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Sobrepeso en el trabajo: entre la salud y la discriminación

Detrás del lema “excelente presentación”, se esconde mucho más que una exhortación convencional a todo aquel que busca un lugar en las filas laborales. Tener sobrepeso, obesidad o simplemente ser robusto supone un argumento que influye en el desempeño profesional y en la tan requerida “buena imagen”.

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Por Lilián Bañuelos

Con la esperanza de encontrar un lugar en el competitivo mundo laboral, Adriana, una trabajadora social, asistió en marzo de 2010 a la xxi Feria del Empleo, efectuada en marzo de este año en las instalaciones del Expo Bancomer de Santa Fe, en la ciudad de México. Se topó con pared al ver los requisitos que la mayoría de las empresas estipulaban para su contratación: talla 7 y menos de 35 años.

Detrás de la excelente presentación, esta famosa consigna que ostenta la gran parte de las ofertas de trabajo, existe una intención tácita de sólo contratar a personas con determinadas características físicas. Algunas empresas que, abiertamente, especifican los rasgos físicos requeridos del solicitante —talla 3, 5 y 7, estatura mínima de 1.60 cm—, y en muchas ocasiones piden fotografías del rostro o de cuerpo completo en el curriculum. Es el caso, por ejemplo, de empresas que buscan demostradoras, degustadoras, edecanes, ejecutivas de cuenta, hostess, azafatas.

No obstante, la mayoría de las compañías se escudan en la vaguedad de la expresión excelente presentación. Aunque no implique una talla y un peso en particular, “la presencia de una persona de complexión delgada es mucho mejor que la de una persona con sobrepeso”, afirma Abigail Plata, quien trabaja en una empresa trasnacional dedicada al reclutamiento y la selección de personal: “Nunca me ha tocado una empresa que solicite ‘no obesos’. No pueden ponértelo por escrito porque estarían dando argumentos para una demanda por discriminación. Sin embargo, parte del trabajo de un headhunter es hacer una muy breve descripción física de la persona y mencionar si se ejercita constantemente, si tiene como hábito el realizar algún tipo de ejercicio quiere decir que es una persona que cuida su salud”.

La salud es uno de los grandes temas en materia de obesidad y cultura laboral. Algunas de las empresas optan por ignorar solicitudes de personas con sobrepeso por temor a que después se conviertan en una carga. En México, la obesidad es un problema de salud pública que afecta a casi 30 por ciento de la población. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Enfermedades Crónicas, 21.4 por ciento de la población mexicana la padece.

Uno de los motivos por los que existen campañas que promueven un estilo de vida más saludable, es que dentro de diez años los recursos de la Secretaría de Salud (ss) y del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) podrían ser insuficientes para pagar incapacidades. En la actualidad ya es posible ver casos de viudez joven e incapacidad permanente por diabetes, insuficiencia renal, embolias, infartos, enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares, hipertensión arterial, así como algunos tipos de cáncer y desórdenes del sueño.

La doctora y nutrióloga Alicia Gómez señala que por su consultorio, en Guadalajara, ha circulado una larga lista de pacientes que padecen inconvenientes en su entorno laboral debido a su peso, como es el caso de una maestra de primaria que quería perder kilos porque se quedaba dormida durante las clases. Las madres de familia se dieron cuenta, la confrontaron en una junta y la exhortaron a resolver el problema.

Otro ejemplo es el de una mujer que, después de mucho tiempo de estar desempleada, decidió renunciar durante su primer día de trabajo en una maquiladora porque los sanitarios de la fábrica le quedaban tan pequeños que no podía usarlos. O el de un hombre que sólo se somete a dietas cuando tiene que viajar, pues se rehúsa a pagar un boleto de avión extra.

Según la doctora Gómez, la discriminación por el peso no es tan común —por lo menos en Guadalajara—, pero las implicaciones suelen ser de índole personal: “El paciente ya no puede desarrollar su trabajo y él mismo decide renunciar o recurrir a ayuda especializada”.

Sin embargo, no todo es tragedia en el mundo de la obesidad. ¿Qué hay de la imagen del individuo colosal e imponente que evoca la figura del paladín de la mafia a la Vitto Corleone? Cuando preguntamos a Abigail Plata en qué puestos no es mal visto el sobrepeso, responde sin titubeos que en “niveles gerenciales, directivos y puestos políticos”.

En las escenas empresarial, política y del espec-táculo tenemos dignos ejemplos de corpulentos personajes: Raúl de Molina, periodista de chismes de la farándula —El gordo del programa El gordo y la flaca—; Agustín Carstens, gobernador del Banco de México y ex secretario de Hacienda y Crédito Publico; Carlos Slim, empresario mexicano considerado por la revista Forbes como el hombre más rico del mundo, o Beatriz Paredes, presidenta del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

En general, la obesidad y el sobrepeso no suponen un obstáculo tan significativo para la contratación, si los puestos solicitados no implican la exposición ante el público, como los sitios de atención telefónica. Incluso, se buscan personas pasivas que puedan permanecer sentadas durante ocho horas atendiendo llamadas.

La triste historia del “como te ven te tratan”

Cuando Álvaro Ramírez puso un restaurante, su socio optó por despedir a la cajera por “gorda”, ya que según él, su imagen causaba muy mala impresión. En realidad, ella estaba en la caja y los clientes sólo podían verla cuando iba al baño.

Isaac González Uribe, psicólogo social, argumenta que esta nueva forma de discriminación responde a una cultura en la que la apariencia física funge como un objeto más de compra y de consumo: “En el mundo de la cultura laboral como principal manifestación de aquello que llamamos ‘el cuerpo como carta de presentación’, se atisba un sinfín de fenómenos. La persona es juzgada por su imagen a partir de un otro que la calificará, no sólo en una dimensión estética sino por su estilo de vida, conducta, hábito, forma de vivir, cultura, etcétera”.

Las condiciones laborales han hecho de la imagen un artículo no sólo de compraventa, mas de promoción y divulgación. “Bien decía Sojal Rimpoche: ‘Los seres humanos vivimos en la constante defensa y promoción de este bicho que somos’”, agrega González Uribe. Existen estudios que demuestran que en el mercado laboral británico, por ejemplo, son más discriminadas las personas con sobrepeso que la gente de color o de otras etnias. O bien, está el caso de un sindicato que representa a las azafatas de la línea aérea Northwest en Estados Unidos —recientemente absorbida por Delta—, que protestó porque la empresa ofrece los uniformes, creados por un famoso diseñador, sólo en ciertas tallas.

Así, el conflicto del sobrepeso se vive en dos vertientes. Por un lado, el individuo con sobrepeso que vive el infierno de la cotidianidad laboral. Por otro, el sujeto que vive con temor a subir de peso y no ajustarse a los estándares sociales. No estar delgado es “no estar bien”. En el trabajo, uno tiene que dar lo mejor de sí —así lo pide el ambiente laboral competitivo—, y “no estar bien” coloca al sujeto en una situación desfavorable que puede generarle una angustia inconmensurable.

González relata una conversación que escuchó en una tienda departamental:

—¿Aquí todas las vendedoras son delgadas, verdad? —preguntó una mujer.

—No, también hay gente a la que no le importa su apariencia —contestó su amiga. m.

 

¿Cómo enfrentar el problema?

Tener una plantilla laboral sana es uno de los principales objetivos de las empresas actuales. El trabajo consiste en crear un marco de diversidad y tolerancia que permita otorgar valor a las personas de forma independiente a los estereotipos que la sociedad de consumo ha impuesto: por un lado la ingesta de comida chatarra, y por otro, desear caber en los estándares de belleza que dictan las marcas.

También hace falta crear estrategias y soluciones para enfrentar el problema desde los nichos de trabajo. Los expertos en nutrición sugieren:

• Informar a los empleados sobre cuál es la mejor manera de alimentarse según sus actividades.

• Poner a su alcance alimentos saludables: cereales integrales o frutas.

• Colocar garrafones de agua para disminuir el consumo de refrescos.

• Promover la actividad física como parte de las rutinas diarias, así como actividades deportivas y recreativas. 

• Invertir en el monitoreo de la salud de sus empleados.

•  Crear mecanismos que contemplen gratificaciones, bonos u otros estímulos a quienes mejoren su salud o se comprometan a disminuir su peso.

 

Javier Pulido Gándara / Artista plástico

Patrick Mallow y Monster Truck son sus heterónimos. Javier Pulido Gándara es artista visual, nació en la ciudad de México, pero desde hace unos meses vive y trabaja en Guadalajara. Su trabajo, que se divide entre óleo, performance y videoinstalación, parte de una consigna que se impuso este artista: “¿Qué hay de común entre Ñoño, el tío Lucas, Pedro Picapiedra, Buda y Santa Claus?”.

Sus obras son en gran medida referenciales de sí mismo. Su apariencia le permite representar con naturalidad al fat man, el estereotipado cliché del personaje gordo, comelón y estúpido, protagonista de todo programa cómico de televisión.

Javier dice haber padecido las vicisitudes de su condición en los planos social y de la salud: “Desde niño fui obeso y obviamente la burla hizo mella en mi estima, pero vas creando estrategias para primero sobrellevarlo y después utilizarlo de manera pragmática. Ahora es uno de mis motores creativos sin ser un trauma en lo psicológico, aunque en el terreno físico sí he de decir que sigue y seguirá siendo una limitante y un peligro, así lo asumo, aunque la verdad no me preocupa mucho. Me acepto tal cual soy”.

Más que una parodia de este personaje (o de sí mismo), su obra es un conjunto de ideas que toman diferentes salidas creativas y visuales. Su físico está ligado siempre a su trabajo de manera conceptual y práctica, y le funciona como un medio para construir un lenguaje: “Es decir, no creo ser un gordo que hace arte gordo, aunque es obvio y necesario partir, al menos parcialmente, de este hecho”.

 

Tamara de Anda / Periodista, bloguera y conductora

 

Estudió Comunicación en la UNAM.
En 2004 inauguró Plaqueta y ya, un blog que en la actualidad tiene más de 60 mil visitas mensuales; es editora de secciones de la revista Gatopardo y conductora de Galería, un programa en la barra matutina de Canal Once.

Tamara creció con la idea de que su padre era “el mejor amigo de mi mamá, un gay que trabajaba en la revista Vogue y que estaba acostumbrado a tratar con modelos. Era algo así como tener a Ana Wintour de papá”. Por otro lado, creció rodeada de mujeres que estaban eternamente a dieta: su madre y su tía, y un padre que le decía todo el tiempo que era una niña gorda, por lo que se sometió por primera vez a dieta a la edad de 11 años. A los 19, cuando ingresó a la universidad, cansada de que le dijeran que estaba chubby, decidió dejar de comer. “Me eché como dos o tres años de anorexia leve, tampoco algo que pusiera mucho en riesgo mi salud, pero sí estaba hecha un palo”. Recuperó peso al ingresar a la vida laboral: “Estar flaco requiere mucho tiempo y esfuerzo; cuando eres estudiante tienes mucho más tiempo para cuidarte, puedes comer pastito de la unam, pero cuando entras a una oficina, además de que aumenta la presión social, estás ahí siete u ocho horas”.

Aun cuando el Canal Once es “televisión alternativa y plural”, casi todas las conductoras son delgadas. Tamara es la única con una talla superior a seis: “Es mi guionista el que me dice que estoy gorda, pero la productora nunca me lo ha dicho. Sólo en una ocasión me mandaron decir con una becaria que tenía que bajar de peso, pero nunca supe de quién venía el mensaje”.

La televisión y algunos otros medios en este país se han caracterizado siempre por su condición aspiracional. Las imágenes de las personas que aparecen en las portadas de las revistas de moda y de los conductores de tele no representan en nada a la población mexicana: “No sé si las señoras que ven el programa que conduzco realmente quieren ver a la conductora súper flaca y guapísima y de ojos claros, o quieren ver a una chava con un peso normal y real, cuyo sobrepeso no molesta, yo no sé qué quieren, pero me gustaría saberlo para tener ese argumento a mi favor”. Tamara admite vivir con la zozobra de que algún día le den un ultimátum para perder kilos. Pese a eso, dice que no tiene problema con ello y que ya no es un tormento. “Aprendí a encontrar otros valores en mí”.

 

Andrea B. Ivich / Atención telefónica

 

Andrea, de 20 años, trabaja en un callcenter o centro de atención telefónica para una compañía canadiense de la industria médica y radiográfica que cubre todo Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica.

“El cliché de que uno es su peor juez no podría ser más cierto”, contesta cuando cuestionamos si en algún momento de su vida tuvo problemas con su talla. Sin embargo, su seguridad es tan desbordante, que resulta difícil advertir que sea una mujer con grandes complejos. Hace cerca de tres años, una escuela primaria la contrató para impartir la materia de inglés: “Los niños me adoraban e idolatraban, así, con mis pelos morados y mis chanclas de peluche; los papás y las demás maestras, no tanto. Algún día, el director de la escuela se me acercó y me dijo que estaba pensando en ponernos a todas las maestras uniforme… por mi culpa”.

Ésa ha sido la única vicisitud laboral que ha tenido con respecto a su imagen. “Me salí de ahí antes de que el mundo pudiera verme en saco azul marino rasposo y mascada de chifón”, platica.

El perfil de sus compañeros de trabajo es diverso. “Mi contacto con los clientes nunca es en vivo, así es que no ven si me peiné o no, o si traigo tacones o vans”. El perfil profesional que busca la empresa es de gente joven que hable más de dos idiomas: “En confianza solemos bromear con que ser homosexual de seguro te da más de 50 por ciento de los puntos para entrar —comenta Andrea entre risas—; coincidencia o no, tenemos muchos aquí. Me encanta”.

Poco después de trabajar en aquel colegio, Andrea trabajó en una sex shop: “Estoy segura de que mi imagen poco seria tuvo algo que ver en la contratación. También creo que por el giro del lugar, los clientes suelen sentirse más en confianza con alguien que no se ve demasiado formal… O, en mi caso, normal”.

 

Éricka Jiménez / Chef

 

“¿Cómo puede ser que me cueste tanto bajar de peso y que lo que más me haya venido a gustar en la vida sea la cocina?”, dice Éricka Jiménez, chef de cocina internacional en el restaurante Aderezzo. Si hace un platillo no lo come, sólo lo prueba. Ésa es su satisfacción desde hace tiempo.

Desde los seis años ha lidiado con el problema del sobrepeso. “Para empezar, vengo de una familia con un metabolismo muy lento, pero en general eso nunca me ha causado problemas. O sea: sí te sabes diferente, sí sabes que te va a costar más trabajo, pero eso también determina tu voluntad y tu carácter. No es una limitante, sólo hace que te esfuerces más”.

“Si eres una chef muy delgada, puede que el cliente se pregunte: ‘¿Podrá con una olla pesada?, ¿y con el calor excesivo?, ¿podrá imponerse ante diez cocineros?’”, dice Éricka. En este sentido, lo robusto en este tipo de empleos se asocia con fuerza y autoridad. Más aún cuando se trata de una profesión dominada por varones.

Sin embargo, Éricka reconoce que el sobrepeso hace que se canse más. Para soportar las jornadas de trabajo pesadas tiene que usar calzado cómodo y medias de compresión para mejorar la circulación de la sangre en las piernas. En general, el sobrepeso no supone una limitante siempre y cuando no sea en grado excesivo: “Tuve una jefa que no podía ya ni agarrar una sartén. Pero si no te gusta la comida, yo no creo que puedas cocinar bien”.

Su condición también la ha ayudado a mejorar su práctica. Ha modificado recetas precisamente porque tiene la conciencia de alguien preocupado por los nutrientes y la cantidad de calorías, grasas y colesterol en los alimentos.

Ella piensa que su sobrepeso, lejos de afectarla laboralmente, la ha beneficiado: “Cuando hablo de cocina, me he dado cuenta de que llego a convencer a la gente de que lo que hago está muy rico. Claro que si te ven chubby, la gente sabe de lo que estás hablando, que ésa es tu pasión”.

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