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La inspiración entre cuatro paredes

Todo mundo perdemos algo y debemos comenzar de nuevo, y la casa de nuestros padres o la seguridad de nuestro cuarto parecen ser los lugares donde más fácil es hacerlo. No es incidental que la casa sea fuente de tanta inspiración musical

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Imagen de un disco de Conor Oberst
Imagen de un disco de Conor Oberst

Volver a casa como símbolo del fracaso personal, amoroso o espiritual es la premisa de numerosos libros y películas. Incidentalmente, también lo es para la música. Todo mundo perdemos algo y debemos comenzar de nuevo, y la casa de nuestros padres o la seguridad de nuestro cuarto parecen ser los lugares donde más fácil es hacerlo. Primero, saber de dónde viene uno, para saber a dónde partir ahora.

Hay numerosas historias de artistas que han perdido el rumbo o la inspiración y regresan a casa; y tras una semana, un mes o un año de haberse quedado con las sábanas pegadas y haberse alimentado de comida chatarra, la inspiración regresa. O hay quienes empiezan a titubear en sus primeras composiciones, y su cuarto es el escenario en el que desenvainan la laptop o la guitarra para probar los sonidos que llevan en su cabeza.

Virginia Woolf habló de la necesidad del cuarto propio para escribir (aunque, argumentativamente, es una metáfora de muchas otras cosas); el crítico de música Chuck Klosterman ha laureado el cuarto de la adolescencia o el auto como el espacio en el que uno se vuelve invisible al escuchar música; Fume, uno de los primeros y más influyentes bedroom producers, cuenta con orgullo cómo instaló todo un estudio en el cuarto de su infancia.

No es incidental que la casa sea fuente de tanta inspiración musical. Fue tu padre el primero en acceder a que usaras el ático, porque eras baterista y pues cómo ibas a cargar todo eso a algún lado. Fue la pared de tu cuarto el primer altar a modelos musicales por seguir, y el espejo del baño, tu primera audiencia y crítica musical. Discos enteros han sido ideados o compuestos dentro de esas paredes. Éstos son sólo algunos de ellos, relevantes en este siglo en diversos géneros.

 

For Emma, Forever Ago, Bon Iver

El retorno a casa de tus padres porque la vida se vuelve demasiado y tu pareja te abandonó se siente como un retroceso enorme en la vida. Antes del fenómeno Bon Iver y la música melancólica para modernitos, sólo estaba Justin Vernon, descorazonado, sin un plan musical definido. Empacó hartas dosis de alcohol, su guitarra y una versión desactualizada de ProTools. Se refugió en la cabaña de su padre, a las afueras de su hogar en Medford, Wisconsin, y durante tres semanas se dedicó a beber y ver tele. Y cuando la depresión lo aburrió, compuso tres cuartos de For Emma, Forever Ago, uno de los discos clave en la historia del folk independiente de este siglo. 

 

Rumiations, Conor Oberst

Conor Oberst es un músico ha aprendido a sobrellevar la tristeza acompañado. En sus discos en solitario, con sus bandas Bright Eyes, Desaparecidos o el proyecto Monsters of Folk, ha tenido siempre un estudio repleto y un escenario en el que apenas caben las músicas y músicos que lo siguen como pastor de algún culto a la miseria. Sin embargo, para su cuarto disco solista, se aisló por completo. Traía a cuestas una acusación de violación que resultó ser falsa, pero lo atormentó mediáticamente por meses, además de un quiste cerebral que lo hizo cancelar su gira con Desaparecidos. Todo apuntaba a que era mejor regresar a casa, en Omaha, Nebraska, y grabar en el sótano, sólo con piano, armónica y 48 horas, un disco que nunca lo ha hecho sonar más solitario. 

 

Air & Lack Thereof, James Blake

Durante años abundaron las historias de artistas que comenzaron en una cochera. Este siglo estuvo marcado por una variante electrónica de estos inicios. Artistas que llevan el nombre de bedroom producers, porque, literalmente, desde su cama y con una laptop graban orquestas enteras de sonidos. Desde ahí conectan teclados, pads, tornamesas y micrófonos para crear. El británico James Blake es uno de los exponentes más conocidos popularmente por aferrarse a las sábanas de su departamento para componer, en principio, su vinil debut de 12 pulgadas llamado Air & Lack Thereof. Aunque tiene una banda entera en sus conciertos, las primeras ideas salen siempre a centímetros de la almohada.

 

Bosque de San Marcos, Dromedarios Mágicos

Ser un chico sensible no siempre fue bien visto, y quizá menos en Chihuahua. Pero, en la seguridad de su recámara, Diego Puerta comenzó a componer canciones acerca de lo que era ser joven y sentir demasiado. Sobre su corazón roto por una chica más que no quiso darle una oportunidad, sobre pasar toda la tarde en su habitación, escribiendo canciones de amor en su libreta —como, literalmente, escribe en su canción “Pistache”, de su ep debut Bosque San Marcos. En el espíritu independiente del nombrado bedroom folk, Dromedarios Mágicos (su nombre artístico) graba, canta, toca y vende sus propios discos a sus 21 años, en las giras que ya ha tenido por todo el país. 

 

Melodrama, Lorde

¿Qué podría saber Lorde, una chica de 16 años, de Nueva Zelanda, sobre la vida? Lo suficiente de la angustia, la mundanidad y la esperanza de los suburbios como para hacer que su disco debut, Pure Heroine, resonara en personas 20 años mayores que ella. Pero entendió que, para tener algo más que decir, tenía que vivirlo primero. Y, tras su éxito de 2014, desapareció en Auckland para vivir el día a día, perder la conciencia con el alcohol y las noches borrosas en las calles con amigos, para encerrarse en casa a sufrir los ataques de pánico de no poder escribir una letra más, para que se le rompiera el corazón y absorbiera la sobrecogedora mundanidad de la que tan bien sabe escribir, y que fue la inspiración de Melodrama, un álbum que sigue la línea de lo que sabe hacer mejor: cantar con los ojos bien abiertos a la vida. 

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