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La dictadura de los guapos

Gimnasios, dietas, comida light; bronceado de salón, implantes de silicona, asesores de imagen; gel de ducha, teleprompter, champú rizos frescos. Todos vivimos según los mandamientos de la “excelente presentación”. 

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Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama “la ley del mercado”.

 

Michel Houellebecq, Ampliación del campo de batalla

 

El narrador de Ampliación del campo de batalla podría ser la encarnación del sueño neoliberal: es joven y es informático —como Bill Gates y Steve Jobs lo fueron, como los fundadores de Google, como Mark Zuckerberg, el creador de Facebook—. Nuestro personaje, sin embargo, está deprimido. Y su mirada ofrece una dura (y triste) contemplación de la sociedades post-industriales, en las que el sexo y la belleza se han convertido en un nuevo territorio de lucha social —el campo de batalla—: pobres contra ricos, asalariados contra patrones, feos contra guapos.

El sexo constituye un complejo sistema de jerarquización social que funciona de manera independiente del dinero, dice Houellebecq. No sólo se basa en ciertos parámetros físicos y raciales —delgado(a), blanco(a), rubio(a), etc.—, sino en otras disposiciones sociales: saber vestir, peinar, calzar; saber cuándo y cómo hablar, con quién.

Dinero y belleza. Una minoría domina en ambos campos (ricos y guapos); otros, sólo en uno (ricos pero feos); la mayoría, en ninguno.

Gimnasios, dietas, comida light; bronceado de salón, implantes de silicona, asesores de imagen; gel de ducha, teleprompter, champú rizos frescos. Todos vivimos según los mandamientos de la “excelente presentación”. (No es extraño que algunas formas de contracultura transgredan estos estándares en el propio cuerpo: tatuajes, perforaciones, mohicanos verdes o rojos.)

Aunque esta categorización pueda simplificar demasiado el problema (y de paso darle en la madre a una novela que es, además, muy divertida), ayuda a explicarnos por qué ya no sólo se ofrecen créditos para comprar casa o coche, sino para implantarse silicona en el busto, por qué hay hombres que pasan ocho horas al día en un gimnasio hinchando sus bíceps frente al espejo, cómo es que niñas de 15 años suspiran por una hamburguesa pero comen lechuguitas, y miles de jóvenes se meten al narco para tener una trocota, botas de cocodrilo y hebillas del tamaño de su cara.

Reflexionar el papel que tienen los estereotipos estéticos en nuestra sociedad —eso que algunos llaman “coeficiente erótico”— podría decirnos mucho sobre la indigencia afectiva de los viejos, sobre la violencia contra los “ñoños” en las escuelas (eso que llaman bullying), sobre el acoso a las mujeres en cada esquina y sobre las razones por las que nos gobierna un presidente que es mucho más guapo que listo. m

 

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