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La revolución musical nació en Venezuela

El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela tiene más de 350 mil participantes en todo el país, 100 orquestas de iniciación, 150 orquestas infantiles, 146 juveniles, 25 agrupaciones musicales de Educación Especial, 342 coros infantiles y juveniles, 363 grupos de música de cámara… Y genios como el célebre director Gustavo Dudamel

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En 2009, las calles populosas de La Vega, barriada de Caracas que comúnmente captura los titulares de la prensa por hechos delictivos, recibió una visita inesperada: la Sinfónica de la Juventud Venezolana “Simón Bolívar” ofreció un concierto para celebrar los 442 años de la fundación de la ciudad.

Esta parroquia de más de 143 mil habitantes es un atestado paraje urbano donde las precarias construcciones de ladrillo y latón se extienden hasta las cumbres de los cerros. En sus avenidas impera el denso tránsito y los jeeps que transportan a los vecinos ponen reggaetón y salsa a todo volumen. El habitante de La Vega vive y muere por ese barrio; es famoso por el amor que le profesa a sus calles atestadas y coloridas, donde vida y muerte danzan a diario.

Esa mañana, centenares de motorizados, taxistas, jóvenes estudiantes y trabajadores informales llenaron la calle Independencia de La Vega, esperando ver lo que jamás habían presenciado. Por un día, la salsa, el merengue y el vallenato dejaron su reinado para hacerle espacio a la potencia majestuosa de cuerdas, vientos y metales de una orquesta sinfónica.

El director Gustavo Dudamel marcaba los compases con energía inusitada y la música inundó las veredas de este barrio. El repertorio arrancó con Alma llanera, pasó por el Mambo y terminó con Caballería ligera. Los habitantes que asistieron, estupefactos, reaccionaron con lágrimas y aplausos.

Las amas de casa fregaban ropa y se asomaban incrédulas para ver la corona de rizos de Dudamel, vestido de negro, quien se agitaba visiblemente emocionado. Varias jovencitas embarazadas se tocaban los vientres abultados al compás del mambo. Como si estuviesen frente una banda de salsa, pop, rock o reggaetón, coreaban: “¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!”.

Fue uno de los momentos climáticos que el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela ha cosechado desde hace 33 años. El Sistema, fundado en 1979 por el músico, economista y gerente cultural José Antonio Abreu, ha sembrado de orquestas los 22 estados de la República Bolivariana de Venezuela. Una concepción distinta de la cultura tradicional, una metodología única y el apoyo estatal han logrado una verdadera revolución que muchos llaman “el milagro orquestal venezolano”.

En el Sistema participan más de 350 mil personas, 15 mil profesores de distintas nacionalidades han compartido su talento y se han fundado 100 orquestas de iniciación, 150 infantiles, 146 juveniles, 342 coros y 363 grupos de música de cámara. Cuenta además con 25 agrupaciones musicales de Educación Especial y un programa académico para las cárceles, con 2 mil alumnos.

En 1995, la UNESCO le otorgó el Premio Internacional de la Música en 1995 y tomó su modelo de gestión —galardonado en 2008 con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes— como ejemplo para la creación del Sistema Mundial de las Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles. Incluso áridas instituciones financieras, como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), han sido cautivadas con la pertinencia, la productividad y la excelencia del Sistema: en 2007 aprobaron un préstamo de 150 millones de dólares para apoyarlo.

¿Qué condiciones especiales permitieron que esta iniciativa se gestara en Venezuela? ¿Son los venezolanos un pueblo especialmente musical? ¿Cómo una iniciativa tan masiva y ambiciosa logró mantenerse durante décadas en el volátil ambiente político venezolano? En resumen: ¿qué hace tan especial a este Sistema?

 

Un método para el mundo


El corazón operativo de este proyecto se incrusta en las moles de concreto y acero del Parque Central, otro moderno desarrollo urbanístico en la capital venezolana que ahora acusa cierto abandono. Además de las oficinas administrativas, allí está el núcleo de San Agustín, a donde decenas de niños acuden diariamente a recibir clases de iniciación musical.

Menuda y morena, de grandes ojos vivaces, Janeiri Barradas es una aventajada alumna del método forjado por Abreu. A sus 12 años es la concertino —la solista de los violines primeros— de la orquesta infantil de este núcleo y emprende todos los días un largo peregrinaje para atender su pasión musical.

Vive en El Llanito, a 40 minutos del centro capitalino, y lleva su violín a cuestas por todas partes: “Desde los cinco empecé acá. La primera clase que vi fue Iniciación Musical; mi mamá estudió mandolina y mi papá canta y toca la guitarra y el cuatro. Desde chiquita había música en mi casa”.

Desde hace un par de años comparte escenario con Guillermo Carrasco, chelista quinceañero que explica con una amplia sonrisa su camino como músico: “Llegué a los seis años, acá me enseñaron a cantar y después entré al coro. Después empecé a avanzar y empecé los estudios de violonchelo. Mi mamá es chilena y adora cantar, ella fue la que me trajo”.

Las aulas de este núcleo se ubican en uno de los sótanos laberínticos de Parque Central. Niños y niñas ataviados con camisetas azules que dicen en grande “San Agustín” forman coros improvisados en todas partes, corretean en las afueras y los pasillos de las instalaciones mientras acarrean instrumentos o practican escalas.

La música no sólo se enseña sino que se respira en cada recodo. Chelistas esperan su turno para ensayar, clarinetistas y saxofonistas limpian con esmero las llaves refulgentes de los instrumentos, trombonistas soplan con denuedo y un rumor glorioso resuena por todas partes. Cuando el visitante se detiene y cierra los ojos para escuchar la melodía que este atrevido y jovencísimo ejército está tocando, descubre maravillado que se trata de la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky.

Carlos Sedán dirige esta tropa de promesas que tocan por doquier: “Ofrecemos al niño la oportunidad de conocer la música desde lo tangible, desde tocarlo, comprenderlo y entenderlo. Se le dice: ‘Esto es un Do y no es un signo en un papel, sino que suena, y dentro de cada obra tiene un contexto y una importancia. Es otra cosa”.

Este pianista, formado en la metodología tradicional de la enseñanza musical, aún se maravilla por la eficaz pedagogía con la que aprenden los alumnos de este proyecto. Fue un precoz y brillante estudiante de piano, pero tuvo que esperar a aprobar con excelentes calificaciones el tercer año de teoría y solfeo para tener un maestro de piano en el Conservatorio.

“Lo tradicional es como enseñarle a los niños para qué sirve cada uno de sus músculos y las partes mecánicas de la bicicleta antes de que puedan montarse”, sonríe Sedán mientras compara los métodos. “Acá no. Empiezas de una vez a andar en la bicicleta y en el camino le enseñamos todo lo que influye y otras cosas. Hablarle a un niño de una escala, cuando ya la toca, es algo muy sencillo; es darle nombre a todo lo que ya maneja. Por eso el aprendizaje es muy rápido y nunca dejamos de sorprendernos”.

Esta libertad es la que explica prodigios como las orquestas infantiles y la fabulosa juvenil que se regodea en Vivaldi, juega con las fugas de Bach, estremece los escenarios del mundo con Beethoven, Mozart o Stravinsky, baila al son del mambo y los danzones, riega los acordes melancólicos de Chopin y le devuelve al público el Mahler más excelso y elevado.

La común realidad latinoamericana nos muestra grandes metrópolis atestadas donde los padres trabajan todo el día mientras los chicos van a la escuela y pocas veces se dedican a otras actividades. El Sistema emerge en este complejo entramado social como una oportunidad para crear espacios donde la música le revele a los alumnos la grandeza de sus aptitudes, pero también les inculque disciplina, responsabilidad, tesón y conocimiento sistemático que les ayude para el resto de sus vidas.

“A veces uno siente el compromiso como algo pesado, pero creo que he madurado y avanzado más en el colegio. Aparte de las clases intento dedicarle dos horas al violín en mi casa”, dice Janeiri con gesto decidido. Luego agrega: “En el colegio me dan permiso porque siempre estudio mucho, y como es un arte, les gusta”.

Desde hace un par de años, ella y Guillermo se han presentado en varias ocasiones como solistas. Han sentido las caricias clamorosas del público rugiente, conmovido por sus interpretaciones. El joven chelista explica con emoción: “Recuerdo que hace unos meses tocamos un dúo de Vivaldi del Concierto en La menor. Es una experiencia muy buena porque la gente le toma cariño a uno, nos dicen que tocamos con pasión, que juntos sonamos bien. Claro que los ensayos son más difíciles, porque requieren unir el sonido y esas cosas”.

Janeiri guarda silencio unos minutos y concluye: “Cuando tocamos juntos, nos sentimos parte de algo grande. Es mucho más personal, cada uno le pone su forma a las obras y se siente muy bien”.

Después de varias décadas, este proyecto ya es suficientemente longevo como para que los que alguna vez fueran alumnos lleven ahora a sus hijos. O para que muchos de los maestros, como Tupac Rivas, la directora de la Orquesta Infantil del núcleo de San Agustín, se hayan formado en el Sistema; se ríe cuando afirma que es un “producto 100 por ciento del Sistema”, puesto que ingresó desde los seis años. Tres de sus seis hermanos también trabajan en esta iniciativa social.

“Es una manera de profesionalizar y hacer respetar este oficio, porque es una profesión”, dice Tupac con el brillo en los ojos cuando habla de su trabajo. “Nosotros trabajamos muchísimo, pero todavía hay quien cree que no es un oficio serio. Ahora hay un poco más de apertura y existen las orquestas y figuras como Dudamel, por lo que la gente sabe que esto también puede ser una manera de obtener un ingreso y es un estilo de vida respetable”.

Cuando ve a alumnos como Carrasco y Barradas, su semblante se llena de gozo. No es difícil advertir el orgullo que le da dirigirlos como solistas. Mientras los chicos se marchan a sus clases, explica: “Es una evolución constante, porque cuando un programa va avanzando, inmediatamente surge otro y se va enriqueciendo, así que la cosa no acaba nunca. Es un crecimiento vertiginoso”.

 

Un libertador para la música


Una estampa delgada y sobria que le otorga un aire marcial suele definir su figura. El rostro de José Antonio Abreu se suaviza con sonrisas plenas en las presentaciones públicas y las múltiples entrevistas que da cada año. Su figura enjuta y los ojos encendidos que posee son familiares para los venezolanos.

Su presencia en cada uno de los aspectos del Sistema está en todos lados. Para sus colaboradores, la palabra de Abreu es un credo que los lleva del éxtasis a la entrega de horas extra y fines de semana para continuar con este proyecto.

“Siempre nos hemos preocupado por el desarrollo y la aplicación de la metodología de la enseñanza musical en el campo social, es decir, comunidades pobres, comunidades con derechos vulnerados de los niños”, declaró Abreu en el documental La tierra de las mil orquestas de Televisión Española. “Allí se afrontan especiales riesgos para el desarrollo de la juventud acosada por la droga y la violencia que consiguen en el desarrollo musical de los niños una barrera implacable contra esos flagelos”.

Nacido en 1939, la intensa pasión que Abreu siente por la música dominó su ánimo desde los primeros años; a los nueve inició estudios musicales y se mudó a Caracas donde se convirtió en discípulo de los más grandes maestros venezolanos, que lo formaron como profesor ejecutante, maestro compositor y director de orquesta.

También cursó estudios de Economía y fue ministro de Cultura, pero la creación en 1975 de la Orquesta Nacional Juvenil de Venezuela “Juan José Landaeta”, signaría el derrotero del resto de su vida. Fue la primera experiencia en la que pudo practicar las ideas que se convertirían en su método: “La orquesta sabía que estaba cumpliendo una misión que trasciende el individualismo artístico. Hacemos algo que trasciende el ego y se sitúa en un plano mucho más generoso, más humanístico y más moderno contemporáneo, más a tono con la exigencia actual del arte. Se trata de convertirse en un instrumento de desarrollo para el hombre y no en un exclusivo campo de desarrollo de cultivo del ego de una estética encerrada en sí misma, una estética intrascendente; queríamos romper ese mito y acercarnos a una nueva concepción artística”, asevera en el documental de tve.

Usar la música como un instrumento de inclusión social, con un método único que privilegia la experiencia instrumental junto al conocimiento académico son elementos revolucionarios que explican el éxito y la permanencia del Sistema dentro de las políticas estatales, famosas por su inconstancia: los gobiernos pasan, pero la música permanece.

“Es un proyecto de Estado que se ha respetado a través de todas las etapas de nuestra vida política, que ya forma parte del sistema educativo de Venezuela y, sobre todo, del sistema de desarrollo social del país, porque ha demostrado que ha prestado una inmensa contribución al desarrollo de jóvenes y niños en áreas marginales. El sistema ha enriquecido de manera sublime la vida de comunidades marginales: es la luz, la alegría; y el goce del gran secreto de la música es lo que explica esto”.

La periodista cultural Chefi Borzacchini hace una crónica viva y completa de este fenómeno en su libro Venezuela, en el cielo de los escenarios, en el que diagnostica los grandes paradigmas sobre los que se basa la visión de Abreu: “Primero: jamás un niño venezolano tendrá que esperar tantos años para tener su instrumento y convertirse en músico sólo cuando sea adulto. Segundo: nunca más un músico venezolano se sentirá acomplejado y en desventaja pedagógica y artística frente al poderío de los asiáticos, europeos o estadounidenses. Tercero: no volverán los ejecutantes criollos a escuchar la frase ‘No hay vacantes’, porque Venezuela tendrá muchas orquestas sinfónicas. Y cuarto: nunca más ser músico en Venezuela será un oficio de aficionados sin oportunidades en los mercados laborales”.

Más de veinte países —desde Australia, Estados Unidos y Canadá hasta Corea del Sur, El Salvador, Guatemala, India y México— han acogido la estructura de formación social planteada por esta institución para generar cambios positivos en sus ciudadanías. No se trata de crear escuelas de música, sino de un proyecto social que usa la música para cambiarle la vida y brindar nuevas oportunidades a los jóvenes participantes. Estas experiencias muestran que Abreu tenía la razón cuando insistía en que la música “une a las personas frente a cualquier adversidad”. Pareciera que el primer lema de sus orquestas —“Tocar y luchar”— se ha convertido en un poderoso mantra que está más vigente que nunca.

 

Un ídolo para lo clásico


Como a toda gesta épica, al cantar del Sistema no le podía faltar un paladín. Gustavo Dudamel, joven director de orquesta que ya es aclamado como uno de los mejores de la historia, lleva sobre sus hombros el peso de ser la imagen del proyecto musical más importante de las Américas… Y quizá, del mundo.

Una corona de rizos alborotados, ojos oscuros que refulgen como tizones, una mirada quemante junto a la potencia que le imprime a cada compás hacen que los conciertos de este joven director se conviertan en algo único. Dudamel no parece dirigir una orquesta, sino ser el máximo oficiante de un rito sagrado.

Los asiduos a la Filarmónica de Los Ángeles, de la que Dudamel es director musical desde 2009, suelen exclamar con alborozo: “It’s amazing, it’s the Dudamel’s Experience”. Más allá de los fastos y la fama, el peso de la gloria temprana de este músico se debe a su innegable talento que arranca elogios como el de Timothy Mangan: “El mundo de la música clásica lo menciona como una clase de salvador —¿necesitamos uno?—, como si una bomba estuviera a punto de explotar. Y uno no puede dejar de preocuparse un poco porque esto recaiga sobre este joven diminuto, de mirada inocente y cabellos alborotados; pero una vez que camina hacia el podio todo parece estar bien. Dudamel es un director con un inmenso y eléctrico talento”.

Ni qué decir del exigente Jesús Ruiz Mantilla, temido crítico de El País, quien cayó rendido a los pies del venezolano luego de verlo dirigir: “Este venezolano de 28 años puede ser la primera estrella que despunte en la dirección de orquesta del siglo XXI […] En la dictadura de los clichés, la música clásica está rodeada. Para quien piensa que es un mundo perdido en manos de iniciados, pedantes y elitistas, la sonrisa de Gustavo Dudamel supone toda una ventana abierta”.

Sin embargo, poco puede hacerse para describir las emociones que este director despierta sin verlo. Basta con teclear su nombre en internet y escuchar algunas de las presentaciones en las que ataca a Beethoven, solivianta los ánimos con Mahler o baila el mambo, para entender las razones por las que los fanáticos de Dudamel parecen creyentes. Su figura esbelta frente a las orquestas le devuelve sentido a la música académica en un mundo donde reina Lady Gaga.

Como pasa con los héroes, Dudamel cumple con buena parte de las condiciones para la leyenda: nace en un hogar trabajador, lejos de la capital, hijo de un trombonista de orquestas de música tropical. El Sistema lo acoge a los cinco años, su talento lo lleva a dirigir a los doce y, cuando cumple 17, ya está al frente de la Sinfónica Simón Bolívar.

Pero el nacimiento del mito hay que rastrearlo en su temprana veintena. A los 23 años participó en el Concurso para Jóvenes Directores Gustav Mahler 2004 en la ciudad alemana de Bamberg. Allí se impuso a 15 concursantes de 13 naciones al interpretar varias piezas del compositor austriaco, además de Schubert y la Fuga con pajarillo de Aldemaro Romero.

La apasionada conducción, junto con su particular estilo académico que le permitió asimilar y dotar de un acento propio a las composiciones clásicas, convencieron al jurado de que acababa de nacer una nueva estrella. El resto es historia: más de quince orquestas quisieron contratarlo y, poco después, cuando se enfermó el maestro Frans Brüggen, los organizadores del Festival Internacional Beethoven lo llamaron para suplirlo al frente de la  Orquesta Filarmónica de Londres.

La intensidad única que el venezolano desplegó en cada concierto causó una honda impresión en el exigente público inglés. Prueba de ello fue que Gustavo recibió el “anillo de Beethoven”, que lo elevó al santoral de la música clásica como el mejor director de la Quinta Sinfonía.

Consciente de las responsabilidades que tiene y las exigencias del mito mediático, Dudamel permanece humilde y tranquilo. Hace unos años, la Universidad del Zulia le confirió un Doctorado Honoris Causa y ésa fue la oportunidad para que sentara posición sobre su vida y carrera: “Yo no soy el niño prodigio, ni un genio y mucho menos el salvador de la música clásica. Estoy apenas en el comienzo y debo trabajar mucho para superar con éxito todas las etapas de mi carrera”.

Declarar la guerra contra el establishment y el sistema ha sido una consigna muy cara para las vanguardias y la contracultura. La oposición al orden establecido suele cambiar las estructuras del poder y lograr nuevos acuerdos sociales que dinamizan a las sociedades.

En el caso de Venezuela, Abreu ha creado el único Sistema al que todos queremos pertenecer. El éxito de esta idea ha popularizado los repertorios clásicos, llevando la música académica a llanos, valles, montañas, costas y selvas. Dondequiera que haya niños, estará el Sistema. En un país signado por el intenso debate político, la revolución de Abreu es la única verdadera. m

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