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La vida en una maleta

Las personas que viajan constantemente por motivos profesionales tienen tendencia a desarrollar problemas, debido a lo que los expertos llaman “desmembramiento de los afectos”: estrés, soledad, debilitamiento de las relaciones familiares, problemas de salud derivados de la inestabilidad. Sin embargo, aquellos que aprenden a lidiar con tales inconvenientes pueden enriquecerse al estar en contacto con otras culturas.

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Parece que las campañas para prevenir la obesidad surtieron efecto en Jorge Aguilar, porque decidió que no llevaría más una vida sedentaria: alistó sus tenis y comenzó a hacer ejercicio. Aunque su rutina tiene poco de rutinario: un día puede vérsele correr en Puerto Rico a las tres de la mañana, otro en Cancún y otro en Las Vegas en el gimnasio de uno de esos hoteles en los que es imposible saber qué hora es.

Como es camarógrafo de TV Azteca, Jorge vive persiguiendo boxeadores por todo el mundo, lo que le implica viajar de martes a sábado. Si sacamos la cuenta, esto significa que permanece en su casa alrededor de ocho días al mes, es decir 92 días al año. A pesar de lo ajetreado de su trabajo, busca darle a su vida un sentido de normalidad.

“Al final hago lo mismo que si estuviera en una oficina, pero lo que cambia es el lugar. Por ejemplo, yo, en vez de salir a pasear a Perisur (en el Distrito Federal, donde vive), voy a la plaza de la ciudad en la que estoy”, relata vía telefónica desde Sonora, lugar que le entusiasma porque es fanático de las carnes que se sirven en el Norte de México.

Jorge Aguilar, de 29 años, es una de las muchas personas a las que el ejercicio de su profesión les implica viajar constantemente. Para ellos, el trabajo se convierte en una forma de vida en la que al final de la jornada duermen en la cama de un hotel. Aun con lo desgastante que puede ser, Jorge considera que el saldo es más positivo que negativo. Pero contextualiza: actualmente no tiene pareja ni hijos. Cuando su situación de vida cambie, revalorará si desea estar tanto tiempo fuera.

* Brenda Campos es directora de Programas de PCI Media Impact y viaja por el mundo desarrollando programas de entretenimiento educativo.

Para Ramiro Cárdenas, de 30 años, casa y hogar no son sinónimos. Trabaja como tripulante en yates privados y a veces tiene que estar hasta seis meses en altamar. La casa, entonces, se convierte en el espacio físico que habilita para vivir dentro del barco; su hogar está en Guadalajara.

Al preguntarle cuánto tiempo pasa fuera de su ciudad natal, confiesa que le es más fácil hacer la cuenta inversa: lo más que llega a estar en su casa son cinco semanas al año; eso, si decide pasar ahí su periodo de vacaciones.

“Para mí, volver es más difícil que irme. Cuando vengo, trato de ver a todos y veo cómo la semana se va agotando. Hay veces que se me antoja quedarme aquí, buscar un trabajo en tierra, pero yo estoy más acostumbrado y me siento más ágil moviéndome fuera de casa”, relata a través de Skype desde Guadalajara, cuando acaba de regresar de Francia, donde tomó un curso en náutica.

Ramiro está consciente de que mientras está en el barco, la vida de sus seres queridos en Guadalajara sigue, y cuando regrese, será él quien tenga que adaptarse a los cambios.

Este estilo de vida promueve el desmembramiento de los afectos del viajero frecuente y genera estrés, lo que en los casos más críticos genera cuadros de depresión, explica Ana María Zellhuber, psicoanalista y directiva de la empresa Vinland, especializada en servicios de psicología laboral. Zellhuber también detalla que trabajar viajando tiene un lado positivo porque enriquece en el aspecto cultural y aumenta el grado de tolerancia en la persona.
 

No soy de aquí ni soy de allá

El arquitecto Abel Perles (39 años) es un argentino que casi no parece argentino… Al menos es lo que le ha dicho mucha gente. Los de su patria tienen fama de ser muy directos al hablar, lo que puede chocar con las formas en exceso amables de ciertos países latinoamericanos, incluido México.

En Punta Cana, en República Dominicana, descubrió que si quería que la obra que supervisaba tuviera éxito, debía suavizar la forma en la que pedía las cosas a los trabajadores. “El argentino en todas partes suena fuerte, prepotente, y yo me di cuenta de que no es algo que yo elijo. No es que yo sepa que hay muchas convenciones culturales y que elijo no usarlas, por mi educación, para mí no existen. No es que yo elija no pedir permiso para levantarme de la mesa, es que no sé que eso se tiene que hacer, son cosas que descubrí andando por Latinoamérica”, reflexiona en una charla en su oficina que pudo concretarse gracias a que le cancelaron un viaje a Los Cabos. Junto con tres socios, Abel lidera la empresa Productora.

Dominar códigos internacionales es una de las habilidades que deben procurar tener los viajeros frecuentes, explica Salvador Rodríguez-Gil, fundador de la empresa Pangea, que ofrece cursos de adaptación multicultural a expatriados y personas que viajan mucho. “Hay que tener en cuenta que, aun así, hay cosas que son iguales en todo el mundo y tenemos que estar muy sensibles para leerlas. Por ejemplo, la cara de enojo es la misma aquí y en China; disculparse por haber ofendido a alguien al hacer o decir algo políticamente incorrecto, va a funcionar, estés en donde estés”, asegura.

Las personas que llevan este estilo de vida nómada desarrollan la habilidad de poner atención especial en los detalles. Abel, por ejemplo, se ha dado cuenta de algunas características de las ciudades que visita al observar cómo están distribuidos los aeropuertos —claro que también influye que es arquitecto. En Punta Cana, igual que en Huatulco, donde la sala de embarque es una palapa, supo a primera vista lo calurosa que sería su estancia ahí; en La Paz, Bolivia, a un lado de la cinta para recoger las maletas había un cuartito con máscaras de oxígeno. Deducción: la altura le podría causar una descompensación.

Ese Oriente tan lejano

Lo peor que te puede pasar en Japón es que el viaje te salga bien. Al menos así lo considera el arquitecto Abel Perles: “Es impresionante: todo está pensado, todo está limpio, todo funciona al minuto que te dicen que va a funcionar. Lo único que tienes que hacer es tomarte unos minutos más para leer los letreros y buscar la letrita en inglés”.

Este viaje lo marcó porque puso a prueba su capacidad de orientación y de adaptación: “Me gustó ver que funcionaba, al tercer día yo ya sentía que los entendía. Me sorprendió que en todos lados hay baños limpios, yo no tenía que regresar al hotel para nada. Es una civilización que está como veinte años adelante”.

Para la reportera Viridiana Ramírez, el mayor choque cultural lo ha sentido precisamente en el Lejano Oriente. En Taiwán, para ser más exactos.

“Primero no le entendía nada a la guía, porque la forma que tienen allá de hablar el inglés es de lo peor. Y si me hablaba en chino, menos. Las costumbres son totalmente diferentes, tienes que ir preparado para enfrentarte a algo así, hasta la forma de comer, te están hablando con la boca llena, pueden estar arrojando la comida, y para ellos eso es lo más normal”.

Por un lado, consideró que las personas son muy frías y se acercan poco físicamente; pero, por el otro, se desviven en atenciones. “Todo te quieren regalar, y si te niegas es considerado como una gran ofensa. Además, nunca me pude adaptar al clima porque es muy húmedo”.

Jorge Aguilar también tiene sus anécdotas sobre China. Le impresionó sobre todo la ciudad de ShenZhen: “Es totalmente diferente, es como un experimento de China. La quieren hacer como más capitalista y la mayoría de la población son jóvenes de universidad”.

En Tokio le sorprendió que la gente no se toca y los novios no andan besándose por la calle: “Me acuerdo que llegamos a un centro comercial de puros videojuegos y todos los chavitos estaban jugando con su game boy afuera, lo curioso es que todos tenían sus bicis a la orilla, paradas, sin cadena ni nada; imagínate eso en el DF”.

“El aeropuerto está a 4 mil 100 metros de altura; la gente se desmaya mientras espera su equipaje. Después te tomás un té de coca y te acomodás, pero los primeros días yo iba en cámara lenta y todos andaban rapidísimo. Cuando comía era como cuando estás resfriado, que o comés o respirás... Hasta se me enfriaba el plato”.

No ser cauteloso puede tener graves consecuencias. Fue un aprendizaje que a Viridiana Ramírez (26 años) le costó caro. Ella es reportera para el suplemento Destinos, que se encarta en el periódico El Universal, y tuvo una experiencia que preferiría no haber vivido: “Fuimos a un bar en la noche. Estábamos en Jamaica, obviamente, lo que queríamos era bailar. Dejamos las cosas en la mesa mientras estábamos en la pista y a uno de mis compañeros le sembraron mariguana en el estuche de su cámara. En un momento le dijeron que le harían una revisión y se la encuentran. Fue horrible, sacaron a todos del bar, a nosotros nos esposaron, nos amenazaban con llevarnos a la cárcel, porque es un delito federal, y al final lo que querían era dinero”, relata en una entrevista en la sala de juntas de la redacción del diario, un día de cierre en el que tenía que atender mil cosas a la vez.

Ramiro, más que reflexionar en la experiencia multicultural que le deja su trabajo, destaca el hecho de que él también es visible para las demás personas y le duele cómo se ha modificado la percepción sobre los mexicanos durante los cinco años que lleva viajando: “La nacionalidad mexicana es muy aceptada, pero sí ha cambiado. Al principio, cuando yo decía que era de México, la gente se alegraba y me preguntaba por las pirámides y la cultura. Ahora, ponen cara de susto y me preguntan sobre la violencia”.

Vidas lejanas

2009. Madrid. Una mujer sola en Nochebuena.

La mujer es Viridiana. La mandaron a hacer una cobertura a España y su regreso se complicó. Al reprogramar el vuelo, descubrió que podría abordar hasta el 25 de diciembre a la una de la tarde; si quería volar antes tendría que pagar el boleto con dinero de su bolsillo y en esas fechas las tarifas son muy elevadas.

 “Lo único que pude hacer fue conectarme [a internet] para enviar un correo a mi familia, pero no es lo mismo. Te entra una nostalgia… Es ir por las calles y darte cuenta de que todos están conviviendo en familia y que tu familia puede estar haciendo lo mismo... Y tú solo... Además la gente ni te pela. Yo decía: ‘Cómo quisiera aunque sea estar en el aeropuerto’, porque yo sé que no soy la única, porque muchos están solos también”.

Viridiana tiene claro que es muy probable que no sea la única Navidad que pase fuera de casa. Para ella, su estilo de vida es prácticamente un vicio. Sin victimizarse, reconoce los aspectos negativos de tener un trabajo tan nómada: se ha vuelto alérgica al aire comprimido, por lo que tiene que volar “empastillada”;  hay alimentos, como el gluten, que ya no digiere bien; se le han incrementado los desórdenes alimenticios, además los hormonales, que redundan en menstruaciones molestas.

Ana María Zellhuber explica que la percepción de Viridiana de su trabajo viajero como “un vicio” tiene sustento científico. Ciertamente, su forma de vida puede ser como tener una adicción: “El trabajo que implica viajar es muy exigente físicamente, lo que provoca liberación de endorfinas por el grado de aceleración. La endorfina, como su nombre lo indica, es una morfina que produce el organismo, no precisamente  mala. La producimos cuando hacemos ejercicio, cuando meditamos, etcétera. Pero si hay niveles de estrés fuertes que producen cantidades fuertes de endorfinas, sí pueden volverse una adicción para el organismo”.

Ramiro Cárdenas experimenta la misma sensación. Después de darle varias vueltas al mundo, ya está cansado de llevar siempre la mochila al hombro. Pero no encuentra la forma de regresar a tierra: “A nivel de satisfacción laboral ha estado muy padre la experiencia. He conocido lugares, mucha gente interesante. ¿Cuántos años más pienso hacerlo? Espero que no muchos, ya hay un punto en que se llega a un clímax y hay que reestructurar. Me hago muchos cuestionamientos, pero ya cuando lo veo de una manera más fría me doy cuenta de que este trabajo está muy bien”.

Dos hijos y una esposa son motivo suficiente para que el publicista Rolando Cuevas (42 años) tome decisiones diferentes en su trabajo: “Cuando Mariano (su primer hijo) estaba chiquito me tocó estar en Venezuela en una de las últimas elecciones que ganó Hugo Chávez. Nosotros teníamos que acabar un comercial un martes, pero el domingo anterior eran las elecciones. Tanto el creativo como yo dijimos: ‘Nosotros nos regresamos el viernes’. Acá en México se armó un drama porque nos habíamos venido sin terminar el comercial, pero yo no me iba a exponer a que hubiera alguna bronca, cerraran el aeropuerto y yo me quedara atrapado con mi hijo chiquito en México”.

Rolando habla por experiencia. Años antes le tocó quedarse tres semanas varado en Buenos Aires porque el cliente para el que estaba trabajando desapareció... se fue a un Carnaval. En aquel tiempo, la que ahora es su esposa se acababa de mudar a vivir con él y su hermano había fallecido recientemente.  Le tocó vivir el duelo en una ciudad extraña. “Los fines de semana, yo lo que hacía era comprarme una pizza, cervezas y quedarme todo el día en el hotel viendo futbol mexicano”.

Actualmente, Rolando es productor de la agencia Camaleon Films.

Decisiones

Jorge, Rolando, Abel, Viridiana y Ramiro coinciden en que un trabajo que implique viajar constantemente a veces les deja la sensación de soledad. Jorge, un poco más optimista, lo califica como “independencia”. Viridiana prefiere llamarlo “un desapego elegido”: programarse para que no le afecte que le llamen y le avisen que tiene vuelo ese mismo día a las 10:00 de la noche.

Ramiro ha visto cómo sus conceptos han ido mutando: “Al principio lo llamaba soledad, después lo convertí en ausencia, una ausencia de todo. Sí se necesita mucha cabeza como para poder llevar bien esa situación”.

Los profesionales con los que Salvador Rodríguez-Gil ha trabajado en sus asesorías, le expresan la misma inquietud. Lo que les recomienda es dejar de pensar que tener un trabajo que te permite viajar y tener relaciones interpersonales sólidas son situaciones mutuamente excluyentes: “Hay que ver las cosas de otra forma. Primero es importante que todas las personas cercanas emocionalmente estén de acuerdo con ese estilo de vida, y todos pongan de su parte. Si es la esposa, que considere ir por él al aeropuerto de vez en cuando. Si  son los amigos, igual. Y que el viajero frecuente también esté dispuesto a darle tiempo de calidad a cada uno”.

Tips de viajeros expertos

Ramiro, Viridiana, Rolando, Jorge y Abel recomiendan:

• Ir lo más ligero posible, teniendo en cuenta que siempre se regresa con más peso del que se lleva. Ramiro, incluso, se atreve a cuantificar: de lo que empacaste, seguro 30 por ciento no te hará falta.

• Llevar un dispositivo con el que te puedas conectar a internet. Abel prefiere el iPhone a la computadora, porque le implica cargar menos peso.

• Utilizar maletas de plástico, porque si llueve en el aeropuerto evitas que se te mojen las cosas.

• Llevar un cambio de ropa en el equipaje de mano si se documenta la maleta, por si hay algún retraso con el equipaje.

• La cámara fotográfica siempre es indispensable.

• Empacar  un  botiquín que incluya: gasa, pastillas para el dolor, pomada para dolores musculares y, en el caso de las mujeres, toallas femeninas.

Ana María Zellhuber coincide, desde su experiencia como  psicoanalista. Recomienda que el involucrado trate de controlar la frecuencia de los viajes lo más posible, y que procure tener tiempo libre una vez al mes, mínimo. Esto además ayudará a que físicamente no se canse tanto y, por ende, a que su ánimo éste menos propenso a decaer.

Al final, sólo se trata de decisiones. Ramiro, Viridiana, Rolando, Jorge y Abel seguro tomarán el próximo vuelo que venga. Después, la vida dirá. m

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