por eso me iba en bicicleta del Cardenal (RIP el original; el nuevo está bien cebo) y que las cervezas eran mi gasolina. En realidad era un caos, aunque fue una buena temporada. Si nos hacemos de la vista gorda y olvidamos los blackouts tras el volante, las veces que me quedé dormida en el asiento de un taxi o los mensajes con errores de dedo que enviaba por las madrugadas medio mareada por las malas decisiones, entiendo perfectamente la razón por la que los veinteañeros se topan con nuestras fotos y desean estar ahí, en el indie sleaze. Nosotros le decíamos “los after del Acné”, el desayuno de ostiones en el Mercado del Mar y el viaje de regreso desde la casa de un grupo de amigos que nos encontrábamos en los conciertos, pero cuyos teléfonos nunca tuvimos.
¿Y ahora? La gastritis, la falta de sueldos decentes, los hijos, las enfermedades de nuestros padres y los impuestos: todo el mundo está en contra de nuestra relación con el alcohol. Eso sí: no se vale anunciar que vas a dejar la cheve si vas a seguir con la mariguana o el perico. O con los TikTok antes de dormir. Está prohibido decir que lo haces por salud mental, si ya hemos visto que pintaste tus paredes de blanco hueso (o blanco nube o blanco perla o blanco sal o blanco porcelana), dejaste de usar superlativos y racionas los signos de puntuación. Veo a las mejores y exageradas mentes de mi generación dejar el tequila, contagiando de sobriedad a todo lo demás: las palabras, la música, la manera en que le hablan al mundo. Todo siempre como un eficiente ejercicio de contención, no de prudencia, sino de simple y llana autocensura. Las calles se cierran con carros en llamas y los sobrios piden algo de cordura.
Odio que la frase de Zurita se haya convertido en un pinche meme. Por supuesto que “Toda declaración de amor es urgente porque vamos a morir”, pero lastima los dientes por empalagoso cuando lo vemos en la publicación de una marca que se lo estampa a una foto de labiales. Y, sin embargo, nunca había sido tan vigente en la historia cuando los casquillos rebotan en los muros de la casa por la que todos los días caminas cuando compras el pan.
Lo que más duele de cuando nos volvemos sobrios es que luego ya no nos dejamos desbordar. A veces hablamos de que al regresar a las fotos viejas descubrimos que no éramos tan feas, tan gordas, tan indignas de ser amadas. Duele más admitir que nos veíamos más felices, sin miedo a dejarnos llevar.
Ugh. Que se muera esa sobriedad. Seamos Mads Mikkelsen en Otra ronda, pero en lugar de bailar la crisis de hombre blanco, vayamos por las calles pegando esténciles con la frase de Zurita, porque el tiempo, como bien dijo Juanga, pasa y él —tenía que ser “él”— nunca perdona.