Cherán, el pueblo de la resistencia

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Cherán, el pueblo de la resistencia

En este pueblo existe la memoria. Aquí no se olvidan las palabras que se escuchan al lado de los leños prendidos, de las fogatas que se encienden para ahuyentar el frío y otras cosas más. Eso lo sabe bien María. Cuando era niña, hace más de 60 años, se hacían fogatas casi todas las noches y alrededor de ellas se reunía toda la familia para hablar, sólo hablar. María recuerda, en especial, una de las tantas historias que contaban sus abuelos: en algún tiempo llegaban hombres de otras regiones, se robaban el ganado y talaban el bosque. Hubo enfrentamientos con ellos, pero nada cambió. Los habitantes decidieron atrincherarse, poner barricadas a las entradas del pueblo y cuidarse unos a otros. Hacer comunidad. Cuando María terminó de contarme la historia de sus abuelos, sonrió y me dijo: “Ahora estamos haciendo lo mismo que hicieron nuestros abuelos. Nos estamos defendiendo”.

Escuché las palabras de María en noviembre de 2011, siete meses después de que esta comunidad indígena, localizada en el corazón de la meseta purépecha de Michoacán, comenzara a revivir los viejos métodos de autodefensa y a rescatar el sentido de comunidad. Estábamos sentadas frente a los leños que ella y sus vecinos prendían poco después de que el sol se ocultara. Aunque la plaza principal de Cherán ahora es un lugar emblemático, no fue ahí en donde comenzó la nueva historia de resistencia del pueblo. Eso sucedió en uno de los caminos que llevan al manantial, muy cerca de El Calvario, una de las más antiguas construcciones religiosas de la meseta purépecha. Ahí, la madrugada del 15 de abril de 2011, un grupo de mujeres y jóvenes decidió armarse con piedras y cerrarle el camino a los hombres que, a bordo de camiones cargados de árboles muertos, llevaban ya casi cuatro años talando sus bosques, matando, desapareciendo y extorsionando a la gente. Ese día, las campanas de El Calvario sonaron desesperadas. El repiqueteo ahuyentó al miedo y desempolvó varias palabras que comenzaban a olvidarse. Una de ellas fue jarojpikua, que en purépecha significa “ayudarse unos a otros”. También se rescató el sentido de la palabra Cherán, que significa “asustar”.

Cherán no sólo asustó a los hombres que decidieron hacer del narcotráfico, la tala ilegal, el secuestro y la extorsión sus fuentes de ingresos. Cherán espantó al alcalde y a los policías municipales, sobre todo cuando fueron expulsados del pueblo por ser cómplices de los talamontes y narcotraficantes. Asustó a quienes viven de la política, cuando el pueblo decidió no participar en ningún proceso electoral, por sentir que los partidos políticos sólo habían causado división en la comunidad y que ninguna autoridad cumplía con su obligación de garantizarles seguridad.

En noviembre de 2011, Cherán logró ser la primera comunidad del país en conseguir, a través de la resolución de un tribunal, hacer valer su derecho a tener un gobierno comunitario. El 22 de enero de 2012, la gente eligió a los integrantes de su consejo mayor, 12 K’eris (“Los grandes”), que desde el 5 de febrero de 2012 sustituyó a la figura de presidente municipal y tiene como guía los siguientes principios:

•     Servir y no servirse.

•     Representar y no suplantar.

•     Construir y no destruir.

•     Obedecer y no mandar.

•     Convencer y no vencer.

Además de los 12 K’eris, el gobierno comunitario se integra por más de cien pobladores que participan en los diferentes consejos, entre ellos la ronda comunitaria, encargada de la vigilancia y la impartición de justicia en este pueblo de 13 mil habitantes.

En su camino de resistencia, Cherán se ha encontrado con muchas piedras. No todos en el pueblo han estado dispuestos a rescatar el sentido de comunidad, mucho menos aquellos que estaban acostumbrados a vivir de la política, de la explotación sin conciencia del bosque y de los negocios ilícitos. Muchos políticos estatales y federales tampoco miran con buenos ojos que el gobierno comunitario de Cherán prospere. Aun así, este pueblo sigue con su apuesta. Y aunque las fogatas ya no lo alumbran, las historias que se contaron alrededor de ellas siguen en la mente de muchos, en especial en las de los jóvenes de no más de 25 años, que ahora dan vida a la radio comunitaria (Radio Fogata) y realizan documentales sobre los nuevos aires que soplan en su pueblo. Ellos, al final, hacen lo mismo que los abuelos de sus abuelos: preservar la memoria de la resistencia, contar a otros cómo se hace comunidad. m

Texto: Thelma Gómez Durán.

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