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Metro Obrera

La mujer bajó del vagón en la siguiente estación, pero me sonrió cuando la puerta se cerró. Al día siguiente no la vi vendiendo dulces, tampoco después: el zarape sobre el que acomodaba su mercancía no estaba

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Foto: Wiki Commons
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Creí en ella de la misma manera en la que creí en otros: ciegamente y sin preguntar. El acuerdo de que el pequeño departamento amueblado y muy barato estaría listo en dos días —“no, en cinco, en una semana, segurísimo”—, me había llevado al tercer piso de un edificio que por fuera se veía en ruinas, pero que por dentro pudo ser ideal. Le creí porque vivir una infancia en la que no se puede confiar en alguien que desaparecerá de un momento a otro, así como las constantes mudanzas a lugares que no eran un hogar, termina siendo una coraza que a los veintitantos ya no es una posibilidad. Le creí porque ese departamento totalmente vacío era también una promesa: la transición a otra vida, comenzar de cero, un lugar donde aguardar a que todo estuviera listo. La única ventaja era que el edificio estaba afuera de un acceso al metro Obrera, y en cosa de cinco minutos podría sumergirme en las arterias de la ciudad.

Dormir en un colchón inflable con las dimensiones de una tabla de surf no era un inconveniente, no lo es para alguien que ha acomodado la espalda sobre el concreto, pero bañarse con agua helada los primeros días de diciembre sí, si por coincidencia y azar algunos de esos baños fueron en la tina de mármol de la casa de un demente.

Una semana, a lo mucho diez días para dejar de flotar con los brazos pegados al cuerpo, mirando el techo, en la inmensidad de un piso de duela que, en otras condiciones, podría ser un hogar para mí y la persona a la que estaba buscando.

―Vas a estar muy segura aquí, luego disfrutarás el otro departamento, es pequeño y acogedor, pero aquí es otra cosa, ya te darás cuenta, espero que no tengas inconveniente. Es provisional, sólo no te asomes al departamento de abajo, igual es nuestro, y no hables con la vecina del primer piso, nos tiene mala fe, pero aquí tienes la llave, una semana, a lo mucho dos.

Creerle, con la misma ceguera de toda la vida; pensar que pronto el piso de duela me daría el pase al pequeño departamento; mi plan: seguir buscando hasta encontrarlo y decirle ya regresé, por fin vamos a tener un hogar.

Siete días y no había señales de nada, ni del departamento listo ni de algún trabajo en puerta. Tampoco de él, a pesar de seguir pistas y su rastro como un sabueso que va de una casa a otra oliendo la esperanza. Paciencia y fe, una siempre debe tener paciencia y fe. Precisamente eso era lo que me tenía flotando sobre el mar de duela, trazando mentalmente una ruta para sumergirme al día siguiente en las entrañas de la tierra a través de los rieles. Esperanza de que regrese a mí lo que ya fue mío. Una semana sin novedades, únicamente entrar y salir por la boca del metro, como si mi oficio fuera buscar entre el humo a quien se ha convertido en polvo.

La primera vez que la mujer se me acercó fue en un vagón, cuando el tren detuvo su marcha en medio del túnel.

—Tú vives en el edificio verde aquí afuera. —No le contesté. Cuando la vi mejor, la reconocí: era la mujer que vendía dulces en la banqueta junto a la puerta del edificio. —Vives en el tercer piso, arriba del piso de las esclavas. —El tren reanudó su marcha, le pregunté de qué esclavas hablaba. —Las esclavas —dijo—, las sacaron de ahí el año pasado, todos nos acordamos.

La mujer bajó del vagón en la siguiente estación, pero me sonrió cuando la puerta se cerró.

Al día siguiente no la vi vendiendo dulces, tampoco después: el zarape sobre el que acomodaba su mercancía no estaba, pero en la escalera coincidí con la mujer del primer piso. Antes de que abriera la puerta de su departamento, le hablé.

—Señora, ¿podría decirme qué pasó con las esclavas del otro piso? Acabo de enterarme.

—El año pasado se las llevaron —dijo—, luego pusieron candados, cintas y una reja. Parecían fan-
tasmas.

Antes de que pudiera preguntarle otra cosa, cerró la puerta.

Más fe, más paciencia, más coraje para no deshacerme en llanto con la fotografía en blanco y negro tamaño infantil, lo único que me quedaba para seguir buscando. No había noticias del departamento, pero ya tenía en mente un par de cortinas blancas para darle pinta de un verdadero hogar, porque por algo se empieza. Los mensajes de texto que enviaba para saber si por fin podría comenzar mi vida, nuestra vida ahí, seguían siendo botellas lanzadas al mar.

El décimo día en el departamento desnudo con piso de duela encontré un televisor, un poco viejo pero con una antena de conejo, a un costado de la puerta. Lo había dejado la vecina del primer piso. “Por si pasas demasiado tiempo aquí, para que no estés sola”.

La segunda semana transcurrió con la misma calma aparente que el resto de mis días. Los dos únicos mensajes que me importaban decían más o menos lo mismo. “En estos días queda, sé un poco paciente. Ya tenemos los datos, estamos cerca”. Del trabajo, ni sus luces, podía seguir dedicándome a lo mío. El frío se había instalado en cada espacio del departamento, era la piel de las paredes, ventanas, el mar de duela. El sonido de la televisión cuando captaba un canal, a veces dos, era la mejor parte del naufragio.

Otra tarde salí del metro, la mujer de los dulces seguía sin aparecer. Su espacio, vacío. Pasé de largo y rápidamente por el segundo piso, el de las esclavas, y no le dediqué más de una mirada a la reja, los trozos de cintas descoloridas. En la puerta del departamento vacío había una pequeña maceta con una flor amarilla y una etiqueta rota que decía “Hope”.

Había dejado de contar los días en el tercer piso del edificio en ruinas. No eran demasiados, pero tampoco los menos. Quizá fue el día veinte o veintiuno que cayó una lluvia terrible, hizo un frío despiadado que me provocó una fiebre como para pasar sudando todo el día acostada en el suelo. Al día siguiente sonó mi teléfono, un mensaje de texto, el único que me importaba, contenía cinco palabras.

El dolor en el pecho me obligó a salir a la calle, necesitaba aire. En la puerta había un termo con café y un par de vasos de unicel. Salí del edificio y vi de lejos a la mujer de los dulces. La abracé, le pedí que subiera conmigo y no le expliqué más. Puse el termo y los vasos junto al rectángulo que me servía de cama y me acomodé en su regazo. No quería estar sola ante aquello. Ya no quería. .

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