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La fuerza de la originalidad

La originalidad la descubrimos en lo mismo de siempre: la silla, la mesa y la flor. Ahí donde la vida humana percibe el umbral de lo infinito es donde nace la fuerza de la originalidad

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Estábamos en una comunidad rodeada de montañas. Nos pidieron estar listos a las cuatro de la mañana para emprender el camino hacia los lugares donde las familias entran en contacto con sus seres queridos. Nuestros pasos, al ritmo colectivo, eran ya una especie de danza velada, un ejercicio que nos empezó a preparar para llegar ahí donde, sin saberlo, queríamos estar: el corazón de lo mismo de siempre, la fuente de la originalidad comunitaria.

Fue una jornada de oración acompañada del bálsamo de las frases repetitivas y de la música de los violines que nos daban el tono espiritual; ambas acciones nos ayudaron a tener un ancla en el presente. También sembramos velas, como quien siembra semillas que desea que germinen y alimenten a los demás. Esta acción de tocar la tierra con la cera de las abejas nos ayudó a entrar en comunión con el centro de esas familias, con sus antepasados y con las raíces vivas de un modo de existencia particular. Ese hecho fue el inicio de una larga conversación con algunos ancianos que nos regalaron su palabra.

La conversación ocurrió en distintos y variados momentos de nuestra estancia en esa tierra que, para nosotros, se nos presentaba a ratos como un misterio. Un deseo inconsciente de aprender y de desvelar esa realidad nos movía, y es probable que eso haya sido lo que nos llevó hasta ahí. Al estar afuera de nuestra vida ordinaria, ese lugar nos parecía muy original y, sin embargo, nuestro entorno no presentaba ninguna pretensión de serlo; todo estaba ahí vestido de sencillez: un paisaje de verdes que nos sobrepasaba la mirada, un aire fresco que nos llenaba los pulmones con un dejo de algo nuevo, unas formas de cocinar fundamentales, leña, barro, maíz, agua del manantial…

Al dejar ese lugar y regresar a la rutina diaria de la vida en la ciudad, nuestra mirada redescubrió la originalidad de los espacios: el señor de la esquina que desde la infancia nos ofrece sus elotes, la misma panadería, el deseo de probar una vez más la misma crema para aderezar los tacos, el mismo sabor de los tamales de la tía María, la clásica taza de chocolate.

Si bien no podemos volver a vivir el mismo momento una segunda vez, incluso cuando las condiciones sean casi similares, algo dentro del ser humano produce cierta unidad de esos momentos de vitalidad. Es la capacidad de su espíritu que se nutre de lo fundamental: de Dios que es siempre el mismo y desde ahí es, a su vez, una novedad.

En el fondo de todo eso que acabamos de narrar, hay un magnetismo que bien podemos llamar resistencia espiritual, una especie de fuerza que seduce por su capacidad de sostener la vida, eso que ha existido desde hace miles de años, la originalidad que descubrimos en lo mismo de siempre: la silla, la mesa y la flor. Ahí donde la vida humana percibe el umbral de lo infinito es donde nace la fuerza de la originalidad.

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