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El mundo contemplado a traves de los medios

Figura emblemática del mejor periodismo (crítico, vigilante, valiente y comprometido con los más altos valores éticos), el polaco Ryszard Kapuscinski visitó el ITESO en 2001 para impartir la conferencia que hoy recoge Magis: aguda lectura de la influencia, a menudo perniciosa, que ejercen los medios de comunicación en las sociedades contemporáneas, al mismo tiempo que una apasionada reivindicación de la responsabilidad que el periodismo tiene en el curso de la historia.

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Vine a México invitado para trabajar un taller. Compañeros de toda América Latina, incluido Gabriel García Márquez, hemos trabajado para comprender el problema de los cambios que se están produciendo en el mundo del periodismo y, de forma más amplia, en el mundo de los medios de comunicación. Lo que está pasando en los medios tiene creciente influencia sobre nuestra vida y sobre nuestra manera de percibir el mundo; los medios de comunicación son nuestro pan de cada día, y la reflexión y la discusión sobre ellos es central en nuestra vida. Cabe destacar que en esta discusión se dedica demasiada atención a los problemas técnicos, a las leyes del mercado, a la competencia o a las innovaciones, y muy poca al aspecto humano.

No soy un teórico de los medios sino un periodista y un escritor, y desde hace más de 40 años me dedico a recoger y a elaborar información, pero también a consumirla, y ahora quiero compartir las conclusiones a las que he llegado después de una experiencia tan larga.

Mi primera conclusión se refiere a la afirmación, bastante generalizada, de que toda la humanidad vive pendiente de lo que hacen o dicen los medios de comunicación: es una exageración. Aun frente a acontecimientos como la inauguración de los Juegos Olímpicos, que son vistos por dos mil millones de personas, pues esa cifra constituye sólo una tercera parte de la población del planeta. Otras transmisiones pueden ser vistas por no más de diez o 20 por ciento de los habitantes de la Tierra. Se trata de masas enormes, pero mucho menos que toda la humanidad, y es que hay cientos de millones de seres que viven totalmente aislados de los medios o que entran en contacto con ellos sólo de paso. Últimamente me tocó vivir en muchos lugares de África a los que no llegan la televisión, la radio, ni los periódicos. Existen aún más países del mundo en los que la televisión funciona solamente entre dos y cuatro horas al día. En una palabra, gran parte de la humanidad vive aislada de los medios y no tiene que preocuparse de que éstos traten de manipularla o de que sus hijos sean mal educados por una serie de televisión.

EL FIN DE UNA ERA
La primera gran consecuencia de la revolución electrónica, que se ha producido en la esfera de la técnica y de la cultura en los últimos 40 años, ha sido el cambio sufrido por el papel del periodista. Recuerdo la primera conferencia de jefes de Estado de África, que se celebró en Adis Abbeba en 1963. Nos reunimos cerca de 200 enviados especiales y corresponsales de grandes diarios europeos, agencias de prensa y cadenas de radio. Había equipos que grababan en cintas cinematográficas, pero no había un solo equipo de televisión. Todos nos conocíamos, sabíamos lo que hacía cada uno. Había auténticos maestros de la pluma, verdaderos expertos en distintas cuestiones y en determinados países y continentes. Hoy me parece que aquélla fue la última gran reunión de los reporteros del mundo, y el cierre de una época en la que el periodismo había sido tratado como una profesión para maestros, como una noble vocación a la que la persona se entregaba plenamente para toda la vida.

Desde aquel momento todo empezó a cambiar. Hoy, la recopilación y el suministro de información es una ocupación que practican miles de personas. Se han multiplicado las escuelas de periodismo que gradúan cada año a miles de nuevos ejecutores de esa profesión. Pero hay una gran diferencia: antes el periodismo era una misión grande, una carrera anhelada, y hoy son muchas las personas que trabajan en él, no porque se identifiquen con la profesión y hayan ligado a ella su vida y sus ambiciones: la consideran una ocupación más que en cualquier momento pueden abandonar. Muchos periodistas de hoy pueden trabajar mañana en una agencia de publicidad o ser corredores de bolsa.

La revolución electrónica ha provocado una multiplicación de los medios desconocida hasta ahora en la historia del mundo, pero además del progreso técnico, ¿qué otras consecuencias ha tenido esa explosión? La principal ha sido el descubrimiento de que la información es una mercancía cuya venta y distribución puede reportar grandes beneficios. En el pasado, el valor de la información se basaba en la búsqueda de la verdad, aunque también se entendía como un arma que facilitaba la lucha política, la lucha por la influencia y por el poder. En tiempos del comunismo en mi país, los estudiantes quemaban diarios en las calles y gritaban a coro: “¡La prensa miente!”. Hoy, el valor de la información se mide por el interés que puede despertar. Lo más importante es que pueda ser vendida. Por verdadera que sea, la información carecerá de valor si no tiene la posibilidad de interesar al público, que cada vez es más caprichoso.

DE ROMÁNTICOS A BUSINESSMEN
El descubrimiento de la información como una mercancía que puede generar grandes ganancias hizo que fluyera a los medios el gran capital, y los románticos buscadores de la verdad que antes dirigían los medios fueron, en muchos casos, desplazados por los hombres de negocios. Este cambio puede advertirlo con facilidad todo aquel que desde hace años haya sido militante de las redacciones de los diarios o de la radio. En el pasado, los medios estaban instalados en edificios de segunda categoría, y disponían de pocas, estrechas y mal acondicionadas habitaciones llenas de periodistas, casi siempre mal vestidos y sin dinero en los bolsillos.

Hoy basta con visitar una emisora de televisión perteneciente a las grandes cadenas; sus edificios son suntuosos palacios llenos de mármoles y espejos, y el visitante es conducido por silenciosos pasillos por azafatas deslumbrantes. En esos palacios empieza a concentrarse el poder que antes tenían los presidentes y los jefes de gobierno. El poder está en manos de quien posee los medios de comunicación. Lo confirman las sangrientas luchas libradas en Bucarest, cuando los sublevados contra los regímenes antidemocráticos trataron de conquistar la sede de la televisora en ésa y otras capitales. No es casual que no tomaran los palacios presidenciales, ni las sedes del ejército. Desde que se descubrió que la información es una mercancía, dejó de ser supervisada por los criterios tradicionales de la autenticidad y la falsedad. Hoy está supeditada a los poderes del mercado: conseguir una rentabilidad máxima y mantener el monopolio.

  

Ese cambio es el más importante de cuantos han operado en la esfera de la cultura. En consecuencia, los antiguos héroes del periodismo han sido remplazados, por lo general, por un nutrido número de trabajadores de los medios, casi todos sumidos en el anonimato. En la terminología utilizada en Estados Unidos, tal cambio se ve reflejado incluso en el idioma, porque la noción de journalist está siendo remplazada por la de mediaworker.

El mundo de los medios se ha agigantado de tal manera que empieza a vivir por sí mismo, como ente autosuficiente. La guerra interna que libraron las empresas y sus redes se ha convertido en algo más importante que el mundo que las rodea: nutridos grupos de enviados corren por el mundo, forman una gran manada en la que todos vigilan a todos para impedir que la competencia tenga información exclusiva. De ahí que en este tiempo, cuando en el mundo tienen lugar cada vez más acontecimientos, los medios cubran solamente uno: aquel que atrae a la manada. Más de alguna vez fui miembro de esa manada: la describí en mi libro La guerra del futbol, y sé cómo funciona. Recuerdo la crisis generada por la toma de rehenes estadunidenses en Teherán: aunque, en la práctica, en la capital de Irán nada sucedía, durante muchos meses permanecieron en esa ciudad miles de enviados especiales de medios del mundo entero. La misma manada se trasladó años después a la zona del Golfo Pérsico, durante la primera invasión de Estados Unidos —aunque ahí nada se podía hacer porque los estadunidenses no dejaban a nadie acercarse al frente. En el mismo momento, en Mozambique y en Sudán sucedieron cosas terribles, pero a nadie le importaban porque la manada estaba en el Golfo Pérsico.

Algo mayor ocurrió en Rusia en 1991: los acontecimientos realmente importantes, las huelgas y las manifestaciones tenían lugar en San Petersburgo, pero de nuevo el mundo no lo sabía porque los enviados de los medios no se movían de la capital esperando que algo ocurriera en Moscú, donde la calma era casi absoluta.

JAQUE A LA LIBERTAD
El desarrollo de las técnicas de comunicación, y sobre todo el de la telefonía móvil y el correo electrónico, ha cambiado radicalmente las relaciones entre los enviados de los medios informativos y sus jefes. Antes, el enviado de un diario, el productor de una agencia de prensa o de una emisora, disponía de gran libertad, podía desarrollar su iniciativa personal, buscaba la información, la descubría, la seleccionaba y la elaboraba. Actualmente se ha convertido en un simple peón movido a través del mundo por su jefe desde la central, que puede estar en el otro extremo del planeta. El jefe dispone de información obtenida de muchas fuentes y puede tener una imagen de los acontecimientos muy distinta de la que tiene el reportero que cubre el suceso. Pero la central no puede esperar paciente a que el reportero termine su labor, por lo que es la central la que informa al reportero sobre el desarrollo de los acontecimientos y lo único que espera de él es que confirme la imagen del acontecer que se hayan hecho en la central.

Muchos reporteros conocidos tienen miedo a buscar la verdad por su cuenta. Hace años, en México, tenía un amigo que trabajaba para una cadena de televisión estadunidense. Me lo encontré en cierta ocasión, cuando estaba filmando los acontecimientos callejeros entre los estudiantes y la policía. “¿Qué pasa aquí?”, pregunté. “No tengo la menor idea”, respondió, sin dejar de filmar. “Yo sólo estoy rodando, me dedico a captar imágenes, las envío a la central y ahí hacen lo que les parece con el material.”

Pero la culpa no es de los reporteros. Ellos son la primera víctima de la arrogancia de sus jefes, de los grandes medios y, en particular, de las principales redes de televisión. “¿Qué pueden exigir de mí, si en sólo una semana he filmado acontecimientos en cinco países de tres continentes?”, me dijo recientemente el camarógrafo de una gran red de televisión estadunidense.

La revolución de los medios ha planteado un problema fundamental: ¿cómo entender el mundo? La pregunta esencial es: ¿qué es la historia? Hasta ahora, la historia se aprendía gracias al saber que nos dejaron en herencia los antepasados, a lo que descubrieron los científicos o a lo que contienen los archivos de documentos. En la práctica se trataba de una única fuente de saber, de algo que casi podíamos palpar. Hoy, la pequeña pantalla se ha convertido en una nueva fuente de la historia, de la versión que elabora la televisión. El problema es el acceso a las fuentes auténticas, a los documentos originales, etc. No es fácil y, por consiguiente, la versión que difunde la televisión —incompetente y errónea— es la que se impone, sin la posibilidad de ser contrastada. Un ejemplo claro de ese fenómeno es Ruanda, país en el que estuve muchas veces. Cientos de miles de personas vieron en el mundo escenas de la matanza étnica, acompañadas de comentarios por lo regular equivocados. ¿Cuántos expertos tuvieron la oportunidad de leer los libros que explican de manera competente los conflictos de Ruanda? El problema consiste en que los medios se multiplican a una velocidad mucho mayor que los libros, que contienen un saber concreto y sólido. De ahí que nuestra civilización dependa cada vez más de la versión de la historia que ofrece la televisión, que por lo general es ficticia. El telespectador masivo conocerá solamente la historia falsificada, y sólo contadas personas la historia verdadera.

VER NO ES IGUAL QUE ENTENDER
Ya en los años treinta, un gran teórico de la cultura predijo de manera profética que la gente confundiría el mundo generado por las sensaciones con el mundo creado por el pensamiento, y creería que ver es lo mismo que entender, pero no es así. Por el contrario, la creciente cantidad de imágenes que nos atacan constantemente limita el dominio de la palabra hablada y escrita y, por consiguiente, el dominio del pensamiento.

La televisión, escribió, “será un examen para nuestra sabiduría; podría enriquecernos, pero también aletargar nuestras mentes”. Tenía razón: con frecuencia nos encontramos con personas que confunden ver con entender. 

Oímos a dos personas que discuten: “No tienes razón, lo que dices es falso”. Y el otro le responde: “¿Cómo que no tengo razón? Si lo he visto en la televisión”. Esta confusión es aprovechada por los medios televisivos para manipular personas. En la dictadura funciona la censura, en la democracia funciona la manipulación. El blanco de esas agresiones siempre es el mismo: el hombre de la calle.

Cuando los medios hablan de sí mismos remplazan el problema de la sustancia por el de la forma; sustituyen las ideologías con la técnica; hablan sólo de cómo editar, cómo relatar o cómo imprimir; se discute sobre las técnicas de edición, sobre las bases de datos, la capacidad de los discos duros... Sin embargo, no se habla del meollo de lo que se quiere editar, relatar o imprimir: en definitiva, el problema del mensaje es remplazado por el problema del mensajero. Lamentablemente, el mensajero empieza a convertirse en el contenido del mensaje.

LAS CAUSAS DEL HAMBRE
Analicemos el problema de la pobreza —el más grande desde el fin de la Guerra Fría— y el tratamiento que le dan las grandes redes de televisión. La primera manipulación consiste en presentar la pobreza como sinónimo del drama del hambre. Sabemos que dos terceras partes de la humanidad viven en la miseria provocada por una división injusta del mundo entre ricos y pobres, mientras que el drama del hambre aparece sólo de vez en cuando y en territorios aislados, porque suele ser un drama de dimensión local. Además, sus causas están relacionadas con cataclismos naturales como la sequía o las inundaciones y, en otras ocasiones, con las guerras. Los mecanismos para eliminar el hambre, en tanto que plaga aparecida de manera repentina, son bastante eficaces: para combatirla son aprovechados los excedentes de alimentos de que disponen los países ricos, enviados de forma masiva a los lugares donde hay hambre, y en operaciones de gran envergadura. Y esas operaciones para acabar con el hambre, por ejemplo en Sudán o Somalia, son lo que suele mostrar la televisión. Pero no se dice ni una sola palabra sobre la necesidad de acabar con la miseria global.

El segundo truco aplicado por quienes manipulan el tema de la miseria es la presentación de programas de carácter geográfico, etnográfico y rústico que muestran rincones exóticos del mundo. Así la miseria se identifica con el exotismo, y se transmite el mensaje de los lugares idóneos con los sitios exóticos. La miseria así mostrada tiene el valor de algo curioso, casi de una atracción turística. Son abundantes las imágenes dedicadas a esa atracción en los canales de televisión especializados en temas turísticos, como Travel Channel, Discovery Channel, etcétera.

Un tercer truco de los manipuladores es la presentación de la miseria como un fenómeno estadístico, es decir, como un elemento normal del mundo real. La miseria vista así es algo imposible de erradicar y, por consiguiente, el hombre no puede entenderla como un reto para su civilización, ya que es algo con lo que hay que aprender a vivir.

¿REFLEJO DEL MUNDO?
Volvamos al punto de partida: ¿cómo reflejan los medios el mundo? Desafortunadamente lo hacen de manera muy superficial y mecánica. Se centran en las vidas de los presidentes y en los atentados terroristas, pero incluso a esos temas se dedican cada vez menos. Según Le Nouvel Observateur de agosto de 1998, en los últimos cuatro años la audiencia de los telediarios de las tres principales redes de la televisión estadunidense disminuyó de 60% a 38% del total de los telespectadores. En los tres telediarios, 62% de noticias de primera plana es de carácter local y se relaciona con la violencia, las drogas, los atracos y las violaciones. Las noticias del extranjero ocupan sólo cinco por ciento del tiempo del telediario, y en muchas emisoras no se les destina espacio.

Vivimos en el mundo paradójico porque, por un lado se dice que el desarrollo de las comunicaciones ha conectado a todos los puntos del planeta entre sí, lo ha convertido en una aldea global, mientras que, por otro, la temática internacional ocupa cada vez menos espacio y ha sido desplazada dentro de la información local por las noticias sensacionalistas, por los chismes y por todas las novedades imaginables. Pero seamos objetivos y justos: la revolución de los medios está en sus años mozos. Se trata de un fenómeno demasiado nuevo en la civilización humana para que se hayan podido generar ya los anticuerpos necesarios para combatir las patologías que genera: la manipulación, la corrupción, la arrogancia, la veneración de la basura. La literatura que trata sobre este tema es muy crítica y tarde o temprano influirá, al menos de manera parcial, en el desarrollo de los medios. Además hay que reconocer que mucha gente se sienta a ver televisión porque eso es exactamente lo que las televisoras le ofrecen. En los años treinta, el gran filósofo español José Ortega y Gasset escribió en su libro La rebelión de las masas, que la sociedad de las masas es una colectividad de personas satisfechas de sí mismas y, en particular, de sus gustos y preferencias.

Por último, el mundo de los medios es muy complejo y diverso. Se trata de una realidad con muchos niveles, por lo que, junto a los medios que ofrecen en su mayoría basura, hay otros estupendos, hay magníficos programas de televisión, excelentes emisoras de radio y espléndidos diarios. Más difícil es disponer del tiempo necesario para asimilar toda la oferta existente. Con frecuencia acusamos a los medios para justificar el letargo en que se encuentran nuestras conciencias, nuestra falta de sensibilidad y de imaginación y nuestra pasividad. Dichos aspectos positivos de los medios existen porque en el mundo entero, en las redacciones de los diarios, los estudios de radio y las emisoras de televisión hay gente extraordinaria, sensible de gran talento, gente que siente que el prójimo es alguien muy valioso, y el planeta en que vivimos es un lugar apasionante, merecedor de ser conocido, comprendido y salvado. Esa gente trabaja a menudo con máxima abnegación y entrega, con entusiasmo y espíritu de sacrificio, renunciando a las comodidades, al bienestar e incluso a la seguridad personal. Su único objetivo es dar testimonio del mundo que nos rodea y mostrar los muchos peligros y esperanzas que encierra. m.

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