A la conquista de los territorios ocupados

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A la conquista de los territorios ocupados

Desoyendo los prejuicios que en formato de consejos enunciaran sus padres, maridos o amigos, algunas mujeres han reclamado su derecho al trabajo digno y a ejercer el oficio de sus deseos: manejar camiones, taxis o colectivos, apagar incendios, integrar cooperativas o desenvolverse en deportes tradicionalmente practicados por varones. Estas mujeres son ejemplos de otras miles. En Argentina, la mitad de las mujeres trabaja y son el único sostén de más de un tercio de los hogares del país.

Lucía Baragli y Rocío Farfán tomaron sus manos y captaron a estas mujeres ahí donde más les gusta: en sus trabajos, con sus herramientas. Sonrientes, pero sobre todo desafiantes, posan ante la cámara para demostrar que, contrario a todo lo que les dijeron, sí se puede.

 

Xoana. 23 años. Rugbyer.

“No soy un caballero, soy una dama”, dice Xoana. Va a bailar, se arregla, usa tacones y trabaja como administrativa. Y juega rugby.

Comenzó a practicarlo en una colonia de verano cuando tenía diez años. Cuando le pidió permiso a su padre, éste se lo negó: dijo que buscara algo más femenino. No lo hizo: a los 18 años comenzó a jugar. “Esto me abrió muchas puertas, me dio muchas amigas y me enseñó a respetar, pese a ser un deporte de contacto”.

Pertenece a Las Pumitas, seleccionado argentino de rugby, y juega para el club sitas, donde es la pateadora oficial. Entrena junto con el equipo masculino. “Nosotras tenemos el doble esfuerzo. Los hombres practican el deporte desde chicos, no tenemos la misma cantidad de años y experiencia”.

Xoana jugó en la selección en los años 2009 y 2010. “Ponerse la camiseta es increíble, me llena de orgullo. Representar a mi país es lo mejor que me pasó en la vida”.

 

Aída, Gabriela, Estela y Lidia. 45, 46, 45 y 47 años. Obreras.

Se iniciaron como obreras dentro de la Cooperativa de Trabajo Limitada 20 de Diciembre. El desempleo hizo que este grupo de mujeres se uniera para reclamar un puesto de trabajo digno. “Queríamos una oportunidad y que vieran que podíamos hacerlo”.

Pico y pala en mano hacen día a día este duro trabajo. Cavan zanjas, encañan redes de agua potable. Pero no todo es trabajo físico: también se encargan de la parte administrativa y organizativa de la cooperativa. “Al principio nos daban de los trabajos más suaves. Ahora nuestros compañeros no hacen diferencia. Trabajamos a la par”. En la cuadrilla, integrada por 16 obreros, todos tienen la misma voz y  el mismo voto.

“Cuando la gente pasa, nos mira para ver si somos realmente mujeres. Muchos se sorprenden y  nos felicitan”. Porque, además, su trabajo no termina en la zanja: cuando llegan a casa hay una familia esperando.

 

Salomé di Lorio. 30 años. Árbitra.

Desde que era niña, siempre le gustó ver y jugar futbol. A los 16 años decidió ingresar a la Escuela de Árbitros de la Asociación del Futbol Argentino. “Yo quería aprender bien el reglamento para poder opinar con fundamento”, recuerda. Y lo que parecía un capricho de adolescencia se convirtió, unos años más tarde, en una sólida carrera: a los 23 años obtuvo la designación fifa como árbitra asistente y a los 25 como árbitra internacional.

Los campeonatos del ascenso fueron muy duros para Salomé: “En un partido me escupieron los 90 minutos. Me tiraron café, agua caliente y una alpargata”. Si bien algunos todavía la mandan “a lavar los platos”, otros la felicitan y piensan que arbitra mejor que los hombres. “Los hombres no esperan que las mujeres hagan un arbitraje correcto. Ante algún error sólo dicen: no saben nada de futbol”.

Salomé entrena todos los días de la semana y los sábados y domingos arbitra las preliminares de reserva a masculino y los de primera femenino. Por si fuera poco, también es abogada en funciones. “Me encanta arbitrar tanto como me gusta el derecho”.

 

Sofía. 52 años. Camionera.

El padre era camionero y la madre modista. Su primer contacto con el mundo del volante fue con un Desoto 900 de la línea Dodge, a los once años. “Yo tengo una locura fascinante por los fierros”, confiesa.

Su novio le enseñó a manejar a los 16 años. A los 18 se casaron y obtuvo su primera licencia. Después, junto con sus dos hijos recorrió todo el país. “Parecíamos gitanos. Ponía la bañadera en la cucheta del camión y ahí los bañaba”.

Sofía cose, borda, diseña, cocina y hace radio con la misma facilidad con la que desarma un motor, saca la tapa del cilindro, pone el gato, una llanta, aprieta anillos, enlona, etcétera. “Esto no es nada más sentarse al volante”. Y aun así la coquetería es parte de ella y no se inhibe al momento de manejar con tacones, maquillada y bien vestida. 

Si bien la llegada de su nieta la apartó, después de 32 años, del mundo del transporte, Sofía siempre está lista por si hay que salir a la ruta. “Esto es una herencia espiritual. Uno lo tiene que amar”.

           

Sandra. 46 años. Bombera.

Desde pequeña estuvo vinculada con el peligro, los autos bomba y la adrenalina: sus padres pertenecían a Bomberos Voluntarios de Sarandí, y desde los cuatro años de edad participó en las actividades que ellos realizaban. En aquella época, las mujeres eran auxiliares de incendio, es decir, no eran bomberas operativas sino que ayudaban, cocinaban, etcétera.

En 1985, Sandra se unió a Bomberos Voluntarios de Avellaneda y se convirtió en la primera bombera operativa de Buenos Aires. “La gente se sorprendía cuando me sacaba el casco y veían que era mujer”. Trabaja de lunes a lunes. No sabe lo que es un domingo o un día feriado. La adrenalina está presente desde que suena la alarma.

Con 46 años y 32 de servicio, Sandra es oficial a cargo y jefa operativa: debe evaluar el lugar del siniestro y dar las órdenes. Pero su trabajo no termina una vez apagado el fuego: es la única mujer que forma parte del Comité de Capacitación en la federación bonaerense. Entre sus infinitas anécdotas, Sandra rescata las buenas: “Hemos ayudado en partos, salvado vidas en incendios, rescatado personas en choques. Quiero que sientan que soy bombera, pero una amiga también”.

 

Fernanda. 23 años. Boxeadora.

Comenzó a practicar boxeo a los quince años influenciada por su padre, un ex boxeador amateur. Lo que empezó como recreación se convirtió a sus 18 años en una profesión y, sobre todo, en su pasión. Su esfuerzo, su perseverancia y el apoyo de su familia hicieron que en 2009 se convirtiera en una profesional del boxeo. “Cuando mis amigas salen a bailar, yo tengo que descansar para entrenar al otro día. Es muy difícil tener una pareja”, cuenta.

Con 23 años, 63 kilos y seis peleas logró el título nacional en la categoría Peso Súper Ligero en julio de 2010. En diciembre de ese año ganó el título mundial de la wbo (World Box Organization). En el mundo del boxeo fue bautizada como La Camionera por el apoyo deportivo que recibe del sindicato de camioneros.

El garaje de su casa es su club. Con cosas recicladas creó un gimnasio donde entrena tres veces al día. “Es un deporte difícil de llevar a nivel profesional: las vitaminas son carísimas, los tenis no me duran nada y mi dieta es súper estricta”. Por eso, su padre, que es su entrenador y principal consejero, siempre le repite: “Nunca te olvides de dónde venís”.

 

Silvana. 37 años. Colectivera.

A los quince años aprendió a manejar un colectivo. “Yo, cuando era chica, quería ser sodera o camionera”, relata quien durante varios años fue panadera y vendedora ambulante.

A los 21 años quiso trabajar como colectivera, pero su marido le dijo que eso era para hombres. A los 32, estaba sola y con tres hijos por criar. El sueldo de su trabajo no alcanzaba para mantenerlos a todos, y decidió que era el momento de probar. Pasó un año con la licencia de conducir en el bolsillo. “Iba a buscar trabajo y no conseguía. Me decían que no me discriminaban, pero no me contrataban”.

No bajó los brazos, hasta que la contrataron en la línea 295. La empresa tiene 50 años de antigüedad y ella es la primera y única mujer entre 80 empleados. “El colectivo me enseñó que tenés que darte un lugar vos y darle un lugar a los demás”, señala, y después agrega que este trabajo es “bien de hombres” y que la gente se sorprende cuando la ve manejando: unos le demuestran su apoyo, otros todo lo contrario.

Ser chofer de colectivo es una de las tantas metas que se puso en la vida. Le quedan otras: ser bombera voluntaria y cantante de tango.

 

Noemí. 30 años. Parrillera.

Desde pequeña, su contacto con la gastronomía estuvo presente. Es de Sixilera, un pequeño pueblo de Huacalera en la provincia de Jujuy, donde su familia se dedica a la agricultura.

A los catorce años se fue a vivir a Buenos Aires para estudiar. Fue allí donde comenzó su carrera gastronómica. “Cocinar me divierte. Puedo hacer cualquier cosa dentro de un restaurante”.

Su creatividad y su predisposición para atender a los comensales son su mejor receta para que todos se vayan contentos y conformes, pero sobre todo para que vuelvan. “La gente se sienta en la barra y me observa. Algunos me miran raro, pero al final me felicitan”.

Con amor y muchas ganas, Noemí aprende día a día en este oficio. Con el apoyo de Rafael, el dueño de la parrilla, saca adelante los almuerzos y cenas de muchos oficinistas y personas de paso. Su prolijidad en las brasas es excepcional: nunca ha tenido un accidente.

Noemí mira para adelante: sueña con tener su propia parrilla. Y se repite a sí misma: “Vamos para adelante, que vamos bien”.

 

Lidia. 57 años. Taxista.

Con tres hijos en edad escolar, Lidia decidió, una mañana, salir al mando del volante. Buscaba un trabajo que le permitiera mantener a sus hijos sin depender de horarios fijos ni jefes. Así, convirtió su auto en remís —auto de alquiler afiliado a una agencia— y,luego de dos años, lo habilitó para taxi.

Para Lidia, la calle es una caja de sorpresas. Una vez, a plena luz del día, la asaltaron. Aunque ahora trabaja de noche, dice no sentir miedo. No se achica al momento de cambiar una llanta, aunque le duela la cintura. “Así fue mi vida, siempre peleando”.

Sus pasajeros preferidos son los turistas y las mujeres: se ponen contentos cuando la ven y la mayoría quiere volver a viajar con ella. Pero su oficio no sólo genera curiosidad entre los clientes: sus colegas se le acercan con cualquier motivo para conocerla y charlar.

La mayor satisfacción que le dio este oficio fue poder criar a sus hijos sin rendirle cuentas a nadie. “Cuando se me pone algo en la cabeza, lo hago. Se me puede poner una pared adelante y no paro hasta que la rompo”.

Sus 25 años al volante están llenos de historias y anécdotas: “El día que no pueda manejar más, voy a escribir mis memorias del taxi. Será un best-seller”.

 

 

Las autoras

Lucía Baragli

(Buenos Aires, 1981)

Inició estudios de fotografía en 2006 y se especializó en fotografía documental y periodística. Desde 2010 trabaja de manera independiente. Las mujeres son el eje de sus trabajos.

 

Rocío Farfán

(Lima, Perú)

Estudió fotoperiodismo en la escuela de la Asociación de Reporteros Graficos de la República Argentina (Argra). Trabajó para Diario Ojo, Correo, El Peruano y la agencia andina en Perú. Es editora fotográfica del diario deportivo Olé.

 

    MAGIS, año LVII, No. 484, noviembre-diciembre 2021, es una publicación electrónica bimestral editada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C. (ITESO), Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585, Col. ITESO, Tlaquepaque, Jal., México, C.P. 45604, tel. + 52 (33) 3669-3486. Editor responsable: Humberto Orozco Barba. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2018-012310293000-203, ISSN: 2594-0872, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Edgar Velasco, 1 de noviembre de 2021.

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