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Casas leídas

Una casa es una mezcla de circunstancias y costumbres hechas manías. Tu casa son tus hábitos, y eso también hay que construirlo.

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Portada del libro «Siete casas vacías», de Samanta Schweblin
Portada del libro «Siete casas vacías», de Samanta Schweblin

Según Jorge Ibargüengoitia, la cortesía mexicana culmina con la sustitución de la frase “Mi casa” por la frase “La casa de usted”, que deja al aludido sin saber muy bien dónde está parado: es bienvenido a un lugar al que nadie lo está invitando. La hospitalidad excesiva repele, es la antítesis de la fraternidad. Nunca seremos parte de un sitio en el que, en el mejor de los casos, se nos trata como turistas.

Ni siquiera pertenecemos a un sitio, sino a lo que hacemos con él: una casa es una mezcla de circunstancias y costumbres hechas manías. Nos hallamos cómodos en aquel edificio lo suficientemente deteriorado para sentir que alguien habita en él, entre sus muros asediados por el salitre que nos repiten, y nos repiten, y nos repiten, el deprimente murmullo del refrigerador. El que cree que posee una casa está equivocado: ¡la propiedad es una invención! Uno se puede gastar media vida pagando por una vivienda en un condominio privado y sentirse dentro de éste como un exiliado. Pertenecemos al barrio que caminamos y a su ajetreo; a los vecinos que padecemos, al panadero local, al hacha del carnicero, a la suciedad del mercado y a la asiduidad del carretón de basura. Pertenecemos al café del atardecer y a la caguama del sábado, a las llamadas que no se atienden y a las palabras dichas sin otra finalidad que la indecisión. Tu casa es tu mascota faldera, pero feroz; tu biblioteca leída a medias, pero orgullosa. Tu casa son tus hábitos, y eso también hay que construirlo.

 

El espacio de lo íntimo

Ginzburg

Antes de adquirir una modesta casa de construcción en serie (que, lo sabemos, es una culpa de 20 años a tasa de interés variable), bien nos vendría echarle un ojo a Las tareas de la casa y otros ensayos (Lumen, 2010), de Natalia Ginzburg. Partido por mitad, el libro es una colección de ensayos (Nunca me preguntes) y artículos periodísticos (Nunca lo sabremos) de carácter íntimo y más bien cotidiano. “La casa”, el ensayo que arranca el texto, es una travesía por los barrios de Roma en búsqueda de un hogar en el que Ginzburg se sienta tan cómoda “como con una chaqueta vieja”.

 

La mecánica de lo habitual

Cortazar

Si hasta los electrodomésticos más inútiles las incluyen, ¿por qué no también recibir, anexas al contrato hipotecario, las “Instrucciones para subir una escalera”? “Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón”, nos explica Julio Cortázar en Historias de cronopios y de famas (Debolsillo, 2016), compilación de relatos paródicos donde el autor argentino demuestra que hasta de las cosas más habituales puede surgir el absurdo.

 

Desde el hogar

El concepto de casa como el espacio donde la intimidad se marchita: es lo que plantea Samanta Schweblin en Siete casas vacías (Páginas de Espuma, 2015). Ganador del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, el libro se compone de siete cuentos que exploran lo siniestro de la rutina, lo impropio de la normalidad ajena, el deterioro del cuerpo y de la mente que habitamos, el sentido de pertenencia, de identidad y de seguridad que nos otorga un hogar. Con una prosa certera, Schweblin edifica una obra donde se advierte el terror, vago e incorpóreo, en la proximidad familiar.

 

La casa, el laberinto

Borges

“Son comparables a la araña, que edifica una casa”. Con este epígrafe tomado del Corán, Borges inaugura un enigmático relato que, me parece, se encuentra entre lo mejor de El Aleph (Debolsillo, 2011). “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto” es un relato policiaco colmado de referencias a la literatura de Edgar Allan Poe, sir Arthur Conan Doyle o, incluso, Las mil y una noches. La casa del rey árabe fugitivo, constituida por una única habitación rodeada por un laberinto circular, protegida por un esclavo negro y un león, es, al mismo tiempo, pregunta y respuesta, misterio y solución.

 

La guarida

La apostilla es de Juan Villoro: Vladimir Nabokov hacía a sus alumnos leer La metamorfosis (Austral, 2017), de Franz Kafka, y les pedía trazar un plano de la casa de Gregor Samsa. La referencia no podría ser más atinada, si de casas literarias memorables se trata: tras la transformación, la habitación de Gregor pasa de ser un sitio acogedor a un lugar hostil, terriblemente humano. Es gracias a Grete, su hermana, que reubica los obstáculos, que la criatura (Gregor) puede hacer de su recámara una guarida. Y es también gracias a ella que esta última se convierte en su lecho mortuorio.

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