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La ciudad del miedo. Cotos, murallas y cámaras

Los fraccionamientos privados se han covertido en la regla del crecimiento metropolitano de Guadalajara. Al mismo tiempo, representan inseguridad y peligro para la ciudad.

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Cotos privados
Cotos privados

“Se solicitan ciudadanos amenazados por gente indeseable. Prometemos recluirlos en casas con jardines y accesos de triple restricción: murallas, policías privados y el tránsito insufrible de las avenidas más cercanas. Garantizamos un ambiente exclusivo y una visión borrosa del caos llamado zona metropolitana de Guadalajara”.

Éste es un anuncio inmobiliario ficticio… Pero podría ser real.

Uno de los pocos sucesos “democráticos” en nuestra ciudad durante los últimos quince años es su fragmentación en barrios que presumen una o más bardas perimetrales. Los cotos, que eran privilegio de los que ostentan el poder económico, desde hace casi tres lustros encierran a todos en todos los puntos de la metrópolis. Desde los que ofrecen viviendas de entre siete y 16 millones de pesos —con club deportivo incluido—, hasta los que celan viviendas de 28 metros cuadrados con canceles descarapelados y que, según las revistas locales de bienes raíces, cuestan alrededor de 250 mil pesos.

Varios urbanistas del mundo señalan que este tipo de vivienda, llamada “defensiva”, responde más al mercado que a la inseguridad real; crea una “no ciudad” al encerrarla entre muros y previene la formación de habitantes activos en su entorno.

En 1998 los barrios amurallados ocupaban quince por ciento del territorio metropolitano —45 mil hectáreas distribuidas en ocho municipios— y alojaban a sólo dos por ciento de la población, según Luis Felipe Cabrales Barajas, investigador del Departamento de Geografía y Ordenación Territorial de la Universidad de Guadalajara. En contraste, dos terceras partes de los tapatíos viven en asentamientos irregulares.

Para aquellos que pueden acceder a los créditos de vivienda, el auge de los cotos se dio hace cinco años. Por la carretera a Colima, desde Ciudad Bugambilias hasta Tlajomulco, hay 20 cotos a lo largo de quince kilómetros, según los datos del informe “Segregación y Mercados del Suelo. Patrones emergentes de segregación: los casos de México y Chile”, que elaboró Luis Felipe Cabrales en 2006. Según el documento, “las ciudades blindadas son universales pero prosperan más donde existe mayor desigualdad social”.

Inspirado en un complejo californiano de los años cincuenta, el primer coto de la zona metropolitana de Guadalajara, el club Santa Anita, nació en 1967. Lo siguieron Rancho Contento y Las Cañadas. Estaban asentados en la periferia y funcionaban como casas de campo para los días de asueto de la clase alta. Cabrales identifica la segunda etapa de la ciudad cerrada en los alrededores del bosque La Primavera, donde ya tenían fines habitacionales. En los setenta, Ciudad Bugambilias se inauguró con un eslogan que no daba lugar a equívocos geográficos y sociales: “El privilegio por arriba de los demás”. Con Puerta de Hierro, la tercera etapa surgió en las inmediaciones de Los Colomos y dio pie a las urbanizaciones cerradas para la clase media en esa zona.

Con el pretexto de la inseguridad pública, durante los últimos quince años la gran Guadalajara se ha llenado de murallas. En las áreas de cotización alta, sus paisajes tienen forma de bosque; en las zonas paupérrimas hacen pensar en guetos. 

La burbuja elegante
A sus 38 años, Esteban, gerente de una empresa y padre de familia, casi no recuerda lo que es vivir en una colonia abierta. Desde hace diez años, cuando llegó de una estancia en otro país, vive con la tranquilidad que le ofrece una pluma de acceso a su colonia y con temor a lo que acecha fuera de la caseta de vigilancia. Hace un par de años decidió blindarse dos veces. Vive en el suburbio cerrado La Joya, dentro del suburbio exclusivo Ciudad Bugambilias.

Después de una charla con Esteban, uno se queda con la sensación de que su miedo responde más a leyendas urbanas que a experiencias reales. ¿Qué tiene de malo la ciudad?: “Abres la cochera y se meten a tu casa enseguida o se brincan las bardas”, dice. Y afirma que eso les ocurrió a conocidos suyos, o a conocidos de los conocidos. Recuerda que cuando alguna vez vivió en un barrio, Residencial Victoria, lo robaron. Extraña la convivencia con los vecinos, poder llevar a los chicos al parque, ir a la tienda de la esquina, pero todo eso ya ni pensarlo: “Me daría mucho miedo vivir en una casa. Salir a la calle, llegar y ¡chin! ¿Se habrá metido alguien?”.

Le menciono que —todavía— la mayor parte de los tapatíos vive sin vigilancia privada las 24 horas. Reflexiona: “Si naciste en un barrio y viviste toda la vida en él, estás acostumbrado. Para mi estilo de vida no es suficiente”. Quizá si hubiera mayor seguridad, insiste este ejecutivo, le gustaría vivir en Jardines del Bosque.

Ante la pregunta sobre las desventajas de vivir en un coto, responde: “Si se terminaron los cigarros debes recorrer un kilómetro en coche. Y cualquier salida debe estar muy bien planeada, porque todas son en auto”. Sobre qué le disgusta de Guadalajara: “Me choca el tráfico”.

El director del Observatorio Urbano de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Eduardo López Moreno, afirmó en agosto en Guadalajara que las urbanizaciones cerradas explican gran parte el colapso vial: “El coto está preservando un tipo de ciudad costosa y [genera] el desplazamiento de los pobres”. Cuando la ciudad se fragmenta, incrementa su extensión, su tránsito, el costo del transporte, así como la contaminación, en lugar de responder a un planteamiento integrador. Él conoce esta metrópoli porque creció en ella. “Una urbe que crece como Guadalajara, sin control, tiene problemas medioambientales en el largo plazo. Va a ser una ciudad inviable”.

Alejandro Mendo Gutiérrez, investigador del Observatorio Metropolitano de Guadalajara y académico del ITESO, coincide con el especialista de la ONU: la mayoría de los cotos apuestan por un modelo horizontal a la vez que producen un metabolismo urbano fatal que consume tiempo, recursos naturales y kilómetros de longitud para la instalación de servicios públicos (drenajes, redes de agua, electrificación, pavimentos). Para ser viables, asegura Mendo, las ciudades deben ser compactas. Madrid, por ejemplo, es cinco veces más pequeña que Guadalajara, aunque tiene casi el doble de habitantes: ocho millones de personas. El problema, advierte, surge cuando la vivienda queda en manos de la iniciativa privada, pues su primer propósito es comercial. “En Jalisco, las políticas públicas están en segundo plano y el Estado perdió el control del desarrollo urbano, lo que es muy grave: por encima de los criterios técnicos, los intereses económicos son los que dictan el crecimiento”.

Las autoridades locales no ponen peros ante la nueva cara de la urbe. Sin que esté previsto en las leyes, hacen convenios con los nuevos moradores de los fraccionamientos residenciales con poder adquisitivo, que muchas veces se encargan de los servicios y se adueñan de las calles públicas.

Luis Felipe Cabrales Barajas afirma que los cotos son “el producto inmobiliario más exitoso de los últimos tiempos”. Pone el ejemplo de Zapopan, que en 2005 captó 278 millones de dólares de la inversión privada, la mitad de lo que logró todo Jalisco. Según sus cálculos, 60 por ciento del dinero privado que llegó al municipio fue por obra de las inmobiliarias: “Las promesas de seguridad ciudadana, el ofrecimiento de exclusividad social, la exaltación de la calidad ambiental y la generación de plusvalía parecen indicar que el modelo se nutre más desde la oferta que desde la demanda [...] La fórmula consiste en demarcar la urbanización con un muro, agregarle valor mediante la dotación de espacios comunes y desplegar una buena campaña publicitaria”. La teoría académica se confirma en la práctica. En las revistas especializadas en bienes raíces, encontramos ejemplos: “Ecología, arquitectura y seguridad familiar con alta plusvalía”, dice el anuncio del fraccionamiento El Acantilado.

Cuando no se puede vivir en fraccionamientos costosos, la cercanía es el consuelo. Rinconada del Valle, por ejemplo, presume que su pluma de ingreso está ¡a 159 metros de la entrada de Jardín Real! Y hace años éste, a su vez, desplegó una campaña en la que el valor añadido era ¡la cercanía con el inaccesible Valle Real! Lo que resulta sorprendente es que los propios mensajes —la plusvalía y la seguridad— se repitan en los conjuntos amurallados para la venta de vivienda popular. “No te quedes fuera”, reza la publicidad de Paseos Santiago, un coto de cientos de viviendas frente al todavía pestilente ex vertedero de basura de Matatlán, en Tonalá. En ese municipio, otro anuncio promete “videovigilancia desde tu TV, desde tu propio hogar”. La diferencia es que para los que tienen menos, estar cerca de los más pobres es inversamente proporcional a estar cerca de los más ricos.

En el Departamento de Geografía y Ordenación Territorial de la Universidad de Guadalajara, Grisel Sierra fue alumna de Luis Felipe Cabrales, a quien leyó con pasión. El destino le enseñó que los recursos económicos traicionan las convicciones. Por su trabajo en una dependencia estatal que se dedica al ordenamiento territorial, tenía acceso a un crédito para vivienda popular que le ajustaba para poco. Hace cinco años se decidió por una vivienda de 90 metros cuadrados (265 mil pesos) en el coto Primera Privada de Tala, en Tlajomulco. Junto a su condominio hay por lo menos cien más y frente a él se extiende Hacienda de Santa Fe, una ciudad amurallada que encerrará a alrededor de 70 mil personas en catorce mil viviendas precarias.

A los pocos meses de ocupar su casa, Grisel Sierra y sus vecinos acordaron ponerle un cancel a la privada, pues comenzaron a sufrir robos —que achacaron a los malandros de Santa Fe, aunque no podían descartar que los autores no hubieran sido sus propios condóminos—. Luego los atracos pasaron a segundo término: Grisel debía levantarse a las cinco de la mañana para dejar a su hijo en una guardería del centro de Guadalajara. Volvía a casa a las once de la noche, en el auto de su pareja, quien la recogía cuando él se desocupaba de sus labores y pasaba por ella a su trabajo. “Entonces no había transporte público por el rumbo. Ahora ya hay: los camiones salen de las avenidas Revolución y Alcalde, y en las horas pico se forman filas enormes para abordarlos”.

Para Grisel, los viajes terminaron pronto. Desde hace más de tres años visita su casa una vez al mes, sólo para asegurarse de que sus muebles siguen ahí. Su mamá le prestó un cuarto en la vivienda familiar de la colonia Lindavista de Tlaquepaque, el barrio donde creció. Toda la vida ha saludado a los “mariguanos de la esquina” y nunca les ha temido. Ahora admite que se dejó lavar la cabeza con las promesas de exclusividad y seguridad del coto de Tlajomulco: “Quiero vender y huir”. Con respecto a esto, Alejandro Mendo confirma que quienes tienen miedo a la ciudad pública envidiarían las redes de solidaridad que se tejen en cientos de colonias como Lindavista y en los asentamientos de origen irregular, que alojan a dos terceras partes de los tapatíos. 

La fascinación por la exclusividad
La idea de la inseguridad y la exclusividad que da origen a los cotos en las ciudades de América Latina tiene un origen cultural, dice Pablo Fernández Christlieb, psicólogo social, escritor y ensayista de lo urbano: “En este país no sirve tener dinero si no se nota. El poder es útil sólo si podemos ofender a los demás. Se trata de tener un coche que le dé envidia al vecino y de tener dinero, siempre y cuando el de junto no lo tenga”.

Pablo Fernández vive en el Distrito Federal y se sorprende ante el término “cotos”. “¿Así los llaman en Guadalajara?”, se burla. “Acá se llaman condominios cerrados”. Luego de la aclaración viene el juicio: “En este tipo de colonias lo que se vuelve digno de perseguir es la posibilidad de excluir a los demás”. Enemigo de lo que él llama la fragmentación física y del tejido social de las ciudades, señala que los mexicanos tenemos un gusto especial por la desigualdad y la separación de los otros. Esa idea del aislamiento social es también una forma de aislamiento mental, añade Pablo Fernández. La gente que habita en los cotos se queja de la violencia, cuando la primera violencia es la desigualdad, un mal histórico del país que es obvio, evidente, grosero y de mal gusto.

En lo tocante al discurso de la inseguridad opina que “secuestros hemos tenido siempre, pero falta que secuestren a alguien que tiene dinero para que nos enojemos. Ese discurso me parece indigno. Si es verdadero, la solución está refácil: una distribución más justa de la riqueza y se acaban los problemas. Lo sorprendente es que la solución no sea visible para las cúpulas del poder”. Por otra parte, dice, entre los argumentos de la gente que vive en los cotos, “la inseguridad es el primero; luego, que no atropellen a nadie; luego, que nadie se estacione, y así van subiendo las exigencias y las paranoias”.

La mayoría de los especialistas coincide en que inevitablemente llegará el día en que los “indeseables” cruzarán los muros en forma pacífica o violenta; visible o invisible. “La ciudad se disuelve, pierde su capacidad integradora y se debilita la ciudadanía capaz de gestionar un espacio de seguridad”, afirma el urbanista chileno Germán Valenzuela Buccolini. “En algunos casos no se reduce la violencia, sino que se estimula. Los moradores de los condominios se convierten en piezas localizables”, asegura Luis Felipe Cabrales: “Hace un año, en la ciudad de México, los propios vigilantes secuestraron a todo un fraccionamiento”.

Eduardo López, el especialista de la ONU, afirma: “Las ciudades conforme se fragmentan y generan zonas de riqueza y pobreza físicamente visibles, tienen un potencial increíble que explotar […] Los cotos son la representación de una separación que también lo es de oportunidades, y los pobres algún día se van a rebelar contra ese sistema”. m.

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