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Mujer de tierra

Karenina Casarín se mudó a Centroamérica para, apuntó en su blog, “aprender lo que como urbana no he experimentado: el trabajo en el campo”. La decisión se enmarca en una vida donde el activismo lleva mano. 

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Karenina Casarín es contraria a lo común. Se mudó a zonas rurales entre Guatemala y Colombia para emprender Manos de Tierra: capítulo Centroamérica, proyecto para informar sobre las acciones del Movimiento Agroecológico de América Latina y el Caribe (Maela), en su afán de recuperar los conocimientos ancestrales y mejorar las alternativas para trabajar la tierra.

“El sistema que nos hizo olvidar de dónde venimos no nos deja desacostumbrarnos de los empaques que contaminan, de los efectos monetarios de la crisis, de las violencias y criminalidades que nos agobian, de los miedos, de las enfermedades, de los gobiernos que nos prometen… Por todo esto […] busco aprender de los campesinos lo que a mis 27 años como urbana no he experimentado: el trabajo en el campo”, describe en una carta publicada en su blog.

Su proyecto avanza en foros, talleres, congresos o reuniones. Ella asiste, observa, sistematiza la información, arma bitácoras, graba sesiones de trabajo y produce videos y crónicas. Durante un mes y semanas de recorrido comenzó a aprender cómo sembrar según los ciclos de la Luna; alternativas a los abonos químicos; reutilizar llantas para cosechar betabeles; encontrar agua con técnicas ancestrales.

Las causas que promueve son su forma de vida. Usa bicicleta y es activista. En 2007, junto con estudiantes del ITESO, fundó el Colectivo Movilidad Solidaria, con quienes promovió la bici como medio de transporte y organizó un sistema de aventones para la comunidad universitaria. Formó parte de Ciudad para Todos y GDL en Bici, entre muchas otras cosas. ­¿Qué destacar del perfil profesional de Karenina? “Su compromiso social desinteresado, pero avaricioso por alcanzar logros para la comunidad”, describe Heliodoro Ochoa, investigador del ITESO.

Antes de migrar, formó parte del equipo de Comunicación del Centro de Investigación y Formación Social (CIFS). Las paredes de su oficina siempre fueron un lienzo para la protesta social. Descubrió en carteles, fotos y postales su interés por los derechos humanos, el respeto al medio ambiente, la paz de México, la igualdad de género.

“A veces me imagino que Karenina fue de esas personas que volvieron encarnar después de alguna lucha social de los años sesenta o setenta, y ahora viene mejor equipada”, describe Catalina González, coordinadora de Comunicación del CIFS. Pablo Montaño, su amigo de juergas activistas, la describe como una “persona libre en la medida que actúa conforme a lo que siente”. m

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