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Cochinito

Jornada ocho de la liga de ascenso: las Palomas de Querétaro contra los Tucanes de Tijuana. Matías Matucci, fichaje bomba del equipo lanzó un derechazo furioso (era zurdo) que no estaba dirigido ni remotamente hacia la portería. La pelota, como un objeto volador no identificado, cambió su curso de manera súbita y se estrelló contra la red

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Foto: Archivo
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Juan Humberto Cochinito Robledo fue el delantero con más anotaciones en la historia de las Palomas de Querétaro. Dueño de un físico irrepetible (panza cervecera, ojos saltones, piernas de gimnasta olímpica), le trajo glorias al equipo desde su debut en el lejano torneo de invierno 90-91. Cochinito era apodado así, no por su peso, sino porque anunciaba jamones en cadena nacional: “Que también a ti te dé el bien del puerco. Jamones y Salchichas París. Oink oink”. Las comparaciones no se hicieron esperar: muchos decían que era la cruza de Hugo Sánchez y Juan Gabriel, otros que era la de Romario con un barril, otros que era la de Ronaldo con Ronaldo gordo. Todos exageraban. Cochinito no pudo hacer campeón al Querétaro y su paso por la Selección fue lamentable. El asunto es que más de la mitad de los ochenta y cinco goles que marcó para las Palomas fue anotada después de su muerte.

En un primer momento se pensó que se trataba de un niño fantasma. Un niño enterrado en el centro del estadio por alguna mente diabólica: una mente que considera más importante para el futuro de una construcción sepultar en el campo a un menor de edad que revisar dos veces el proyecto arquitectónico. El estadio del Querétaro, La Libertadora, réplica a escala 1:8 del imponente estadio Mexica, ubicado en la capital del país, fue el escenario donde lo insólito y lo ominoso se prestaron la pelota en el episodio más sobrenatural en la historia del futbol mexicano. Jornada ocho de la liga de ascenso: las Palomas de Querétaro contra los Tucanes de Tijuana. A treinta segundos del final, con el marcador empatado, el delantero argentino Matías Matucci, fichaje bomba del equipo, que cumplía en esos momentos novecientos cuarenta y cinco minutos sin anotar gol, lanzó un derechazo furioso (era zurdo) que no estaba dirigido ni remotamente hacia la portería. La pelota, como un objeto volador no identificado, cambió su curso de manera súbita y se estrelló contra la red. Los jugadores tardaron en festejarlo. Los rivales reclamaban. Al árbitro no le quedó más que dar por válido el gol. Los medios deportivos aseguraban que había sido una ráfaga de viento. Un aire colado. Los aficionados del Querétaro decían que había sido obra del niño enterrado, pero, al salir del estadio, un sonido horroroso hizo que detuvieran su festejo. El rastro municipal, ubicado convenientemente para esta historia a ciento cincuenta metros del estadio, proyectó una espesa y lúgubre avalancha de chillidos. Desesperados, temibles, pero a la vez festivos. Puercos, marranos, cerdos. Uno de los aficionados, conmovido hasta las lágrimas, no por la experiencia, sino por la pintura barata con la que se había pintado el rostro, dejó caer la bandera albiazul y gritó: ¡Cochinito! ¡Cochinito! Ésa fue la primera anotación de muchas que vendrían, y Juan Humberto Cochinito Robledo tendría otra oportunidad de llevar a las Palomas de Querétaro al campeonato.

Ni siquiera Cochinito sabía cuándo le sería concedida la oportunidad de participar en el partido. Dios lo decidía, directamente. A veces pasaban cinco partidos sin el privilegio. Él esperaba en la banca. De pronto era llamado y tenía una oportunidad, sólo una, de participar en el encuentro. Falló varios tiros, pero nadie se dio cuenta. Le costó afinar su puntería, y al final lo dominó. Metió goles de cabeza, de chilena. De volea, de taquito.

Las Palomas de Querétaro, de la mano de Cochinito (mano fantasma), se colaron hasta la final de la Copa MX. Sus rivales eran ni más ni menos que los Horóscopos de Durango, un equipo con un torneo igual de extraño que el de las Palomas. Su portero, Víctor Hugo Márquez, apodado el Chicharrón por ciertas quemaduras de la infancia que marcaron su rostro, se había hecho famoso por sus lances improbables. Detenía el balón con la espalda, con la cara, con los codos, con el trasero. Era un portero mediano, sin mucho talento. Poco brillante. Nadie supo explicar su técnica. Nadie, excepto Mhoni Vidente.

A semana y media de la final, la Médium de las Estrellas reveló en un programa matutino que había una entidad sobrenatural ayudando al Chicharrón. Una sesión espiritista, transmitida en vivo, en la que participaron los conductores Andrés Legarreta y Galileo Montijo, fue la prueba fehaciente de que el espíritu en cuestión le pertenecía a Francisco Guillermo Anchoa, portero duranguense, seleccionado nacional que, después de haber sido elegido alcalde de Gómez Palacio, fue asesinado a sangre fría por un comando que jamás fue identificado. Pacomemo, de acuerdo con la vidente, desde el más allá había estado lanzando al portero de sus amados Horóscopos hacia el balón. Según la investigación de Mhoni, Pacomemo Anchoa tomaba al Chicharrón por la cintura, como si fueran una pareja de patinaje artístico, y lo arrojaba a lo largo de la línea de meta para defender el arco.

Para muchos, la final se disputaría entre Pacomemo y Cochinito. En el mercado Sonora, místicos y esotéricos de todo el país apostaban chivos, jabones mágicos, aromatizantes para levantar negocios, jabones de huevo de gallina negra, etcétera. El partido fue aburrido. Los equipos eran tan malos que ninguno parecía cerca de la victoria. Las Palomas tuvieron dos llegadas de peligro que el Chicharrón, con ayuda de Pacomemo, rechazó sin problemas. Cochinito miraba a Dios, esperando su oportunidad. Se la merecía, pensaba. Su alma podría descansar. Pasaron los noventa minutos. Nada. Primer tiempo extra. Segundo. La tanda de penales. Todos los jugadores, unos con más gracia que otros, fallaron irremediablemente los primeros nueve penales. Ni siquiera la afición estaba emocionada. Cochinito vio a Dios, a sabiendas de que el quinto penal era el suyo. Pacomemo y el Chicharrón se lanzaban para la foto, sin que la portería se viera amenazada. Dios seguía callado, sereno, colmado de Su omnipotencia. Cochinito se acercó y Dios negó con la cabeza. Matías Matucci era el encargado de tirar el quinto penal. El último de la tanda. Cochinito suplicó, de rodillas, con la copa a centímetros de sus fantasmales manos. Chicharrón y Pacomemo en la línea del arco, centinelas con guantes de portero. Cochinito le jaló la túnica a Dios, sin obtener respuesta. Ahí, Dios, en un microsegundo, contagiado por el ansia de Cochinito, convirtió su túnica en un uniforme deportivo. Calcetas doradas, short blanco. Camiseta blanca con rayas de oro. Muñequera blanca. Zapatos Adidas platinados. El número uno en el dorso. Él mismo tiraría el penal. Matías Matucci lanzó un disparo tan absurdo como otros. Sin talento, sin técnica, sin gracia. Ahí entró Dios, quien, sin escatimar en barroquismos, prendió el balón con la zurda y, alterando el tiempo y el espacio, consiguió que el esférico se convirtiera en un absurdo meteoro de trayectoria improbable. El balón voló hasta la cima del estadio, dio un giro de cuarenta y cinco grados, luego otro de setenta, uno más de ciento diez. Remolinos. Vaivenes de arriba a abajo. Pacomemo y el Chicharrón absortos. Matías Matucci y Cochinito también. El balón golpeó el poste derecho, luego el izquierdo, luego el travesaño. Campaneó de un palo a otro hasta terminar dentro de las redes. Gol. El campeonato. La gloria. Las Palomas de Querétaro. Matucci, aunque jamás volvió a meter gol, se convirtió en el único héroe en la historia del equipo. Compró Jamones y Salchichas París y se volvió alcalde de la ciudad. Cochinito fue olvidado y no volvió a poner los pies (pies fantasmas) en ninguna cancha. Dios siguió pateando penales.

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