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El No-Mauro

Un viernes evitó apresurarse a la cantina de siempre y sólo observó, desde la esquina contraria, qué pasaba. Por supuesto, era una repetición de todo lo que ya había pasado tantos viernes anteriores

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Foto: aminoapps.com
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El aroma profundo del café lo trajo de vuelta. Si se lo hubieran dicho, no lo habría creído: matar a otro hombre es dificilísimo. Será cosa de género, pensó, que somos tan necios para aceptar que estamos equivocados. Ah, cómo le dolían los brazos, el pecho, las manos. Ni siquiera en el gimnasio se había sentido así de masacrado. Pero ya estaba hecho, y no iba a preocuparse nunca más. Y es que lo complicado no fue controlar el pulso al sostener el arma o dejar atrás el miedo a crear un cadáver. Tuvo que aprender dónde vivía, cuál era su auto, el horario de su trabajo y las rutas que tomaba hacia su casa, el departamento de su novia, el asilo de su padre, el bar donde se tomaba una cerveza sin compañía. Sí, somos animales de costumbres, pero ¿quién tiene tiempo de aprenderse la rutina ajena con tanto tráfico en la calle, calor en el aire, el corazón acelerado todo el tiempo? Quizá la taquicardia no se le quitará jamás. Tal vez el insomnio no desaparezca. ¿Y si el pitido que le quedó preso en el oído derecho lo acompaña para siempre, recordándole que una vez disparó un arma porque ya no podía continuar su vida llegando en segundo lugar?

Lo tuvo que hacer.

Aunque se lleva la taza a los labios, no repara en lo caliente hasta que se quema la lengua, como primerizo. Pero no escupe nada, no quiere llamar la atención. Cierra los ojos para contener una lágrima de dolor. Se acuerda. Regresa al inicio: primero, la extrañeza que lo invadió cuando se dio cuenta de que en los sitios que frecuentaba lo saludaban con ese comentario que sabía a reclamo: “¿Volviste?”. Luego, las hostess guapas dejaron de respetar sus reservaciones: sus mesas de siempre estaban siempre ocupadas. Al poco tiempo, guapas o no, hombres o mujeres, en la puerta de bares, conciertos, restaurantes, le negaron el acceso o le hicieron esperar por un espacio que ya creía apartado. Hasta que un día le contaron la continuación de una anécdota que no entendió. “Ahí estabas, campeón, ¿a poco no te acuerdas?”. ¿De qué hablaban todos? Desde ese fatídico jueves era como si las conversaciones estuvieran empezadas y todos esperaban que él siguiera el hilo. “¡Que yo ni estaba en la ciudad ese fin de semana!”, se hartó. Tuvo que comprobar el viaje con fotos del celular, a pesar de que quería mantenerlas fuera de la vista de los otros. A nadie le gusta aceptar que se va a la frontera a rogarle a la exnovia. “No te hagas pendejo”, le dijo, ya enojado, uno de sus amigos más cercanos. “Hasta me viste llorar esa noche”.

Sabía que no se estaba volviendo loco porque en la oficina no le pasaba. Pero eso en realidad no importaba: lo que le daba vida era jugar al conejillo de Indias, el catador de venenos de la zona chic de la ciudad. No le daba miedo meter a su cuerpo ingredientes desconocidos, siempre y cuando fuera comida. O un vino. “¡Ya llegó Mauro!”, gritaban desde que lo veían acercarse al umbral de cualquier establecimiento. Le servían antes que a nadie, le ponían atención a sus comentarios. Le servían de nuevo. Muchas veces prefirió su lugar en los bancos de su barra favorita a dejar que un par de piernas le abrazaran el cuello. Por eso tenía exnovia, que le hacía falta cuando no era temporada de cambio de menú. Conocido, mas no famoso, su hogar era donde pagaba la cuenta en los remotos casos en los que el dueño no le invitaba la cena.

Así, se le ocurrió que la respuesta estaba en la parte disfrutable de la vida. Un viernes evitó apresurarse a la cantina de siempre y sólo observó, desde la esquina contraria, qué pasaba. Por supuesto, era una repetición de todo lo que ya había pasado tantos viernes anteriores: el mozo barría con desgano la entrada, aventaba la basura en la banqueta del local de junto —ya cerrado—, llegaba el primer grupo de oficinistas descorbatados, los taxis se iban aglomerando con la horda sedienta que se saludaba antes de entrar. Ya le estaban dando cosquillas en la garganta, le urgía aunque fuera una cerveza, pero Mauro se aguantó las ganas. Las respuestas eran más importantes. Y lo vio: medio rechoncho, medio calvo, casi jorobado, enfundado en unos pantalones que de arriba eran un par de tallas más chicos y abajo un par de tallas más grandes. El mozo de la escoba, que salía a fumar un cigarrillo, lo saludó. “¡Ese Mauro! Bienvenido a su casa”. ¿Cómo? ¿Ése, Mauro? ¿Quién va a confundirlo con ese anónimo de abdomen desparramado? Claro que no era idéntico a él. Para empezar, el de ahí no era él. ¡Él era él, el auténtico Mauro! Aquél era un remedo de su persona, una copia hecha en gelatina en la oficina de una escuela de 1985, un impostor sin presupuesto. Era, obviamente, un No-Mauro. Sin embargo, lo más torcido de todo es que nadie se daba cuenta. No-Mauro entró a la cantina y hasta la calle se escuchó el grito del recibimiento multitudinario. Qué cosa tan rara, se dijo. Mejor se fue a dormir, no había fuerzas para seguir con esa charada.

Pero la siguiente semana sí las tuvo. El viernes lo hizo de nuevo, ahora en el restaurante italiano del centro. Era fin de mes, momento de probar un especial recién inventado y algún vino llegado del viejo continente. Decidió esperar un poco antes de entrar, a sabiendas de que era ridícula la presencia de No-Mauro. Y aun así, llegó. “Hola, Mauro, ¿cómo está? Lo llevo a su mesa, el chef lo está esperando”. Pasó lo mismo la tarde siguiente, en el dominó con los amigos. En el concierto de jazz del gin bar de moda. En la cenaduría de doña Guille, una semana después. No-Mauro estaba comiéndose las cortesías, entrando gratis en su nombre, disfrutando lo único disfrutable de su vida. Se le estaba adelantando. Ya no podía entrar, ya no había platillos para él. “Ya comiste, Mauro, ¿a poco me la quieres aplicar?”. Intentó visitar otro sitio, pero siempre había alguien que lo veía de manera extraña. Como cuando te reconocen y no están seguros de quién eres. Provocas una familiaridad incómoda, porque la memoria recuerda el rostro, mientras la boca no atina a articular el nombre o la referencia.

Los nuevos lugares que visitó no eran su hogar. Era conocido, mas no famoso. Mauro sólo era parte de la vida, después de la oficina, en una fracción de la ciudad. Lo demás era tierra de nadie. Tenía que empezar de cero. ¿Y quién tiene tiempo? Él, se convenció. Iba a ampliar horizontes, sí, probar otras sazones. Hacerse de otros amigos. Empezar otra vida. Quién sabe, si todo salía bien, hasta dejar el trabajo de mierda y buscar otra chica que no se convertiría en exnovia. Y lo habría hecho sin problemas, si no se le hubiese cruzado un pendejo en la calle, mientras compraba un esquite, que le clavó la mirada con esa familiaridad incómoda. Puta madre. El otro se armó de valor y se le acercó. “¿Alguna vez te habían confundido con un Mauro? Si no lo hubiera visto, justo hace dos minutos, en el café de acá a la vuelta, casi juro que eres él”. Pero yo soy Mauro. “Nah, claro que no; te pareces, hasta ahí”. No, no, no: él se parece a mí. Yo soy Mauro. Y le quiso mostrar la identificación, pero acababa de perder la cartera. “No, amigo”, le dijo el desconocido, “ya quisieras”. Lo vio alejarse tranquilamente hacia la avenida principal y qué ganas le dieron de partirle la cara.

Pero ni su culpa era. La culpa fue de No-Mauro. Si el problema era que había dos, el que tenía que irse era la copia. Por eso lo siguió, registró sus movimientos, planeó el día, la hora y el lugar. Se encargó de que recibiera un panfleto apócrifo de un evento culinario que jamás iba a suceder. No-Mauro llegó a la cita, de noche, afuera de un edificio abandonado. Se le puso enfrente y él sí lo reconoció. “¿Tú eres Mauro?”, le preguntó y, antes de recibir el primer disparo, todavía alcanzó a decir: “Ni nos parecemos tanto”.

Condujo toda la noche. Se detuvo en un restaurante abierto, a la orilla de la carretera.

Al fondo suena una canción de hace unos 30 años. Tu-tu tu-ru tu-ru-ru-ru, tu-ru-ru tu-ru-ru-ru. El mesero se acerca de nuevo para ver si no se le ofrece nada. Le dice que no, pero no se va de inmediato. Levanta la vista y le dice: “¿Sabes a quién te pareces?”. .

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