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Plantar como ejercicio interior

La planta es frágil y absolutamente dependiente, como todos aquí. Contemplar su crecimiento nos maravilla. Hay algo ahí que nos desborda, que no podemos controlar; ese algo se nos regala y clama con su belleza por preservar lo efímero

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Foto: Wikimedia Commons
Foto: Wikimedia Commons

En una ocasión, unos amigos decidieron crear un espacio donde compartir la vida. La casa que construyeron cuenta con varios cuartos que se comunican con un mismo jardín. Un día, dos de sus integrantes dialogaban acerca de cómo imaginaban el jardín que, de alguna manera, consideraban el corazón de la casa. Uno de ellos, de nombre Gabriel, quien vivió algunos años de su vida en Tokio, decía:

—Deberíamos hacer un jardín austero; en mi experiencia, debe ser un espacio que nos ayude a generar un estado interior. Yo sólo colocaría una piedra y todo lo demás sería vacío.

Marcelo, de personalidad más alegre y bromista, argumentaba que era mejor un lugar lleno de plantas:

—Uno que nos quite la sensación de estar solos, y, cuando lo miremos, nos haga sufrir por la belleza de sus flores.

Ese día, los integrantes de la comunidad votaron por el estilo que debería tener ese espacio. Ganó la idea de Gabriel. Pero las cosas ocurren como deben ocurrir: siguiendo el camino de la paradoja y el contrasentido. Y es que, aunque el jardín estilo japonés estaba acordado, durante el primer viaje que Gabriel hizo, la sencillez se transformó con colores voluptuosos, entre piedras con cieno y cuevas de hormigas lascivas todoterreno. Al regreso de Gabriel a la casa, no pudo más que aceptar la colonización de lo verde. Aunque desconcertado, Gabriel gentilmente preguntó a Marcelo:

—¿Es acaso que la vida interior del ser humano es más fecunda cuando se va a los desiertos?

Marcelo reviró a su querido hermano:

—Como el sol y la lluvia, estamos para ayudar a la semilla a germinar, la cuidamos, la protegemos y, seguramente, la veremos morir. El espíritu está listo para entregarse, para comprometerse. La planta es frágil y absolutamente dependiente, como todos aquí. Contemplar su crecimiento nos maravilla. Hay algo ahí que nos desborda, que no podemos controlar; ese algo se nos regala y clama con su belleza por preservar lo efímero de su existencia.

El silencio presenciaba la escena. Un silencio florido, como efecto del jardín japonés sureño. Marcelo miró el fondo del vaso que sostenía en una mano.

—El ser humano, al depositar la vida frágil que anuncia una semilla, se reconoce a sí mismo como la potencia que no se basta en soledad. La flor más bella, nuestra vida con mayor sentido, necesita de raíces nutridas por el agua y el sol, y el cariño de un gesto imperceptible, que acompaña, mas no dirige; que impulsa, pero no manda.

—Ya veo. Plantar. Un acto que aprendimos desde el árbol del bien y del mal. ¿Será que plantamos nuestro mayor pecado? —continuó Gabriel.

—Mejor aun que la falta: el asombro que nos generan. En las plantas aparece ante nuestros ojos un sinfín de colores que nos hablan de la pluralidad de los modos que tienen para realizarse. Las figuras geométricas de las plantas, perfectamente delineadas, nos hacen sospechar la personalidad de Aquél que las pensó y modeló con su energía...

A veces, cuando estoy frente a las plantas que hay en mi cuarto, recuerdo la conversación de Gabriel y Marcelo. De ese jardín aprendí sobre la fraternidad y la compasión, esa que brota al contemplar a los seres que se alimentan de luz.

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