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Sanar el estrés

Agendar se puede convertir en nuestra excusa para no estar en el presente y llenarnos de lo que no existe; aparece, antes que otra cosa, como control ante el futuro incierto

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Foto: pexels.com
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Por años hemos valorado las ventajas que nos da ordenar nuestro tiempo, atendiendo las necesidades, respetando las actividades de los demás y llevando una vida que, según parece, se sostiene por su capacidad de estar “ocupada”. Somos los ocupados los que hacemos que el mundo gire, ¿verdad?

Son conocidos los indicadores de la productividad en un mundo regido por el lenguaje de una fábrica que decide nunca parar. Desde el fordismo, a principios del siglo XX, las actividades se clasificaron a partir de dos factores: tiempo y esfuerzo. A menor tiempo con el mismo esfuerzo, mayor productividad. Pronto se instauró como la norma más allá de la fábrica y se convirtió en la regla con que medimos el tiempo valioso.

El mejor ejemplo está en un pequeño dispositivo que nos resulta indispensable en estos tiempos: la agenda. Que, si se trata de no olvidar, ordenar o ser una guía, las agendas y su imperativo, “¡haz!”, nos hacen vivir nuestra existencia como si la productividad fuera el fin de nuestra vida. Claro, podemos agendar hasta el año 2030 y más, pero sin olvidar que tal vez esa vida nunca ocurrirá: hoy puede ser la última vez del café por la mañana, del ladrido del perro del vecino, de la lluvia veraniega en el parque.

Agendar se puede convertir en nuestra excusa para no estar en el presente y llenarnos de lo que no existe; aparece, antes que otra cosa, como control ante el futuro incierto. Y así sucede que nos vamos agobiando, los nervios se tensan más y más, y el descanso, incluso, se convierte en parte de la agenda.

Si el estrés está tan presente en el siglo XXI es porque lo cargamos en la mochila, en la bolsa, y cada vez que tomamos nota o debemos recordar la siguiente actividad, provoca en nosotros un orgullo porque los ocupados —¿los más enfermos?— hemos olvidado que nuestro propio padecimiento lo programamos nosotros mismos.

Una parte de lo anterior puede ser sanado con momentos profundos de contemplación, es decir, permitir que todo lo que nos rodea se muestre como es, sin juzgarlo. Dejar que la verdad que sostiene todo lo creado afecte nuestro corazón y nos cure la ansiedad de dominarlo todo, es un ejercicio de humildad. Dios está ahí, dice Ignacio de Loyola, dando a todas las cosas el ser. Al alimentarnos de su fuerza creadora; al contemplar a los seres humanos, las plantas y los animales sin clasificar, sin querer controlar a todos y a todo, Dios nos puede regalar la paz que no nos puede dar la productividad.

Aceptar lo anterior hace que la vida de quienes apuestan por una existencia con fundamento en la contemplación de algo inexpresable sea una parte del remedio para sanar el estrés. El estilo de vida contemplativa como un modo de estar en la cotidianidad puede ayudarnos a enfocar nuestra mirada en eso que no se ve a simple vista y, sin embargo, está ahí para sanarnos. La ruta está en acercarnos a las casas de oración y aprender de aquellos que han practicado el arte de estar ahí, en la realidad amorosa de Dios.

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